Editorial
Preguntas sin respuesta
Diversas polémicas generadas por la ópera han sido objetivo de anteriores editoriales de OpusMusica: en noviembre de 2006 nos referíamos a la generada por las caricaturas de Mahoma en una producción del Idomeneo mozartiano que iba a tener lugar en la Deutsche Oper de Berlín, mientras que en febrero de 2007 era la espantada del tenor Roberto Alagna, en plena función de Aida de Verdi en el Teatro alla Scala de Milán, el tema de debate. El editorial de marzo de 2007, con motivo de los 400 años de historia de la ópera, recordaba que ya a finales del siglo XVIII partidarios de diferentes formas de entender la ópera llegaba al enfrentamiento físico en las calles de París.
La polémica ha saltado nuevamente a la actualidad con motivo de una carta de denuncia dirigida el pasado mes de julio tanto a medios de comunicación como a patrocinadores, benefactores y gestores del Teatro Real de Madrid. Los firmantes, un grupo de abonados y aficionados a la ópera, manifiestan en la misiva su preocupación e indignación por ciertas puestas en escena del Teatro Real. Se trata en concreto de los montajes de "Wozzeck" de Calixto Bieito y del estreno de "El viaje a Simorgh" de José María Sánchez Verdú, con escenografía y dirección de escena de Frederic Amat.
La polémica plantea numerosos interrogantes de difícil respuesta. Está claro que en países que no cuentan con subvenciones estatales para la ópera el criterio de los patrocinadores pueda ser decisivo, pero este no es el caso del Teatro Real. Si la Fundación del Teatro Real cuenta tanto con financiación pública como privada, ¿es aceptable pretender influir sobre los patrocinadores animándoles a invertir su dinero en determinado tipo de montajes y no en otros que puedan herir determinadas sensibilidades, o se trata de una injerencia en la gestión artística del teatro? ¿Sería una solución que cierto tipo de espectáculos que pudieran herir determinadas sensibilidades se programaran fuera de abono? ¿Dónde se encuentra el límite de la arbitrariedad y los excesos de algunas puestas en escena?
La preocupación e indignación manifestada en la carta ha generado un "efecto rebote" entre los profesionales del teatro y la música, que escandalizados muestran a su vez preocupación e indignación y hablan de coacción, censura y puritanismo al referirse a la misiva. Los firmantes de la misma se defienden apelando a criterios de buen y mal gusto. ¿Dónde se encuentran estos límites? ¿Hasta dónde ha de llegar el experimentalismo creativo? ¿Quién está más anclado en el pasado, quienes se escandalizan de ciertas producciones o quienes las defienden a toda costa en la "cultura del todo vale" denunciada en la carta?
El arte operístico constituye un acto comunicación entre el compositor (y libretista) y el público, en el que el director de escena actúa como obligado intermediario entre uno y otro. ¿Hasta qué punto es comprensible que hoy en día sean éstos y no el compositor los protagonistas del género? ¿Son determinadas propuestas escénicas un vehículo o un impedimento para que la obra del compositor sea transmitida al público receptor de la misma?
Preguntas paras las que cada uno tendrá sus propias respuestas y que convierten el arte operístico en un arte vivo en continuo debate.

