Crítica de libros
Cuestiones abiertas
(Por Hertha Gallego de Torres)
Peter Kivy, Nuevos ensayos sobre la comprensión musical, Ed. Paidós, Col. Paidós de Música, trad. Verónica Canales, Barcelona, 2005.
Son muchas las ideas que Peter Kivy deja caer en la mente del lector que tiene la fortuna de leer sus agudos y amenísimos ensayos. Sin una concesión al aburrimiento, “hablando en plata” como él dice y traduce castizamente Verónica Canales –con el asesoramiento técnico y musical de Angel Carrascosa (toda una garantía)- pone a nuestra disposición los otrora abstrusos temas de la filosofía de la música, que podrían parecer sólo aptos para la discusión con mentes elevadas y proclives a la pedantería. En manos de Kivy, de su elegante lenguaje, de su claridad expositiva –que no elude, sin embargo, la complejidad y el entramado histórico, artístico y psicológico de los temas tratados- nos sumergimos, como sin querer y con precisión de bisturí, en el corazón mismo de las cuestiones estéticas y musicológicas, así como en sus cambios. Es un recorrido fascinante.
¿Qué nos hace creer con tanta seguridad, se pregunta este pensador, que una notación medieval o – sin ir tan lejos- una notación de bajo cifrado, es menos exacta en la definición de la reproducción sonora que una partitura moderna? Kivy sugiere que se trata de la “tendencia” (palabra con fuerte connotación filosófica en sus escritos y a la que dedica una explicación pormenorizada en las págs. 105 y 106 de esta misma obra), la tendencia que nos impulsa a pensar de forma inconsciente que las notaciones existen en “nuestra” práctica. Sin embargo la notación musical no se puede disociar de la música que codifica, es como la relación entre el clavo y el martillo. Por ello, quizá, cualquier clase de notación musical es un tipo de interpretación. Este primer ensayo es de lectura obligada para todo intérprete que, por ejemplo, desee ser fiel a una edición “Urtext” de Bach y, por ello mismo, entienda (muchas veces por pura intuición) que ello no significa “limitarse a tocar lo que está escrito”, ya que para que una interpretación musical sea fiel y- sobre todo, rezume musicalidad, que es de lo que se trata- debe hacer caso asimismo a las tradiciones, convenciones y prácticas en las que se arraiga la fuente de ese “Urtext”.
En cualquier ensayo sobre filosofía de la música no puede faltar la referencia a Schopenhauer. El pensador alemán es inesquivable, y, quizá, de todo su sistema, lo que haya tenido más influencia hayan sido sus teorías relacionadas con la música, en las que la sitúa como culmen de las bellas artes. En sus divertidos libros, Alain de Bottom da amenas pinceladas de por qué resulta tan contemporáneo este gran pesimista y misógino incorregible, que a pesar de sus defectos parece más proclive a llamar nuestra atención que Hegel o Marx y otras vacas sagradas del pensamiento decimonónico…
Susanne K. Langer, en 1942, resumió la aportación de Schopenhauer así: “Su novedosa contribución (…) fue, sin duda, su tratamiento de la música como una semántica impersonal, negociable y verdadera, un simbolismo con un contenido de ideas, en lugar de un signo manifiesto de la condición emocional de una persona”. Kivy nos trae la cita y nos la desvela en páginas intensas, mostrándonos cómo el pensador alemán realiza la versión metafísica de la música de las esferas, la eterna metáfora griega, que parece no perder nunca vigencia, ni en la filosofía, ni en la poesía. Pero personalmente me ha atraído más la relación entre la música, Schopenhauer y el dolor. ¿Es la música absoluta el estado indoloro, como sostiene “El mundo como voluntad y representación”? En arte, ya sea como creadores o como receptores, somos puestos en libertad (esta idea, que toma Kivy del filósofo alemán, no deja de tener connotaciones curiosamente cristianas). Kivy añade el matiz de que Schopenhauer no se percató de que la única de las bellas artes que aporta esa liberación es la música, y sobre este tema discurre con amena precisión.
¿Por qué la poesía no? –me pregunto yo a mi vez, empezando a dialogar imaginariamente con el autor de “Nuevos ensayos sobre la comprensión musical”- La respuesta no se hace esperar: El resto de bellas artes, lo que el autor llama “artes con contenido”, nos enfrentan a aquello de lo que se supone que deben liberarnos, generan en su aspecto más óptimo y profundo esas cuestiones de importancia moral y filosófica que nos enfrentan cara a cara con el mundo de la causa y del efecto, del espacio y del tiempo. Yo ahí disiento. Creo que se podría discutir mucho sobre si leer “One Art” de Elizabeth Bishop, te sumerge en la reflexión por el dolor de las pérdidas, o te alivia al ver reflejada una experiencia en otra. En todo caso, aplicada a la música, la liberación del dolor es un hecho y una experiencia de placer intenso para muchas personas.
El libro que comento aparece en el marco de una interesante colección, Paidós de Música, dirigida por el ensayista, traductor y poeta Ramón Andrés. Hace algunos años existía una serie de libros de bolsillo –en la que leímos estremecedoras novelas de James Hadley Chase o aquella delicia que era “El cuarto de Giovanni”- que se intitulaba “Libro amigo”. Igualmente podríamos calificar a estos ensayos de fieles compañeros que no defraudan y suelen dar lo que prometen. Lo que no es poco en estos tiempos que corren.

