Crítica de discos
Un Requiem de Pere Rabassa
(por Joaquim Zueras Navarro)
Obra: Réquiem. Autor: Pere Rabassa. Intérpretes: Harmonia del Parnàs. Marian Rosa Montagut, dirección. Sello: La mà de guido. Ref.: LMG2076
¿Han visto la flamante fachada gótica de la Catedral de Barcelona? Es de 1888. El financiero Manuel Girona corrió con todos los gastos a cambio de que, tras su muerte, se celebrara una misa anual por su alma. Pero la memoria es débil y me han llegado noticias de que de tales misas ya no se acuerda nadie. No obstante, “la alegría en la casa del pobre dura poco” y la tal fachada se está restaurando con un coste de siete millones de euros.
Pasemos al claustro aprovechando la festividad del Corpus; durante unos días podrán contemplar “l´ou com balla”: un huevo hervido colocado en el surtidor de la fuente, que gira sin caerse. Saber qué lógica tiene un huevo hervido danzando en el claustro de una catedral es del todo imposible. Entremos y observemos el órgano, de cuya restauración prefiero no opinar. En 1809, los soldados napoleónicos estaban a punto de ejecutar a cinco españoles, cuando oyeron una campana de la Catedral tocando a rebato. Tres hombres, con la esperanza de producir alguna conmoción popular que permitiese salvar la vida de los condenados, subieron a la torre y golpearon con martillos la campana que se conoce por Tomasa. Los franceses rodearon el templo y practicaron un escrupuloso registro, pero no los encontraron, por lo que permanecieron en la Catedral tres días vigilando. Cuando se disponían a retirarse, se les ocurrió dar voces diciendo a los españoles qué saliesen de su escondite ya que estaban perdonados. ¿Saben dónde se escondían? Bajo los fuelles del órgano. Se presentaron a sus enemigos y también fueron ejecutados. ¿Por qué fueron tan crédulos nuestros patriotas?.
No hace muchos años aún colgaba en el punto inferior de la caja del órgano una cabeza barbuda y con turbante llamada “carassa” que simbolizaba el triunfo del cristianismo sobre el islamismo. Un día al año, accionada por el organista, movía los ojos y la boca de manera inquietante, mientras profería un ruido ensordecedor y vomitaba caramelos a los niños. Tras el concilio Vaticano II se juzgó inoportuna esa falta de fineza con el Islam, por lo que la cabeza fue retirada. Ahora, algunos estudiosos afirman que la tal “carassa” no representa la cabeza de un musulmán, sino la efigie de Poncio Pilatos. Todo es misterioso y confuso en este templo. ¿Cuántos músicos deben haber prestado sus servicios? ¿Qué vida llevaron? Observen este cuaderno de la editorial Boileau: “Siete emblemas marianos para órgano o armonio”, de Mariano Viñas, maestro de capilla de la Catedral de Barcelona. Son composiciones sólidas, de un hermoso cromatismo a la manera de César Franck; pues bien, todo lo que he conseguido saber de este señor es que vivió entre 1868 y 1923 y que era hermano del famoso tenor Francesc Viñas; nada más. No obstante, de tarde en tarde surge algún investigador con el tenaz propósito de desempolvar la vida y obra de algún músico: hoy es posible obtener algún material acerca de Francesc Valls y de quien fuera su alumno, Pere Rabassa, en parte gracias al CD que presento en esta reseña.
A lo largo del siglo XVIII, P. Rabassa (1683-1767) gozó de gran prestigio en su doble faceta de compositor y teórico, no sólo en España, sino también en Europa e incluso en algunos países de Hispanoamérica. Así pues, sus obras –unas cuatrocientas, de las que se conservan más de trescientas- se encuentran en archivos y bibliotecas de España, Gran Bretaña, Portugal, Méjico y Guatemala. Nació en Barcelona en el seno de una familia largamente dedicada a la música. Parece que recibió sus primeras lecciones de su tio, el organista Ramon Rabassa, para continuar en la Catedral de Barcelona de la mano de Francesc Valls, uno de los maestros españoles más relevantes del siglo XVIII. En esta ciudad el joven Rabassa coincidió con los músicos austriacos e italianos de la capilla musical del archiduque Carlos de Austria, cuya corte se estableció en Barcelona entre 1700 y 1713, de quienes adquirió influencias italianizantes y entre los que destacó componiendo obras para los monarcas en varias ocasiones. También estudió arpa y canto, además de la carrera eclesiástica. Fue maestro de capilla en la Catedral de Barcelona, en la de Vic en 1713 y al año siguiente, quizás como represalia por ser austracista, buscó y consiguió plaza en la Catedral de Valencia, en la que estuvo hasta 1724, siendo este mismo año nombrado para desempeñar las mismas funciones en la Catedral de Sevilla, en donde permaneció hasta el año de su fallecimiento. En Sevilla obtuvo el cargo sin necesidad de oposición, debido seguramente a su fama y a la calidad de sus obras. En su larga estancia renovó la capilla musical, aumentó la calidad y la cantidad de sus componentes, añadiendo violines, viloncelos y contratando a dos oboes y un flautista. También se dedicó a la pedagogía musical y escribió el tratado “Guía para los principiantes que desean perfeccionarse en la composición de la Música”, que gozó de cierta difusión, aunque no llegó a editarse en su época.
La Lamentación 2ª de la Feria V para soprano, dos flautas de pico y bajo continuo es la pieza de complemento con la que se abre el disco. Interesante por la combinación de los recursos musicales característicos de las lamentaciones hispánicas –la ornamentación melódica sobre el texto de las letras iniciales en hebreo y el sólido acompañamiento instrumental y armónico- con otros recursos más evolucionados –la sonoridad tonal, la utilización abundante de cromatismos, presencia de séptimas disminuidas, ágiles diálogos entre voces e instrumentos- y los propios de influencia europea, tales como la aproxímación a un estilo airoso cantabile muy expresivo en el fraseo.
Sobre la Missa Defunctorum para exequias reales a ocho voces, dos violines, dos flautas y bajo continuo, Rabassa debió componerla con motivo de las exequias de algún miembro del archiduque, probablemente su hermano José I. Las ocho voces se distribuyen en dos coros. Los movimientos de la obra están distribuidos de forma concertante, de manera que alterna secciones a ocho voces con otras a cuatro, a dos y a solo. La plantilla vocal de esta misa es la habitual en la música barroca hispánica del siglo XVIII: dos coros, el primero compuesto por solistas con una tímbrica más aguda, y el segundo formado por el cuarteto con más de un cantante por voz. Estas voces aparecen siempre acompañadas, nunca a capella. Concebida todavía la misa dentro del sistema modal, a lo largo de la misma puede observarse un mayor número de alteraciones en la armadura, modulaciones próximas a la tonalidad y, como en la Lamentación 2ª, cromatismos y algunas disonancias que realzan el dramatismo del texto. Una obra sólida y bella, que merece un lugar entre otras de Sebastián Durón, José de Torres, Melchor López o José de Nebra, por ejemplo.
La interpretación de Harmonia del Parnás es inspirada y bien conjuntada, merced a la inteligente dirección de Marian Rosa Montagut. La toma de sonido en el Real Monasterio de Sant Miquel de Lliria (Valencia) es óptima y el comentario de la carpetilla, a cargo de Rosa Isusi Fagoaga -que me ha servido de ayuda para elaborar esta reseña- muy instructivo. Por tanto, este CD gustará en particular a los seguidores del barroco hispánico; un barroco avanzado que se encamina hacia el estilo galante.

