In memoriam

Luciano Pavarotti, un tenor en estado de gracia

(Por Alicia Perris)

Luciano Pavarotti

Ya se han arriado las velas funerarias que acompañaron la muerte del “tenorissimo” de Módena y algunos ya lo echamos de menos y nos atenaza la nostalgia.

En un mes en que se conmemoran los treinta años de la muerte en París de la “Divina Callas”, amada y respetada por los grandes directores de orquesta y los Passolini, los Visconti, los Zeffirelli, va y se nos muere Pavarotti.

Páginas y páginas se han escrito estas dos últimas semanas, haciendo referencia no solo a su capacidad vocal e interpretativa, a su repertorio, a su intuición para el “show business”, sino también a sus inclinaciones gastronómicas, su afán por el dinero y el exhibicionismo, la falta de sofisticación en escena debido en parte a su exceso de peso, la relación con sus padres, sus paisanos de Módena, su debilidad por las mujeres, que finalmente, dada su condición de divo y su emotividad, no parece haber sido tan desproporcionada.

Hay quien incluso, haciendo gala de un mal gusto y una falta de generosidad implacables como el crítico Paolo Isotta, que, en “Il corriere della sera” escribió: “cuando su voz ya no fue la misma, se “transformó” inventando conciertos con multitudes oceánicas”.

Isotta, que probablemente pasará a la historia como uno de los críticos menos afortunados de su época, no se privó de referirse al Maestro denunciando “su vestimenta carnavalesca, sus manifestaciones mixtas con artistas ligeros, tal vez mejores músicos que él, sus prodigios de mal gusto, su descenso al Averno…”

A pesar de personajes menores como Isotta, multitudinaria fue la ceremonia que acompañó su muerte, después de un desgraciado periplo por una enfermedad que le cayó como una losa, como una sentencia inapelable.

Luchó-hasta el final- dicen los que fueron testigos de sus últimos meses, como pocos lo hacen cuando se saben definitivamente derrotados, sin esperanza.

Porque “Big Luciano” era una fuerza desatada de la naturaleza. Siempre tuvo críticos despiadados- ya lo hemos visto- que nunca podrán aprender a cantar, pero que a lo mejor sí saben solfear con corrección o seguir con obsesividad una partitura de ópera y que le reprocharon su falta de estudios musicales ortodoxos, a pesar de esa capacidad innata suya para agrandarse en escena con una voz que desafiaba la dificultad del sobreagudo.

Hermosa voz de timbre sorprendente, vibrato emocionante y una sonoridad por encima de todas las expectativas

Hermosa voz de timbre sorprendente, vibrato emocionante y una sonoridad por encima de todas las expectativas. Unos pianissimi inenarrables.

Pavarotti cantaba como respiraba, con esa facilidad que solo se consigue acompañando en su exhuberancia a la naturaleza, porque amaba la vida y era comunicativo, refrescante y luminoso.

Su sonrisa amplia, se instilaba en cada fraseo, en cada compás, en esas canciones napolitanas tan nostálgicas, que él interpretaba como si fuera realmente un campesino del sur, siciliano o calabrés, recordando a su madre, a su pueblo, a su amada.

Respetuoso también de ese su instrumento más poderoso y más bello, el tenor supo esperar, a lo largo de su dilatada carrera, el momento adecuado para volcarse en un papel o en otro de su repertorio y para extenderse en los conciertos multitudinarios, buscando la compañía y la complicidad de músicos populares como Lou Reed, Michael Jackson, Sinatra, Liza Minnelli, Paco de Lucia, Sting, Suzanne Vega, Zucchero, Mike Olfield,  Bono y tantos otros.

Se acercó a las figuras del pop con la naturalidad de quien no conoce fronteras para su voz y una expresividad siempre desbordada y anhelante.

 Las termas de Caracalla en Roma o la torre Eiffel en París abrigaron y dieron eco a sus conciertos. La asociación con Plácido Domingo, un tenor estudioso y exhaustivo de formación y repertorio y la frágil calidez de José Carreras dio como fruto aquella inmensa idea que se llamó “Los tres tenores” y que tanto dio que hablar a los puristas. El disco que produjo el trío consiguió un Guinness por ser el álbum de música clásica más vendido.

En 1988 también recibió el Grammy Legend Award, por su aportación a la industria de la grabación y sus do de pecho le permitieron conseguir en 1972 una ovación en el Metropolitan de Nueva York, que lo obligó a salir a saludar 17 veces. Fue una verdadera ovación, pero no la única, ni la menos recordada.

Pavarotti en concierto

Pavarotti pertenecía a la categoría de los tenores líricos, como Alfredo Kraus o Nicolai Gedda y llegaría a ser tan famoso y tan respetado como sus compatriotas Beniamino Gigli, Enrico Caruso o Mario del Mónaco.

Era sobre todo una enorme voz solar, como tanto se ha repetido y una inefable sonrisa, envuelta y medio disimulada a veces en sus maravillosos pañuelos de batista blanca que nunca abandonaba, o en los foulards de Hermès con que distorsionaba su poderosa figura para hacerla- dentro y fuera de las galas- más vistosa y menos discordante.

Y era también esa alegría perfumada del buen vino espumoso, la luz y el aceite de su tierra.

Luciano, poderoso alazán incansable de la ópera, amaba los caballos y era antes que nada un hombre oral- que diría el viejo Sigmund Freud- porque comía, hablaba, amaba, cantaba y se reía y buscaba los afectos primigenios para recuperar una y otra vez, una infancia que nunca había abandonado del todo.

Sintió como una pérdida irreparable la muerte de sus padres, fallecidos uno muy poco después del otro y de hecho, no consiguió sobrevivirles demasiado.

Siempre cálido, excesivo, intenso, tuvo dos mujeres fundacionales en su vida, Adua la primera, con quien tuvo tres hijas y Nicoletta, la segunda, que le devolvió la ternura del padre conmovido, cuando acunaba y cogía en los brazos a su adorada Alice.

Había nacido en Módena el fasto 12 de octubre de 1935, por lo que falleció con 71 años, aunque las voces y la gente como él deberían estar exentas de la servidumbre de la muerte.

Estudió con Ettore Campogalliani y Leone Magiera. Le encanta la cuidada técnica de Alfredo Kraus y la exquisita performance de Aragall y a su manera había apadrinado antes de dejarnos, a varios tenores de una parte a otra del mundo.

Pero creo que no se daba cuenta, en su generosidad, en su facilidad para incorporar, para darse, que ya no habría nunca más otros como él.

Su padre, que era panadero, también cantaba y sus amistades eran de las que ya no se llevan. Su asociación para rescatar el belcanto con la soprano Joan Sutherland y su marido, el director de orquesta Richard Bonynge produjo recreaciones operísticas portentosas y ahí están las grabaciones y el recuerdo de Lucia di Lammermoor, La sonnambula, Norma, La fille du régiment, I puritani y muchas más.

Joan Sutherland no pudo menos que deshacerse en elogios, en las declaraciones que realizó sobre su amigo Pavarotti en 1979, a “Time Magazine”: “era absolutamente fenomenal: una resonancia fabulosa…y qué tesitura, qué seguridad”.

Verdi y Puccini colorearon con insistencia su repertorio, ya antológico en su maravillosa Bohème con Mirella Freni

Verdi y Puccini colorearon con insistencia su repertorio, ya antológico en su maravillosa Bohème con Mirella Freni, su medio hermana de leche, a la que le fue imposible cantar en la catedral de Módena, durante su funeral.

Hizo también sus incursiones reiteradas y fecundas a Mozart, a Bellini, Donizzetti, Mascagni y Boito. Pero Verdi era su pasión y del maestro bordó las vibrantes partituras de “Aída”, “Otello”, “Traviata”, “Un ballo in maschera”, “Trovatore”o “Ernani”. Como no podía ser de otro modo, Pavarotti fue también, en su primera juventud, maestro de escuela, honrosa profesión que abandonó, para dedicarse, de por vida, a la música.

Cantó con directores que se enhebran con el mito: Mehta, Karajan, Solti, Muti y dedicó buena parte de sus esfuerzos filantrópicos, a través de sus conciertos “Luciano Pavarotti and friends”, para la asociación “War Child” y otras organizaciones humanitarias.

Carlos Kleiber declaró al “Mundo de la música”, que “cuando Luciano Pavarotti canta, el sol se levanta sobre el mundo”.

Italia se volcó en la organización de unos funerales de estado para el gran tenor que la representó en las últimas décadas como nadie en el universo de la música y de las relaciones internacionales. Pavarotti, fue, efectivamente para su país, “Tutto”.

El tenor había fallecido la madrugada del 6 de septiembre y el duelo se llevó a cabo durante varios días, para culminar en la ceremonia- larga, sentida- en la bella catedral románica de Módena.

Fue a su agente, Terri Robinson, a quien le tocó dar la mala noticia a los medios. Y entonces un clamor se elevó por todos los confines, a pesar de que se sabía que Pavarotti estaba herido de muerte.

Quería ser recordado como cantante de ópera, ¡claro!, ¡cómo iba a ser de otra manera! El funeral religioso fue también operístico, musical, grandioso y grandes personalidades de la escena internacional, también políticos mediáticos, como Validimir Putin, George Bush, Nicolás Sarkozy, por citar solo a unos pocos dieron su pésame y manifestaron su pesar por la desaparición del tenor.

Pavarotti

Los hombres de estado italianos hicieron más. Se presentaron todos como uno solo hombre, a acompañar a la familia y al público que estaba en la catedral y sus alrededores: Romano Prodi, el presidente del Gobierno italiano, Francesco Rutelli, el vicepresidente, el alcalde de su ciudad entristecida por la pérdida. Hubo también ausencias evidentes…

La ceremonia fue un homenaje a la buena música. La soprano Raina Kabaivanska comenzó la misa con el Ave María del “Otello” de Verdi y a continuación pudieron escucharse un fragmento del Réquiem de Cherubini y una pieza del “Orfeo y Eurídice” de Gluck.

Otro cantante conocido por todos, Andrea Bocelli, participó con el Ave Verum Corpus, de Mozart y los Pavarotti, padre e hijo, se hicieron presentes en una grabación en la ceremonia, entonando a duo el aria Panis Angelicus, de César Franck, que fue ovacionada.

El funeral, retransmitido en directo por la Rai, contó incluso con una demostración de los aviones de la fuerza aérea italiana, que exhibieron los colores patrios a la salida del féretro.

La ciudad de Módena se volcó y fue testigo emocionada de cómo el cuerpo del tenor abandonaba el templo, acompañado por la envolvente música de su propia voz en su conocido “Vincerò”, del “Nessum dorma”, del “Turandot”, de Puccini. El aria había resonado también en el Palacio de Buckingham, durante el cambio de guardia.

Pavarotti descansa en el cementerio de Montale Rangone, junto a sus queridos padres y a su pequeño hijo fallecido, mellizo de Alice.

A pesar de la insistencia y las buenas intenciones, desgraciadamente, el Maestro, esta vez sí, que se ha dormido.

Como escribía Hermann Hesse en su novela “Narciso y Goldmundo”, podríamos decir que Lucianone, ha regresado al seno de su madre.

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