Crítica de discos
Anhelos sinfónicos
(Por Hertha Gallego de Torres)
Tres Sinfonías: Jesús Torres, Sinfonía, David del Puerto, Sinfonía nº 1 “Boreas”, Jesús Rueda “Sinfonía I “Laberinto”, Tritó, 2007, Depósito legal: B- 23433-2007. Orquesta Sinfónica de RTVE, Adrian Leaper, dir. ; Finnish Radio Symphony Orchestra, Sakari Oramo, dir. ; Joven Orquesta Nacional de España, Ernest Martínez Izquierdo, dir.
Charles Rosen, en un luminoso librito sobre Schoenberg, dejó escrito que no hay nada inherente a la disonancia que sea desagradable o impuro. Tampoco hacen falta dos notas para que se produzca. Es el efecto de terminación, denominado función cadencial, lo que precisamente define una consonancia. Una disonancia es cualquier sonido musical que debe ser resuelto, es decir, ir seguido de una consonancia; en cambio, una consonancia es un sonido musical que no requiere resolución y puede actuar de última nota redondeando la cadencia. Escuchando las largas sinfonías de Torres, del Puerto y Rueda, uno comprende la verdad del aserto. Se han difuminado las nociones entre sonidos “agradables” y “ofensivos”. Se transita por ellas como por un largo sueño abstracto, en el que, como dice Jesús Torres, “no hay estéticas equivocadas”.
La ORTVE dirigida con buen pulso por Adrian Leaper nos ofrece una Sinfonía, la de Torres, en la que en media hora pasamos de los caracteres Desolado a Exaltado, Extático a Enérgico. Es la vieja división de los tempi de la sinfonía clásica, con nomenclatura contemporánea y nuevos recursos: tradición y modernidad. La cuerda está empleada con brillantez, desde el comienzo, con cuartos de tono y glissandi, aunque la culminación se produce en el tercer movimiento, intenso, sombrío, muy puro.
Una orquesta distinta es la que nos sirve la Sinfonía nº 1 “Boreas” de David del Puerto. Se trata de la Finnish Radio Symphony Orchestra, con el maestro Sakari Oramo al frente, y resulta curioso contrastar los dos estilos, el del norte de Europa y el madrileño, a la hora de enfocar la interpretación. Oramo es quizá más medido, Leaper y su orquesta más expresivos, aunque todo es cuestión de pequeños matices. Tanto al empezar como a la finalización de “Boreas”, del Puerto busca borrar los límites, cruzar la frontera que le separa del público. De ahí que al principio haya una progresiva desaparición de la introducción, y que su obra acabe en un final que se va disolviendo, a la manera en que muere una vela. Las palabras de del Puerto, que recoge Arias Bal en sus notas al disco, se me antojan muy significativas en el actual presente: “La función del arte de la música se consigue cuando se consigue hacer partícipe al público. Si no logramos esto se nos comerán otras manifestaciones del arte. Hasta ahora hemos negado el problema, pero debemos aceptar la competencia. Uno no se puede negar a eso. Estamos en un momento crítico, trascendental, en el que están empezando a unirse todas las músicas del mundo. En este momento, el arte tiene una relación problemática con la sociedad. Su vínculo se deshace mientras aparece un nuevo tipo de relación entre creación y colectividad, incluso entre la industria del arte y de la sociedad. Es un momento fascinante porque el final de la certeza abre la oportunidad de la creatividad. Volvemos a ser dueños de nuestro futuro porque lo podemos inventar.”.
Las dos grabaciones anteriores tienen muy poco tiempo, son conciertos en directo de 2005. En cambio, la de la Sinfonía I “Laberinto” de Jesús Rueda es una toma en directo de un concierto de la JONDE, realizado en 2000 en el Concertgebouw de Ámsterdam, con Ernest Martínez Izquierdo en el podio. Esto también da carácter de testimonio al disco y presta especial calidez a las interpretaciones, que si se pueden resentir de algún fallo técnico, tienen sin embargo todo el encanto del concierto en vivo.
Para Rueda, el eje de su constructo sinfónico es la narratividad. Su Sinfonía, subtitulada “Laberinto” se articula en cuatro movimientos precedidos por un proemio a modo de anacrusa y encadenados por puentes denominados Sphinx I, II y III. Cada uno de ellos contiene la clave críptica de cada uno de los movimientos. El laberinto más famoso de toda la mitología es el que el rey Minos encargó a Dédalo para ocultar al Minotauro, ese monstruo mitad hombre mitad toro que había nacido de la unión de la esposa de Minos, Pasífae, con un toro bellísimo que había surgido de las aguas, de blancura de nieve y patas aterciopeladas en negro , que el rey no había querido sacrificar a los dioses…También Jesús Rueda rinde homenaje a este Minotauro, tantas veces pintado por Picasso, símbolo de la cultura mediterránea, y lo sitúa en el cuarto movimiento al que nos llevan sus pasadizos musicales ¿Y qué es el amor sino un laberinto, en el que entramos confiadamente y del que no sabemos salir? En la obra de Rueda, los paisajes sonoros contrastados evolucionan hacia un fin perfectamente discernible.
Tres nuevas sinfonías que enriquecen nuestro acervo sinfónico, sólidas, precisas. Nos aportan alimento intelectual, pero también placer sensorial. A veces la música es la última trinchera de un siglo “despiadado y reflexivo”. Acojámonos a ella.
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