Crítica de discos

Un jazz buio

(Por Hertha Gallego de Torres)

Trumpet Colors: William Schmidt, Alex Shapiro, Scout Robbins, Robert Bradshaw, Astor Piazzolla. Crystal Records CD 766, 2007. Intérp: Trío Chromos: Ismael Betancor, trompeta; José Luis Castillo, piano; Carlos Rivero, violonchelo.
Trumpet Colors

Hace muchos años, cuando escuchaba jazz continuamente, leí un poema italiano en el que se hablaba de aquellos antros en los que se tocaba por la noche “un jazz buio”, un jazz oscuro. La expresión me gustó. Imaginé vampiresas fumando cigarrillos, botellas de infame whisky de contrabando, bares llenos de humo, gangsters y unos músicos tocando el saxo, la trompeta y el piano…todo a altas horas de la madrugada. La fascinación por el jazz –tan denostada por Hermann Hesse en “El lobo estepario”- también  alcanzó, es bien sabido, a los compositores de música “culta”: Stravinsky, Poulenc, y, en general, todo el grupo de los Seis francés, que fueron devotos admiradores de esta música viva y efervescente, y la incorporaron a algunas de sus obras.

Ahora, el Trío Chromos (Ismael Betancor, trompeta; José Luis Castillo, piano y Carlos Rivero, violonchelo), tres músicos canarios con una sólida formación,  entreprenden el camino contrario y realizan arreglos jazzísticos de las “Cuatro Estaciones Porteñas” de Astor Piazzolla. En verdad, hacen un poco de trampa. Porque si hay música que se preste a ser versionada de mil maneras es la muy nostálgica y cautivadora del compositor argentino. Piazzolla solía confrontar su producción académica con la obra de Gershwin, ya que, como él,  compuso obras para concierto partiendo de un género popular urbano. La comparación no es errada: tango y jazz nacen con el siglo XX y se desarrollan al amparo de manifestaciones masivas, con el auge de los medios de comunicación y las costumbres de baile de las primeras décadas del pasado siglo.  Fue un músico con un fuerte instinto popular, refinado por sus estudios en Francia con Nadia Boulanger. Él abrió al tango clásico  numerosas posibilidades, y al mismo tiempo supo mantener como nadie su esencia, su perfume. En Las”Cuatro Estaciones Porteñas” pinta el paisaje de Buenos Aires y puede percibirse el olor y el sabor de la ciudad. Su transcripción para trío de jazz no le hace perder este carácter. Está en la línea de lo que grandes intérpretes, como Gidon Kremer, han realizado con Piazzolla, porque su música se presta a este crisol de culturas y expresiones. Como dicen allá: “El tango sabe esperar”. Es una melodía que surge inesperadamente, y sirve a  quien la quiere, independientemente de si se oye en una sala de concierto, en un café, en un bar o si es cantada. Se nos infiltra y sus sones cadenciosos nos acompañan, melancólicos y elegantes.

 El resto del disco es puro jazz. Un jazz que se acerca en muchas de sus expresiones a la música contemporánea y que gustará a los amantes de una aproximación intelectual a este estilo (los que amaron alguna vez a Bill Evans, por ejemplo, y su Concierto de Tokio), servida con una sonoridad y un “feeling” muy frescos y actuales. Hay que destacar la Elegy, de Shapiro. Conmovedora. Para escuchar recordando las palabras del emocionante poeta Alejandro Céspedes:

“Y aunque todo me advierte

que otra vez será amarga tu resaca,

me aventuro a soltarte,

paloma mensajera

que emprenderás el vuelo hacia el pasado.”

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