Festival de Bayreuth

El grito de Sieglinde

(Por Hertha Gallego de Torres)

Bayreuth, 20, 23, 25 /8/07, Festpielhaus, Das Rheingold, Die Walküre, Siegfried, Richard Wagner, Dir. de escena: Tankred Dorst, Asistente de dir. Ursula Ehler, Escenografía: Frank Philipp Schlossmann, Vestuario: Bernd Skodzig, Iluminación: Ulrich Niepel, Dramaturgia: Norbert Abels; Das Rheingold: Edith Haller, Freia, Clemens Biber, Froh; Ralf Lucas, Donner; Kwangchul Yun, Fasolt. Die Walküre: Endrik Wottrich, Siegmund; Kwangchul Youn, Hunding; Adrianne Pieczonka, Sieglinde; Albert Dohnen, Wotan; Linda Watson, Brunilda; Michelle Breedt, Fricka; Siegfried: Stephen Gould: Siegfried; Gerhard Siegel, Mime; Andrew Shore, Alberico; Hans Peter König, Fafner; Mihoko Fujimura, Erda; Robin Johanseen, Pájaro del Bosque. Orquesta del Festival de Bayreuth. Director: Christian Thielemann. Festival de Bayreuth, 2007.
Das Rheingold

Ya hace un mes que se apagaron los ecos del Festival de Bayreuth, pero la monumental Tetralogía dirigida por Christian Thielemann aún resuena en mis oídos. Decía Tomas Mann que “el arte de Wagner, por más poético y “alemán” que quieran presentárnoslo, es en sí y por sí un arte extremadamente moderno, un arte en modo alguno inocente: es sabio y profundo, ardiente y sofisticado, capaz de aunar medios que te embriagan  y que te despejan la mente, de un modo sencillamente agotador”. Y, quizá, de toda la historia de los nibelungos ,  del maléfico anillo que va sembrando desgracias allá por donde va, sea la segunda parte, la Walkiria, la más redonda y perfecta. En el comienzo de esta gigantesca epopeya de casi seis horas, una pareja se encuentra. Se adora. Y son hermanos. Este amor incestuoso cuenta con una de las músicas más maravillosas que se hayan creado nunca. Y, en la versión que vi este año, además, descubrimos las posibilidades de una Sieglinde cantante y actriz de conmovedora perfección, Adrianne Pieczonka.

Pieczonka compuso un personaje muy humano con unas calidades vocales sobresalientes. La escenografía también ayudaba – una especie de enorme patio a la luz de la luna- o, al menos, se encargaba de no incomodar (que a veces, en la ópera de hoy  se agradece). La cantante resultó  delicada, y al mismo tiempo de una rotundidad visceral frente a Siegmund, con el que huye, y Hunding, el marido al que traiciona. En la segunda parte, yo iba preparada a aburrirme a fondo ¡me habían dicho tantas veces que el romanticismo arrollador de la pareja de amantes deslucía la inmensa regañina de Fricka a su esposo Wotan¡ Dura mucho, es verdad,  y luego el supremo Dios tiene otro largo dúo con su hija la walkiria Brunilda .Pero la dirección de Thielemann ( la suprema meticulosidad del viento metal, una cuerda atenta a los menores matices ), la solidez de los cantantes wagnerianos, Albert Dohnen (imponente Wotan), Michelle Breedt (que “vivía” el enfado de Fricka) y Linda Watson,  con un papel de peso que defender  y una caracterización que recordaba por vía directa a las numerosas Brunildas que se conservan fotografiadas en sepia en el Museo Wagner, consiguieron mantenerme en vilo. El grito de Sieglinde cuando su todavía esposo Hunding va a matar a Siegmund fue a la vez desgarrador y musical. Un placer y un dolor. ¿Quién puede explicar estas extrañas confusiones del corazón?

Die Walküre

De “Das Rheingold” (El oro del Rhin) sobresalió  la belleza de la primera escena, escenográficamente hablando, en la que en una cascada de olas Alberich, el nibelungo, con una larga cola, trata de atrapar a las hijas del Rhin, las ondinas, hasta que decide robar el oro que tantas desgracias traerá. También estaba muy bien resuelta plásticamente la escena en la que Wotan, acompañado del astuto Loge, baja al Nibelheim, la tierra de los Nibelungos, como una especie de enorme fábrica en la que se abría un boquete por donde se entreveía el oro, reluciente. Por último, citar la belleza de la escena del bosque de “Siegfried” . Este, el hijo de Siegmunt y Sieglinde –aunque él no lo sabe- espera al monstruo que tiene el anillo (causante de todos los males, pero que el héroe ansiará, como todos). Mientras tanto, se echa sobre la hierba. Escucha las voces del bosque. Numerosos pensamientos pasan por su cabeza. En las ramas empiezan a cantar los pájaros. Cualquiera que haya paseado por un frondoso bosque alemán, y se haya perdido vagando entre sus trochas y senderos,  sin tener noción del tiempo, disfrutará tanto como yo de un incómodo asiento en el Bayreuther Festpiele, en lo alto de la colina roja, mientras espera, como Sigfrido, a que un tremendo acontecimiento vaya a suceder, arrullado en extáticos sones.

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