Schubertiada
Encuentros sonrientes en la schubertiada austríaca
(Por Elisa Rapado)
Durante los primeros días Septiembre de 2007, la sala Angelika Kauffmann de Schwarzenberg acogió la última semana de conciertos de la temporada de verano del festival, con su habitual programa de recitales de Lied.
Cabe recordar a nuestros lectores que, desde que en 1976 el barítono Hermann Prey se planteara fundar una sociedad de conciertos en torno a la figura de Schubert, este festival, ubicado en un minúsculo pueblecito de las estribaciones alpinas, ha sido uno de los más valiosos referentes culturales para los liederistas de todo el mundo. Una de los secretos de esta proyección es la alta calidad de los conciertos ofrecidos, pero también su continuidad, la receptividad del público y un cuidado trato a los artistas; que suelen ser fieles a su cita anual.
Quizá la propuesta más sugerente de estos días era la posibilidad de escuchar en diferentes contextos a Diana Damrau, Angelika Kirschlager, Ian Bostridge y Christopher Maltman, pues actuaron en recital a solo y también los cuatro juntos; en una Liederabend (o “tarde de canciones”) dedicada a los dúos y cuartetos de Schubert. En su primer recital, el día 1, Bostridge ofreció una lectura coherente y bien pensada del Dichterliebe schumanniano. Si algo se le puede reprochar es haberse excedido en la afectación, especialmente a nivel escénico, ya que sus acciones y movimientos excedían el ámbito de un recital. Fue interesante escuchar los dramáticos opus 32 de Brahms en la segunda parte, pues su versión resultó muy convincente y aplaudida, a pesar de que Brahms es uno de los autores que frecuenta menos y que podrían parecer menos apropiados para su voz andrógina. A este éxito contribuyó indudablemente el titánico pianismo de Drake, pleno de riqueza armónica y resonancias orquestales.
Dos días más tarde, ambos artistas habrían de interpretar una controvertida Bella Molinera, de altísima expresividad, pero también profundamente amarga. Huyendo de la frescura de sus propias versiones discográficas, pese a que la última de ellas es bastante reciente, Bostridge se presenta como un molinero celoso y desesperado desde que, en el quinto de los lieder (Am Feierabend), la esquiva amada desea buenas noches a todos los aprendices del molino. Las versiones más tradicionales (desde Dieskau y Wunderlich hasta Quasthoff) no muestran un total pesimismo hasta la aparición del rival amoroso en Der Jäger; la pieza número catorce del ciclo, razón por la que la versión, a pesar de su enorme impacto y rotundidad dramática, fue muy discutida en las tertulias radiofónicas y críticas.
Al día siguiente, 4 de Septiembre, Angelika Kirschlager y Helmut Deutsch presentaron un programa bastante novedoso que reunía infrecuentes Lieder de Listz y Dvorak. Su carácter serio y meditativo se adecuaba quizá más al estilo del rotundo y sólido pianista que al de la joven mezzo, que encontró más acomodo en las líricas páginas lisztianas. Sin embargo, el momento más emocionante de la noche se situó en los Zigeunerlieder brahmsianos, servidos con frescura popular y una variada paleta de colores y caracteres que hizo que el entregado público se desbordase de entusiasmo.
El día 5 estaba planteado un único concierto no vocal, el del excelente cuarteto Ártemis, que habría de interpretar los cuartetos op 18 nº 5 y Rasumovski de Beethoven con gran limpieza y energía. El grupo liderado por Natalia Prischepenko se presentaba en su agrupación más reciente, con Gregor Sigl en el segundo violín, Sebastian Weigle (viola) y Ekhart Runge (chelo). Si bien sobre el brillante Beethoven del Artemis aún planean los criterios estéticos de sus maestros del cuarteto Alban Berg, la interpretación del fragmento schubertiano D 703 fue fresca y personal, así como la peculiar propina; una adaptación de una obra vocal de Webern para cuarteto, realizada por Weigle.
Las dos apariciones de Diana Damrau en la Schubertiade de este año estuvieron marcadas por la anécdota de sus graciosos accidentes. Al lado de su eficiente pianista, Stephan Lademann, la enérgica soprano ofreció un recital desafiante y pleno, en el que logró entusiasmar al público con un Mahler lleno de juegos e insinuaciones, y con unos complejos lieder straussianos, entre los que se encontraba, junto a otras páginas conocidas, el temible “Amor”. La comprometida coloratura de este último brilló por su colorismo y perfección. Pero la Damrau no pudo contener la risa al comprobar que no había preparado correctamente las páginas de su segunda propina, una complicada pieza contemporánea. Al día siguiente, al comprobar que había sido incorrecta la nota de comienzo del Hymne an den Unendlichen con que se abría el concierto del cuarteto vocal, Damrau, Kirschlager, Bostridge y Maltman volvieron a reír. La velada continuó en atmósfera festiva durante la primera parte y más meditativa durante la segunda, en la que se escucharon algunos de los más conmovedores duettos y cuartetos de Schubert, entre ellos el canto de Mignon y el arpista.
Durante el sábado 8 tuvo lugar la aparición como solista de Christopher Maltman, que habría de interpretar el Winterreise con un especial interés hacia el texto, así como un fuerte rigor estilístico, deudor sin duda de las ideas del enciclopédico maestro Graham Johnson. Este último fue quien le acompañó al piano con su impecable toque, un poco frío y seco. Antes, en la misma sala, había tenido lugar el recital de los alumnos del curso de interpretación de Lied dirigido por Thomas Quasthoff y Justus Zeyen. La especial vinculación de la autora de estas líneas con el mencionado curso impide cualquier tipo de referencia a la calidad de sus protagonistas, si bien cabe destacar que el ferviente público de la Schubertiade, que había asistido regularmente durante toda la semana a las clases magistrales, aplaudió con calor y entusiasmo a los jóvenes artistas allí reunidos, entre los que se encontraba un grupo español.

