Urbanidad en la sala de conciertos-3

De las protestas, pitos y broncas

(Por José Prieto Marugán)

Sala de Conciertos

En entregas anteriores nos hemos ocupado del comportamiento aconsejable en el teatro o el auditorio y del aplauso como muestra de agradecimiento ante la interpretación que nos emociona. Pero, ¿qué hacer cuando lo escuchado o visto no nos gusta? Las opciones son varias, curiosamente mucho más numerosas que las de agradecimiento. A vuela pluma podemos citar: pitos,  pateos, broncas, silbidos, insultos, e, incluso, lanzamiento de objetos diversos. No recordamos, en este instante, si en la ya amplia historia del concierto público, existe algún ejemplo de músicos que hayan tenido que ser protegidos por la policía, pero nos vienen a la memoria reacciones populares especialmente violentas, como la ocurrida el 29 de mayo de 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos de Paris, cuando Pierre Monteux estrenó La consagración de la primavera; o la “verdulera” reacción del exigente público de la Scala milanesa arrojando toda clase de hortalizas a María Callas, a la misma Callas idolatrada en ese mismo teatro por ese mismo público.

En España no carecemos de tradición en este tema, apoyada en los conocidos “chorizos”, “polacos” y “panduros”, del siglo XVIII.  Los primeros eran los componentes de la clac del Teatro del Príncipe, se identificaban con una cinta dorada y manifestaban su desaprobación silbando estridentemente. Los “polacos” se relacionaban con el Teatro de la Cruz, usaban una cinta de color azul celeste como distintivo y su forma de protestar era el grito estentóreo. Entre unos y otros se producían verdaderas algaradas consecuencia de su vehemencia y apasionamiento. Los más peligrosos eran los “panduros” que campaban por el Teatro de los Caños del Peral por los años 1745/50; usaban como identificación una escarapela roja y cuando lo consideraban oportuno, se dedicaban a bombardear a los intérpretes con trozos de pan duro.

El catálogo de las manifestaciones de disconformidad, desaprobación o enfado es amplio y variado

El catálogo de las manifestaciones de disconformidad, desaprobación o enfado es amplio y variado: los siseos, de rica gradación dinámica; los clásicos y tradicionales pateos y pitadas; los silbidos, aunque en algunos entornos y entre ciertas gentes se considera muestra de aceptación y elogio; las broncas a base de toda clase de gritos y ruidos; el insulto, absolutamente desaconsejable, y el peligroso lanzamiento de objetos.

Si nos detenemos un momento y reflexionamos un instante, podremos comprobar lo interesante del tema y plantarnos varias preguntas:  ¿Por qué estas virulentas reacciones se dan más en el teatro de la ópera o de la zarzuela que en la sala de conciertos’ ¿Qué es lo que hace reaccionar así a todo un teatro? ¿Por qué en la sala de conciertos la bronca suele ir dirigida al compositor y en el teatro a los cantantes? ¿Por qué algunos intérpretes se empeñan en salir al escenario sabiendo la reacción que van a provocar? ¿Qué mueve a ciertos autores a provocar la indignación del público? ¿Por qué exigen al intérprete que dé la cara y no lo hacen ellos mismos?

Un detalle muy curioso y exclusivo de las broncas –no se produce en los aplausos– es que el escándalo y la trifulca puede producirse en sectores del público: los que defienden al autor o intérpretes, y quienes los censuran. Hay ocasiones en que la vehemencia mostrada por unos y otros, convierte en peligrosas y violentas estas reacciones discrepantes. Para algunos, tales enfrentamientos viscerales significan que la música está viva; otros asocian los conceptos “moderno, progresista, conservador, retrógrado”, a una u otra facción. Cuando esto ocurre, intérpretes y compositores reaccionan de forma distinta; algunos consideran un éxito propio estos enfrentamientos.

Hay “artistas”, y algún que otro director de escena, que buscan eso precisamente: la bronca, el escándalo, la provocación.

Son muchas preguntas pero no las únicas;  no es éste momento ni lugar para intentar contestarlas, para eso quedan congresos y reuniones veraniegas, entre tumbonas de playa y siestas con aire acondicionado. Lo que sí vamos a hacer es sugerirles algunos comportamientos para que expresen su disconformidad, su malestar o su indignación,  pero sin caer en la grosería y mucho menos en la violencia.

  • Si no le gusta, no patee ni dé muestras de mala educación y pésimo gusto. Hay “artistas”, y algún que otro director de escena, que buscan eso precisamente: la bronca, el escándalo, la provocación. Si no le gusta, sencillamente, no aplauda. Ellos lo entenderán. Recuerde el refrán: no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Si quiere hacerles daño, ignóreles. Lo pasan francamente peor que cuando les abuchean. Desde luego, quienes buscan la provocación y la consiguen, han ganado; lo contrario les duele porque a todo el mundo le duele el fracaso.
  • Un teatro no es un campo de batalla; no vaya usted “armado”, ni de objetos, ni de ideas preconcebidas.
  • Si un intérprete tiene un fallo, piense que es humano; sea usted magnánimo. Es mejor que comportarse con un energúmeno.
  • No se crea protegido por el anonimato de la masa. Eso ha pasado a la historia. Sepa usted –o sospéchelo– que casi todos los teatros y auditorios tienen cámaras de TV y piense qué le diría a su hijo si le viera en la TV comportándose como un salvaje.
  • Piense usted en el espectador de al lado. ¿Por qué le molesta con sus gritos, con sus insultos, con sus impertinencias?
  • Cabe la posibilidad de abandonar el teatro, incluso pedir la devolución de las entradas si considera que no le han dado aquello por lo que usted ha pagado. Si los espectáculos se pagaran al salir y no al entrar, ¿imagina usted las sorpresas que habría?

Si usted, ilustre compositor, cree que somos ignorantes, edúquenos, pero no nos violente con su sabiduría, no nos ofenda con su sapiencia, no nos apabulle con su conocimiento. Usted, afamado intérprete, no ayude a la difusión de obras cuyo primer perjudicado es usted, su voz, o ese magnífico instrumento del que está tan orgulloso. Piensen ustedes por qué vamos a sus conciertos y compramos sus discos ¿creen que para sufrir? ¿creen que somos masoquistas? No hagan obras que nos molesten, no creemos esa sea función del arte; quizá los espectadores no estemos tan en la vanguardia como ustedes, pero no somos tontos, ni merecemos trato semejante. Probablemente, si ustedes siguen esta pauta, desaparecerán muchas de las broncas en los teatros y en ellos sólo resonarán los aplausos y los “bravos”.

Anteriores entregas de
"Urbanidad en la sala de conciertos"

De las toses, estornudos, carrasperas y otros sonidos corporales

Del aplauso. Cómo y cuando

 

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