Ópera en París

Alcina de Haendel en París, o
el triunfo del director de escena

(Por Enid Negrete)

Alcina
Alcina. Ópera seria en tres actos (1735) Libreto anónimo adaptado de la ópera de Riccardo Broschi L’isola di Alcina sobre el texto Orlando el furioso de Ariosto. Dirección musical de Juan-Christophe Spinosi, puesta en escena de Robert Carsen. Igna Kalna (Alcina), Anna Radziejewska (Ruggero), Olga Pasichnyk (Morgana), Sonia Prina (Bradamante), Xavier Mas, François Lis (Melisso) y Judith Gautier (Oberto). Producción de la Ópera de parís, Palais Garnier 23 de diciembre 2007.

La mayor parte de los comentarios que las personas que aman la ópera hacen acerca de los directores de escena, siempre están relacionadas con las cosas que se pierden tanto de la historia como de la música debido a la intervención equivocada del director de escena. Desgraciadamente es cierto que en muchos casos podemos ver un enorme desconocimiento por el género y muy poco entendimiento de lo que la música representa en un montaje operístico. Sin embargo la presencia del director de escena en la ópera es una necesidad que no podemos soslayar, y su trabajo creador puede ser una de las áreas que más podemos disfrutar del espectáculo lírico, si no fuera así, sería lo mismo ver una ópera en concierto que en escena.

Muy rara vez podemos tener un ejemplo tan claro de lo que gana una ópera cuando un director con el talento y el conocimiento necesario la aborda. En este último caso tenemos que mencionar el hermoso montaje del Palais Garnier de la ópera de Haendel Alcina que pudimos disfrutar la víspera de la noche buena en Paris. Un montaje profundamente moderno, no sólo porque sucediera en una época mucho más cercana (esto ya ni sorprende y en muchos casos, ni aporta nada) sino porque trata los asuntos amorosos y la trama misma de la ópera desde una perspectiva completamente contemporánea.

la dirección escénica, nos llevó por laberintos interesantísimos del alma humana

Lejos de ser una bella ópera antigua, con una trama absurda, (como era usual en ese momento), la dirección escénica, nos llevó por laberintos interesantísimos del alma humana, nos llevó a preguntas sobre el amor y la manera en que nos relacionamos los seres humanos. La complejidad emocional fue construida desde la imagen escénica y desde el trabajo actoral de los cantantes, pero además la iluminación estaba mucho más centrada en reflejar la emoción del personaje que en dar una idea de realidad temporal, lo cual fue una de las grandes aportaciones estéticas de este trabajo.

Metáforas como el hecho de que Alcina convierte a todos sus ex amantes en bestias, piedras y partes del mundo de lo no vivo, pero que están atrapados en esa isla que es su mundo, y que tropieza con la figura inerte de cada uno de ellos a cada paso, o el hecho de que lo que se nombra en el libreto como hechicería o poderes sobrenaturales del personaje, no sea otra cosa que manipulación y mentiras, le dan a esta protagonista esa tan faltante “modernidad” que no vemos en montajes virtuales, con proyecciones o con perspectivas escenográficas extrañas.

Porque resulta claro, que lo que realmente es moderno sobre el escenario, siempre son las ideas y reflexiones de un humano hechas imágenes, espacios, atmósferas, acciones y no el muestrario de posibilidades técnicas y de estética sofisticada pero carente de sentido o insertada en el escándalo, que banalizan lo que es la ópera en su máxima expresión.

Robert Carsen nos propone un bello espacio a temporal, imágenes tan expresivas como la música misma y nos deja en esas cuatro horas de ópera reflexiones profundísimas entre las manos: ¿De verdad sabemos lo que verdad y mentira en una relación amorosa? ¿De qué nos enamoramos? ¿De lo que vemos o de lo que creemos que vemos? ¿Sabemos claramente a quién amamos siempre?

Con un elenco, que a pesar de no ser el cartel de estrellas que estrenaron esta producción (Renée Fleming, Natalie Dessay, entre otros) y de que Vasselina Kassarova se anunció enferma y fue sustituida por Anna Radziejewska, pudimos disfrutar de una excelente función con unas hermosas voces y unas actuaciones inolvidables. Por supuesto que hay que destacar el trabajo de Inga Kalna, que logra momentos verdaderamente magistrales, y que la dirección orquestal era completamente acertada, pero sobre todo hay que agradecer que por fin, un director de escena no sólo nos permita disfrutar de la música, sino que además le de una vigencia y un sentido distinto a una obra antigua, que seguro puede disfrutarse más en esta producción que su original.

Esta es de las pocas veces en que el espectador, además de salir de la función con una o varias melodías en la cabeza, sale con un número equivalente de imágenes que no puede ni quiere sacarse de la mente. Esto es lo que el director de escena puede hacer para que la ópera sea esa experiencia inolvidable.

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