Obituario
Maurice Béjart: ya en los brazos de Shiva
(Por Alicia Perris)
Sin poder asistir a la première de su última coreografía, “La vuelta al mundo en 80 minutos”, el artista de origen francés Maurice-Jean Berger, que se había bautizado a sí mismo con el apellido de la esposa de Molière, actriz, para homenajearla, falleció a los 80 años en Lausana. Después de una vida rica en arte, danza y –podríamos decir sin miedo a la paradoja evidente- de una espiritualidad carnal.
Había nacido en una ciudad del sur, Marsella, una ciudad proteica y convulsa también hoy, el 1 de enero de 1927, como si su llegada al mundo el primer día de ese año eclosionara para anunciar una buena nueva.
Era el hijo de un filósofo, Gaston Berger y de una madre a la que había perdido con siete años. Muchos de sus otros afectos fueron marcando hitos en la ruta del duelo, lo que podría explicar la fascinación que enredaba a Béjart en la ceremonia de la vida, el amor y la muerte.
Conoce muy pronto a Sergio Lifar y queda atrapado en el mundo zigzagueante de la danza y el movimiento, a los que unirá muy pronto la fascinación por la música, el teatro y la palabra.
Estudia con Egorova y colabora con Birgit Cullberg y su primer ballet, “El desconocido”, dará lugar durante su fulgurante vida de creador, a un repertorio completo donde revisará lo clásico atravesado por lo contemporáneo, las músicas occidentales, la atracción por Oriente y las religiones y filosofías alternativas. Y su relación con unos bailarines y un público que lo idolatran.
En 1960 crea el “Ballet del siglo XX” y comienza a partir de ahí con una trashumancia por el mundo haciendo cada vez más amplio y heterodoxo el universo de los amantes de la danza. Se siente ciudadano del mundo y sobre la tierra crea.
Durante los años 60 y 70 se vincula a Irán y a la corte del Sha y su esposa y se interesa por la práctica del Islam, a la que siempre permanecerá vinculado. Más adelante, “nada de lo humano le resultará ajeno” y beberá de las fuentes del compromiso social y político.
En 1987 abandona Bélgica y decide instalarse en Suiza extendiendo aún más el ámbito de su creatividad personal y profesional.
Siempre gira en torno al mundo de la francofonía, que se fusiona con fronteras creativas más allá de lo conocido en Europa, traspasando los límites de lo que un coreógrafo occidental puede llegar a imaginar.
Los bailarines que lo acompañan están entre los mejores del mundo, para muchos de ellos, futuros grandes creadores, da a luz en partos sucesivos coreografías, roles, sueños, verdaderos armazones de luz.
La enseñanza de la danza siempre redefine su preocupación para perpetuarse en la pedagogía. Su proyecto artístico, es evidente, no se agota en él mismo sino que lo trasciende.
En 1987 su compañía se transforma en el Béjart Ballet Lausanne y en 2004 celebra cincuenta años como director de compañía.
Fue condecorado en numerosas ocasiones, por el emperador Hirohito en Japón, en 1986, por el rey Balduino de Bélgica en 1988, con el premio Kyoto en 1999, fue distinguido como Ciudadano de honor de la ciudad de Bruselas y Burgués de honor de Lausana, entre otros reconocimientos.
Entre sus creaciones más importantes se pueden citar “Sinfonía para un hombre solo” (1955), “La consagración de la primavera” (1959), el “Bolero”(1960) que empezó siendo una coreografía femenina para trasmutarse en un rol masculino y así poder plasmar el sueño esencial que alienta en el interior de todo ser humano: la fantasía del andrógino.(Platón dixit).
Hay una versión de “Romeo y Julieta” en 1966 y en 1968 llega “Bhakti”, en 1972 “Nijinski, clown de Dios”, las dos coreografías formando parte del conjunto que dedicó a la interpretación de Jorge Donn.
No fueron obras menores “Nuestro Fausto” (1975) ni “Eros thanatos”, (1980) en una dupla que lo define con el perfume de un clásico, el “Presbytère” (1997), “Tangos” (2001), “Ciao Federico”, en recuerdo del director italiano Federico Fellini.
Dejó afectos, arte y herederos que siempre le reconocen su aportación al mundo de la danza, como el español Víctor Ullate o el argentino Jorge Donn, con quien formó también pareja afectiva, mucho más allá de lo que la expresividad y la mortalidad frágil de un ser humano podía transmitir en lo artístico.
Su relación con el temperamental bailarín argentino fue entre otras muchas de tipo profesional y personal, de las más complejas y también por eso de las más fértiles que cultivó Maurice Béjart.
Donn, que murió de sida a los 45 años en sus brazos, fue antes y después de la trayectoria que transitaron juntos inspiración y cómplice, la plenitud vital que se hunde en el pozo sin fondo de las emociones y el sentimiento de la caducidad y la fragilidad de todo lo que de verdad merece vivirse…hasta que se eclipsa.
Su Bolero, esta danza hipnótica que construyeron como un proyecto de dos, envuelve al bailarín en un trance irreparable que se enrosca una y otra vez sobre sí mismo, en una sensualidad arrebatadora que nunca acaba de eclosionar de verdad…Hasta un final orgiástico. El público asiste al ritual, traspuesto.
El torso musculado de Donn – conservado para la posteridad en la película “Los unos y los otros” de Claude Lelouch, se arquea en la respiración acompasada, los brazos cimbrean, los pies se pierden en un no sé qué de misterioso y místico, el cuerpo de baile acompaña como un coro de bacantes enloquecidas de la tragedia clásica. Ravel aparece como reverdecido, renovado. Es como un mantra y es pura danza.
Hay más Béjart para contar y para emocionarse. Pero para eso habrá que esperar –evocando al Maestro- a la próxima convocatoria y al penúltimo “dégagé”.

