Ópera en Barcelona
La Cenerentola de los Comediants en el Liceu
(Por Ovidi Cobacho Closa)
La Cenerentola; Ópera en dos actos de Gioacchino Rossini sobre libreto de Jacopo Ferretti. Juan Diego Flórez (Don Ramiro), David Menéndez (Dandini), Bruno de Simone (Don Magnífico), Joyce DiDonato (Angelina), Cristina Obregón (Clorinda), Itxaso Mentxaka (Tisbe), Simón Orfila (Alidoro); Cor i Orquestra del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Patrick Summers. Dirección escénica: Joan Font (Comediants). Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 23-XII-2007.
Después de la exitosa producción de los Amics de l’Òpera de Sabadell, que pudo verse el mayo del pasado año en distintas ciudades catalanas, llegó el turno de la reposición de este delicioso título bufo rossiniano en el Gran Teatro del Liceu, justo antes de clausurar este año de conmemoración de cuatro siglos de tradición operística después de aquel célebre Orfeo de Monteverdi. Una producción que, más allá del indudable atractivo musical de su partitura, contaba con el doble aliciente de un reparto estelar, encabezado por el meteórico tenor peruano Juan Diego Flórez y la emergente mezzo Joyce DiDonato, y el regreso a la escena operística del grupo catalán Comediants, después de su popular versión escénica de Die Zauberflöte y sus espectáculos y adaptaciones operísticas para público infantil del Petit Liceu.
Joan Font, director de la compañía Comediants optó, siguiendo la tónica de sus espectáculos teatrales, por una lectura que enfatizaba los elementos fantasiosos del célebre cuento de Perrault. Es de sobra conocido que Rossini y su libretista eliminaron los elementos “mágicos” de esta fábula (hadas madrinas, carrozas de calabazas…), convirtiendo el relato de la Cenicienta en una pieza bufa que seguía el ejemplo emprendido por compositores como Niccolò Isouard (Paris, 1810) o Stefano Pavesa (Milán, 1814). A pesar de ello, que la versión de los Comediants haya pretendido acentuar los aspectos más fantásticos de esta fábula, con una escenografía y un vestuario (Joan Guillen) sumamente colorista, de muebles que se transforman y vestidos de diseño fantasioso, así como la presencia de unos simpáticos ratones (retomados de la versión de Disney) que manipulan y participan de la acción dramática, no desmerece para nada el sentido cómico del libreto ni la viveza melódica y rítmica de su partitura. Gracias a la complicidad y la buena labor del conjunto del reparto, los Comediants logran sacar el mejor partido de cada una de las escenas, exprimiendo su carácter más divertido y traduciendo la fertilidad creativa de sus pentagramas en un sueño imaginario de magia escénica.
En el aspecto vocal hubo también magia y fantasía a la par. Después de su último trabajo discográfico dedicado al célebre tenor dieciochesco G. B. Rubini, que le ha valido el pleno elogio de la crítica, y de haber pisado el mismo escenario del Liceu pocas semanas antes con motivo de un recital, Juan Diego Flórez volvió a enloquecer el público liceísta en su rol de Don Ramiro; la exquisitez en el fraseo, el brillo y la tersura natural de su timbre, su extraordinaria facilidad y ductilidad en la coloratura, y algunos sobreagudos de propina en su deslumbrante aria del segundo acto, afianzaron con sobradas razones el apelativo de ser considerado el mejor tenor rossiniano de nuestros días. A su lado, la mezzo DiDonato logró rendir también al público de este estreno, demostrando poseer un instrumento y unos medios vocales que hicieron sus delicias en el rondó final “Nacqui all’affanno e al pianto”. David Menédez fue un Dandini generoso en lo vocal y muy lucido escénicamente y el Don Magnífico de Bruno de Simone, a pesar de estar faltado de cierta mordacidad canora, supo dar el justo relieve al odioso y ridículo padrastro. Impecable en sus intervenciones y su extensa aria “Là del ciel nell’arcano” estuvo el Alidoro, de gran autoridad escénica, de Simón Orfila , así como también las dos hermanastras Clorinda y Tisbe, a cargo de Cristina Obregón e Itxaro Mentxaka, respectivamente.
La Orquestra Simfònica del Gran Teatro del Liceu, sensiblemente reducida, afrontó la partitura con ímpetu y vigor bajo la batuta de Patrick Summers, aunque algunos desajustes en números y concertantes y algún que otro abuso en las dinámicas acabaran coartando la fluidez y el brillo de determinados pasajes. Al final de la representación hubo generosos aplausos al conjunto de intérpretes (especialmente sonoros los dedicados a Flórez y DiDonato) y también, raro de ver en estos tiempos, a los Comediants por su versión escénica.

