Formas musicales
Ensalada musical y otras mezclas
(Por José Manuel Brea Feijoo)
Sabiendo que el vocablo ensalada hace referencia a una mezcla de hortalizas aderezada y, en sentido figurado, a una composición poética que integra versos de otros poemas conocidos o combina métricas diferentes, comprenderemos el significado que encierra esta denominación en lo musical. Siendo la ensalada una composición hispánica renacentista, sugiere derivaciones posteriores que alcanzan la actualidad de la música y otros países, aun sin relación directa constatada y cuestionando la validez de otras mezclas.
Ensalada musical
En el ámbito musical, “ensalada” es el nombre que daban los músicos españoles del s. XVI a una composición vocal polifónica en la que se mezclaban los géneros religioso y profano, idiomas o dialectos y otros componentes. De modo que en la ensalada musical, en lugar de ingredientes gastronómicos, se mixturan estilos y lenguas, amalgamando además lo cómico, lo serio, lo erótico y lo épico. El resultado es un género literario-musical –y quizás escénico– propiamente hispano. Los estudiosos la relacionan con el quodlibet (del latín quod, qué, y libet, placer), composición polifónica alemana que combina diferentes textos y melodías populares en contrapunto, haciéndose también referencia a un estilo madrigalesco con elementos heterogéneos.
Hemos de situarnos en el Renacimiento (aproximadamente de 1400 o 1450 a 1600), musicalmente una época de ideas renovadas, en la que prima el contrapunto imitativo y se prefiere la sencillez, la suavidad melódica y la elegancia. Un período entre la Edad Media o de la música antigua, predominantemente religiosa, y el posterior Barroco, que habría de llevar su mirada hacia la Grecia clásica. En el Renacimiento cobró gran importancia la “misa”, composición heredada del Medioevo, con la novedad de que se comienzan a introducir elementos profanos, siendo además bien recibida la herencia de “baladas” de Francia y “madrigales” de Italia. Pues bien, es aquí donde se desarrolló la singular mezcla que supone la ensalada musical, si bien debemos apuntar que nuestro principal músico renacentista, Tomás Luís de Victoria (1548-1611), sólo escribió profundas piezas religiosas, eludiendo la vulgaridad de la música profana y la liviandad de las mixturas.
Entre los compositores de ensaladas, todos ellos hispanos, destaca Mateo Flecha “el Viejo” (1481-1553?) como principal representante del género y posible inventor (mérito éste que acaso corresponda a Francisco de Peñalosa o a Garcimuñós). Se sabe que elaboró once piezas, de las cuales se conservan diez, aunque completas sólo seis: El jubilate, El fuego, La bomba, La guerra, La justa y La negrina. Y en gran medida gracias a su sobrino Mateo Flecha “el Joven” (1530-1604), asimismo compositor de ensaladas y gran madrigalista, que se encargó de recopilar ocho de ellas y de publicarlas en Praga en 1581, en un libro titulado Las ensaladas de Flecha. Otras piezas del viejo Flecha y de otros autores de ensaladas se han conservado en cancioneros (C. de Palacio, C. de Medinaceli) y en la biblioteca de Catalunya.
Las ensaladas se cantaban en Navidad y otros momentos de celebración religiosa, para diversión de los cortesanos, que habrían de disfrutar enormemente de la alternancia de ritmos, pasando de lo dramático a lo cómico y de lo pícaro a lo épico; y por supuesto con su representación escénica, si es que se representaban. Como género musical navideño, el de la ensalada viene a ser el más complejo jamás concebido. Además, las ensaladas solían contener una carga alegórica y un sentido irónico, pretendiéndose erradicar las malas costumbres ridiculizándolas. Considerando este aspecto, transcendían el simple entretenimiento con su mensaje crítico.
Nuevas mixturas musicales
Tras una larga historia musical, que los estudiosos han dividido en períodos, una evolución de estilos, con mayor o menor grado de pureza, y combinaciones más o menos atrevidas, asistimos en nuestro tiempo a un variopinto panorama, a un inabarcable mundo de sonoridades procedentes de múltiples culturas y áreas del planeta, casi nunca en estado puro, sino fusionadas. El fenómeno de asimilación de lo ajeno integrándolo en lo propio se hace más palpable en la música popular de finales del s. XX, si bien en la culta ya conocemos, a otro nivel, las mezclas de las ensaladas musicales del s. XVI, un fenómeno extraño en el devenir de los siglos, por limitaciones de orden estético, social, político o comunicativo.
En nuestro tiempo, recordemos cómo la célebre cantata profana Carmina Burana,de Carl Orff(1895-1982), presenta como antaño textos en diferentes idiomas (latín y alemán, con algunas palabras en francés antiguo), poemas medievales hallados en un monasterio benedictino, el Benedikbeuern de la ciudad bávara de Beuern (Bura en latín), que se apartan de lo espiritual y se regodean abiertamente en los placeres de la vida; a nadie se le escapa que lo divino es inseparable de lo humano. Se advierte cierto paralelismo entre los cánticos (carmina) de Bura (burana como gentilicio) y las combinaciones musicales de las ensaladas.
La música popular permite más libertades y aprovecha las actuales facilidades de conocimiento, las posibilidades de aprender de otros, ni mejores ni peores, sino distintos, dada por los avances tecnológicos que ponen al alcance de casi cualquiera lo distante. La radio, la TV, la música en conserva, los libros y, especialmente, la gran red cibernética, difunden lo existente y conectan diversas concepciones musicales. Un indio puede conocer la música argelina y la música sueca; un rumano la senegalesa y la china; un neocelandés la brasileña y la rusa. En fin, lo impensable no hace mucho, ahora es normal y a nadie sorprende. Los músicos asimilan del exterior lo que les conviene, y al final resulta la ensalada a la que hemos hecho referencia, no la concebida por lo renacentistas pero sí algo conceptualmente parecido. Hoy en día los sonidos se combinan de modo impensable no hace tanto, y los ritmos, y las lenguas... El purismo se ve como algo trasnochado y decadente.
¿Y qué decir del término “fusión”, tan socorrido? ¿No es algo químico y artificioso? ¿No es preferible la palabra ensalada, más nuestra, genuina, natural y fresca? Bromas a parte, admitamos la dificultad de aderezar la música, pues la simple combinación de ingredientes no basta para alcanzar el resultado apetecido; será la adecuada mezcla, con el aliño conveniente, la que logrará el gusto deseado. El “son”–elemento de partida de ritmos caribeños briosos, como el “mambo”y otros conocidos con el nombre genérico de “salsa”– parece una acertada conjunción de elementos ibéricos, europeos, africanos e indígenas, un ejemplo de buen aderezo. De la “samba” podríamos decir otro tanto. Y sobre todo del “jazz”, tan múltiple, tan rico en contenidos, tan vivo en su evolución continua, sin perder la esencia pese a estilos, modas o conveniencias mercantiles.
La variedad nos enriquece, siendo dificultoso armonizar las diferencias. Un poco de esto, otro de aquello y de lo de más allá... y el resultado insufrible, tolerable o sublime. Por mucho que creamos que la música es un campo abierto a todo, que la belleza sonora se manifiesta de múltiples formas y que la capacidad de escucha es ilimitada, hemos de admitir que muchas combinaciones sonoras están muy alejadas del concepto de arte musical.

