Ópera en Valencia

Y fueron felices… casi todos

(Por Fernando Morales)

Esponsales en el monasterio
Palau de les Arts Reina Sofia. Valencia, 8 de febrero de 2008. Esponsales en el monasterio, ópera lírico-cómica en cuatro actos. Música: Serguéi Prokófiev. Libreto: S. Prokófiev, M. Mendelson. Estreno: San Petersburgo, Teatro Marinski, 3 de noviembre de 1946. Don Jerónimo: Viacheslav Voynarovski. Don Fernando: Ales Jenis. Luisa: Liubov Petrova. La Dueña: Alexandra Durseneva. Don Antonio: Vsevolod Grivnov. Clara: Katherine Rohrer. Mendoza: Vladimir Matorin. Don Carlos: Ventseslav Anastasov. Padre Agustino: Valeri Ivanov. Padre Elustafio y Primera Máscara: Viktor Sawaley. Padre Cartujo y Segunda Máscara: Pavel Baranski. Padre Benedictino y Tercera Máscara: Iliá Bannik. Primer Novicio: Pedro Castro. Segundo Novicio: Javier Tortosa. Laurita: Rocío Martínez. López: Antonio Lozano. Pablo: Ignacio Giner. Pedro: José Javier Viudes. Miguel: David Asín. Golfillo: Raúl Simón. Producción del Glyndebourne Festival Opera. Director Musical: Dmitri Jurowski. Director de escena: Daniel Slater. Escenografía y vestuario: Robert Innes Hopkins. Iluminación: Rick Fischer. Coreografía: Kate Flatt. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del coro: Francisco Perales.

El Palau de les Arts la ha traducido como Esponsales en el monasterio, bien hecho está. El caso es que fuimos muchos los que tuvimos que andar a nuestras enciclopedias de música a buscar referencias de la obra, de la que no teníamos ninguna noticia, y allí la encontramos nominada como Matrimonio en el convento o como Bodas en el convento, coetánea de Semion Kotko y de Guerra y Paz, compartiendo periodo creativo con la Quinta o con Alexander Nevski o Iván el Terrible.

Después de lo visto y escuchado en el Palau, nunca más podremos olvidar esta ópera cómica de Serguéi Prokófiev. Basada en la obra The Duenna del inglés Richard Sheridan, la misma de la que se sirvió Robert Gerhard para su única ópera, se trata de un fresco en el que el ingenio, el humor, la ironía, la mordacidad y las dobles lecturas se plasman con suma maestría. Es música colorista, chispeante, vibrante incluso, que combina el inconfundible lenguaje del ya maduro compositor con el propio de las comedias de enredos de finales del XVIII.

En definitiva no es más que eso, una comedia de equívocos, amable y risueña, ambientada en Sevilla, de la que la única crítica visible es la relativa a los monjes que se sirven de su sacerdocio espiritual para poder entregarse sin freno a toda suerte de placeres carnales. De entre el numeroso cortejo de personajes destaca la pareja Don Jerónimo-Mendoza, el primero un noble empobrecido que quiere casar a su hija con el segundo, un vendedor de pescado enriquecido. Prokófiev les concede una irresistible chispa bufa en sus intervenciones, convirtiéndolos de esta manera en perfectos aliados de toda una trama que tiene en la Dueña otro de sus puntales cómicos. El cuarteto de jóvenes amantes es, por otra parte, mucho más anodino en todos los sentidos.

Y fueron felices… casi todos

Daniel Slater se ayudó de pocos elementos escénicos, pero todos ellos efectivos y útiles. Un escenario inclinado abría la escena que se soportaba sobre unas columnatas diseñadas a modo de lonja de pescado bajo cuyas arcadas entraban las diferentes placas móviles que permitían transformar la lonja del Guadalquivir en la casa de don Jerónimo o el convento donde se casan las tres parejas.

También hubo espacio para los gags, como el de la alegoría del sueño de don Jerónimo en el que se imagina a su hija consumando el matrimonio con un pescado en una cama de la que surge una hornada de pescaditos o el del subterráneo en el que los monjes de divertían con mujeres vestidas de blanco.

La dirección musical correspondió a Dmitri Jurowski, hijo de Mijail y hermano de Vladimir, y que mostró una notable capacidad para unir el mensaje cómico con el lenguaje personal del compositor. Contuvo a la orquesta en algunos momentos en que pudo ser más ácido, pero por lo general mantuvo la tensión narrativa en un alto nivel, alcanzando el más elevado punto en el majestuoso cuarteto que cierra el Cuadro V. Un buen concertador y un interesante narrador, una batuta a tener en cuenta.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana no deja de sorprender. Cada intervención parece que mejoran sus prestaciones. Lo que la pasada temporada eran firmes perspectivas este año son felices realidades y, una vez superado el provincianismo al que abocaban los políticos locales cuando hablaban de una orquesta de valencianos, se puede asegurar que pocos teatros de ópera en el mundo pueden presumir de tener una orquesta del nivel de la que tiene el Palau de les Arts de Valencia.

Equilibrada en todas sus secciones, raro es el momento en que suena falta de empaste o insegura. Las cuerdas son brillantes y cálidas, la familia de las maderas y metales rinde a la perfección y la sección de percusión, la que más importante y complicado trabajo tuvo, mostró una solvencia fuera de toda duda. Ya se anunciaba en las sesiones del Don Carlo vistas en diciembre, donde la orquesta fue lo más destacado de la producción. Cuando se aúna aptitud y actitud los resultados solo han de ser positivos, máxime cuando el que trabaja la orquesta es una personalidad con la experiencia y capacidad de Lorin Maazel.

Hasta aquí lo más sobresaliente de la producción, lo que no deja de ser bastante cuando se habla de un género tan amplio y complejo como el de la ópera. El Cor de la Generalitat Valenciana estuvo dignísimo, como es habitual en la formación que prepara Paco Perales, como también la pareja bufa mencionada, interpretada por el tenor Viacheslav Voinarovski como Don Jerónimo y el bajo Vladimir Matorin como Mendoza. El primero venció una cierta limitación vocal con una convincente interpretación, en especial en la escena del Cuadro VI en la que prepara la celebración del banquete nupcial en su casa y firma los consentimientos, mientras que el segundo mostró una cavernosa voz ayudada por una importante capacidad cómica, como mostró en un hilarante Cuadro IV.

Sin duda alguna la mejor voz estaba en Luisa, la hija de Don Jerónimo, y le correspondía a Liubov Petrova, soprano que además cantará Orlando en estas próximas fechas junto a Bejun Mehta. No tan convincente fueron las otras dos voces femeninas de la velada, la mezzo Katherine Rohrer, una modesta Clara de Almansa, o la contralto Alexandra Dursheneva que tendía a engolar mucho la voz y que no convenció tanto como su compañero Vladimir Matorin como Mendoza. Correctos el resto de personajes, el Don Carlos de Ventseslav Anastasov, así como los frailes y las máscaras y las contribuciones locales en personajes comprimarios.

Escribir a Fernando Morales