OpusMusica niños

El pequeño Toribio y su tambor

(Por Hertha Gallego de Torres)

Irene y Pablo en casa, Irene y Pablo en la ciudad, Irene y Pablo en el mar, Irene y Pablo en la granja, Mª Jesús del Olmo, José Manuel Mañanas, Carlos Reviejo, ilustraciones: Margarita Menéndez, Ediciones S.M. 2006, ISBN: 84-675-0837-X
Irene y Pablo

En corto espacio de tiempo me han llegado a las manos (y a los oídos, y a los ojos) dos proyectos llenos de encanto para nuestros niños, diferentes entre sí, pero unidos por la misma voluntad de convocar, a través de las sensaciones, del movimiento, de la música, de la plástica y de la palabra, la poderosa imaginación de los que ahora están en “la edad de oro” como llamaba  a la infancia José Martí en su famoso periódico dirigido a ella. 

Empecemos por una deliciosa colección de cuatro libros con su correspondiente CD cada uno. Irene y Pablo son dos hermanitos cuyos padres son intérpretes –el padre, pianista; la madre, chelista-  a los que les suceden esas cosas tan normales que ocurren a todos los niños: Cuando están “en la ciudad” van en autobús, oyen a los músicos en el parque, juegan en los columpios…”En casa” les despierta el sonido del reloj de cuco y el canario, que ha volado, mientras la cafetera hace ruidos extraños, “en el mar” oyen el ir y venir de las olas y van a la lonja a ver a las vendedoras de pescado y “en la granja” se divierten con todos los animales de los abuelos.

Aparentemente muy simple, la obra se sostiene sobre unas eficaces ilustraciones de Margarita Menéndez, a la que ya conocemos de anteriores trabajos, algunos tan divertidos y recomendables como “Los buenos modales” (con textos de Ana Serna Vara) en Susaeta.  Menéndez hace un tipo de dibujo tan personal que siempre se puede reconocer como suyo y, entre sus características, destaca un gran sentido del humor, perceptible incluso por los más pequeños de la casa. Los libros se sostienen perfectamente solos, pero la idea es acompañarlos del soporte del CD, en el que unas sencillas melodías han sido grabadas a veces para estimular y otras para calmar a las criaturas. Algunas de entre éstas son verdaderamente muy bonitas: “El blues del autobús” de “Irene y Pablo en la ciudad” es pegadiza y refrescante, la típica canción que un niño oye dos veces y no para de cantar.  Otras veces  nos parecen cursis, como pasa en alguna nana, pero quizá sea porque inconscientemente uno la compara con la fuerza de lo verdaderamente popular. En conjunto, es una obra que tiene mucho éxito entre los pequeños a partir de tres años en adelante. Yo la incluiría en esa estupenda selección que hizo Pep Molist en Anaya y que denominó “Los libros tranquilos”, esas obras de la literatura infantil que nos ayudan a todos, niños, padres, abuelos, profesores, a sentirnos muchísimo mejor.

He tenido la fortuna de ver a Silvina Mairet en su trabajo musical con alumnos de diferentes edades y es una experiencia que recomiendo, porque a su conocimiento profundo de la pedagogía, aúna una gran creatividad artística. Mairet cree que resulta altamente motivador tomar el sonido –cualquier tipo de sonido-  como materia prima principal para producir música, dar a estos jóvenes músicos en potencia la posibilidad de recrear parte del mundo sonoro que los rodea;  partir de la reflexión que la música contemporánea nos aporta (Varèse, Britten, Messiaen, Stravinsky, Shostakovich, y desde ellos en adelante) y que nos da elementos para reflexionar.

Personalidad inquieta e imparable, ahora Mairet se ha asociado con Corina Bilotta, también formada como ella en el Conservatorio Nacional de Música “Carlos López Bouchardo” de Buenos Aires, y con una amplia trayectoria en Educación Musical y ambas han creado un curioso y mágico espectáculo “Por la piel de un tambor”, que intitulan “Una travesía musical para dos voces y otros instrumentos”. Ya lo han realizado en varios colegios, aunque la idea es hacerlo en las Bibliotecas Públicas de Madrid  y en Escuelas infantiles municipales dependientes de la Comunidad.

Toribio, un niño al que la música entusiasma y conmueve, desea tocar el tambor de su padre. Pero ¿creéis que éste le deja? No, el niño es aún pequeño para tocar un instrumento tan delicado. El pobre Toribio intenta ser paciente, se lo pide al pescador, a la luna, a los peces, ¡a todos los habitantes del mar! No lo consigue, y, así, un día, no puede más y, tal aprendiz de brujo, en ausencia de su padre, empieza a tocar con todas sus fuerzas. Lógicamente, la piel se rompe. Intentando repararlo, tendrá que atravesar un camino lleno de obstáculos, pero la música le ayudará. Finalmente lo consigue. Al final, el padre le regala el tambor.

Sobre este armazón sencillo y mítico a la vez, se hilvanan un haz de canciones acompañadas de una variedad de instrumentos musicales ejecutados en vivo: guitarra, charango, quena, flauta travesera, teclado, kalimba, kazú, maraca, tambores, hasta objetos sonoros construidos con material reciclable (yo he sido testigo de la asombrosa variedad de estos objetos, verdadera “ecología” sonora…)

Los niños se ríen, disfrutan, callan a veces misteriosamente, participan. De eso se trata. Un criterio musical sensible y certero, algo bien elegido por su valor musical y literario, modos de acción alternativos. El despertar de la sensibilidad  puede ser una simple semilla echada al azar.

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