Ópera en Madrid
Tristan und Isolde
(Por José F. Salazar)
Tristan und Isolde, de Richard Wagner. Jon Frederic West (Tristán), René Pape (El rey Marke), Jeanne-Michèle Charbonnet (Isolde), Alejandro Marco-Buhrmester (Kurwenal), Elena Zhidkova (Brangäne), Ángel Rodríguez (Un pastor / Voz de un joven marinero), David Rubiera (Un timonel). Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena: Lluís Pasqual. Escenógrafo: Ezio Frigerio. Figurinista: Franca Squarciapino. Iluminador: Wolgang von Zoubek. Producción del Teatro San Carlo de Nápoles. Teatro Real de Madrid, 21 de enero de 2008.
La ópera romántica por excelencia, 'Tristan und Isolde' de Wagner, presenta una dificultad musical que es de sobra conocida y la convierte aún hoy en día, más de ciento cuarenta años después de su estreno, en un auténtico reto interpretativo. Resulta por tanto muy positivo el hecho de poder presenciar una función como la ofrecida el pasado mes de enero en el Teatro Real de Madrid, pues incluso tratándose del llamado segundo reparto alcanzó un nivel bastante notable.
El trabajo escénico de Lluís Pasqual y su equipo rompe la unidad temporal del drama wagneriano presentando cada acto en una época diferente, pero compensa dicha ruptura con la presencia unificadora del mar a lo largo de la acción. La perspectiva del espectador como parte de la nave en el primer acto —incluso la voz del joven marinero viene de la zona trasera del patio de butacas— contribuye a involucrar al público en la acción, le convierte en parte de ella y le acerca el drama al máximo. A veces hasta demasiado, pues en esta función se pudo escuchar con demasiada cercanía la ruidosa maquinaria que creaba la impresión de la nave elevándose y descendiendo sobre el oleaje. Sin duda es el primer acto el que mejor funciona escénicamente en esta producción, contando además con un gran acierto: el momento inmediatamente después de que Tristan e Isolde beben el filtro de amor se hace la oscuridad y el barco se divide en dos dejando a los amantes separados e incomunicados. No podía existir mejor metáfora de la inmensa soledad que se halla en el fondo del amor romántico que Wagner lleva a su máxima expresión musical en esta ópera. El amor romántico como súmmum de la individualidad, de la subjetividad, de la comunicación irrealizable y fallida, como súmmum —en definitiva— de la soledad y la incomunicación, queda visualmente expresado con una enorme belleza plástica por medio de esa ruptura en dos pedazos del barco en el que viajan Tristan e Isolde, viaje en el que les acompaña el espectador.
El segundo acto se traslada a la época romántica, con una escenografía que entremezcla la noche, el mar y el bosque. El momento del descubrimiento de la traición por el Rey Marke está resuelto de forma torpe y confusa. Las cosas empeoran considerablemente en el tercer acto cuya inconsistente escenografía presenta una especie de cama de hospital; hay además médicos en bata e incluso se pretende que sea creíble la muerte por amor de una Isolde vestida con la parte superior de un chándal con capucha. A veces se exige demasiado del espectador que paga religiosamente las entradas de las funciones operísticas.
Por fortuna la música de Wagner está hecha a prueba de ocurrencias escénicas y en este apartado las cosas funcionaron con sobrada solvencia e incluso con algún momento de brillantez. Mucho se ha escrito sobre la idoneidad de la Orquesta Sinfónica de Madrid para ocupar el foso del Teatro Real en empresas de esta envergadura. La prestación de la orquesta titular del Teatro Real en la función que aquí se comenta fue más que notable, con algún momento magnífico junto a esporádicos pasajes no demasiado bien definidos. La dirección de Jesús López Cobos tiende hacia una interpretación analítica y cerebral más que a una interpretación arrebatada; sabe construir y graduar sabiamente esta música, manteniendo el control en todo momento, lo que no es poco. El gran dúo de amor del segundo acto estuvo excelentemente estructurado pese a que habrá seguramente quien eche en falta algo más de apasionamiento.
También los cantantes tuvieron en general encomiables actuaciones. Alcanzó la excelencia el Rey Marke de René Pape —sencillamente insuperable: autoridad, dominio y presencia, homogeneidad de timbre en toda la tesitura, articulación clarísima del texto—, quien se llevó con toda justicia las mayores ovaciones en la tanda de aplausos junto al Tristan de Jon Frederic West, que sin poseer una voz especialmente bella (a veces en exceso metálica), resulta apta para el carácter heroico gracias a su emisión franca y directa; realizó una magnífico y entregado tercer acto, de gran brillantez en lo vocal, siempre mejor en la zona aguda que en la central-grave, ésta algo tremolante y de afinación inestable. Junto a él, la Isolde de Jeanne-Michèle Charbonnet, algo justa de proyección vocal, muestra una voz algo mate, pero lució interesantes matices aterciopelados y momentos de evidente calidad musical; su voz menos brillante que la de Tristan creó alguna descompensación de balance entre ambas voces en el extenso dúo del segundo acto. La anunciada afección vocal de Alejandro Marco-Buhrmester casi pasó desapercibida en su brillante encarnación de Kurwenal, y Elena Zhidkova como Brangäne tuvo en líneas generales una buena actuación; inexplicablemente se la sitúa fuera de escena durante el dúo de Tristan e Isolde del segundo acto y sus intervenciones han de ser escuchadas a través de recursos artificiales. El joven solista de corno inglés Álvaro Vega fue merecidamente sacado a saludar a escena por López Cobos, director musical de esta función que, pese a no alcanzar la plena excelencia sí alcanzó en líneas generales un buen nivel interpretativo.

