Crítica de discos

Integral de las Sinfonías para órgano de Vierne

(por Joaquim Zueras Navarro)

Organ Symphonies, complete. Louis Vierne. Jeremy Filsell, Cavaillé-Coll Organ St Ouen de Rouen. Brilliant. 8645
Integral de las Sinfonías para órgano de Vierne

Luis Vierne (1870-1937) fue alumno de César Franck y de Charles Marie Widor. En 1900 fue nombrado organista de Notre-Dame de París. La existencia le sometió a duras pruebas: invidente desde la infancia, una vida matrimonial desafortunada, la muerte de dos hijos y de un hermano... buscó en la música el refugio y consolación a sus desgracias. En 1921, Madelein Richepin animó y ayudó a Vierne a emprender una gira que acabaría en Estados Unidos, donde obtuvo grandes éxitos, con un público sorprendido por ese lenguaje tan laico y personal, reflejado  sobre todo en sus Piezas de Fantasía, un muestrario muy contrastado que hoy forma parte del repertorio de muchos organistas. Mientras interpretaba un recital en Notre Dame, sufrió un ataque de apoplejía al acabar de tocar “Stèle pour un enfant défunt”; falleció en presencia de su discípulo Maurice Duruflé.

En toda la obra de Vierne se entrelazan con singularidad un romanticismo denso y complejo y claros elementos impresionistas. Sus seis Sinfonías para órgano son grandes frescos sonoros de arquitectura sólida y aguda inventiva, destinados a mostrar las múltiples posibilidades del llamado “órgano sinfónico”. Compuso su Primera Sinfonía op.14 en 1898, un año antes de su Misa Solemne para coro y dos órganos op.16. En su puesto de asistente de Widor en Saint-Sulpice, quedó admirado  por el órgano construido por Cavaillé-Coll en 1862:  cien registros repartidos entre cinco teclados y pedales. Está dedicada a Alexandre Guilmant, quien la incluyó de inmediato en sus programas de conciertos. En ella hay cierta influencia de las sinfonías de Widor, aunque tanto los cromatismos como la estructura armónica son característicos de Vierne. El Preludio, formado por cuatro motivos in crescendo, es un pórtico majestuoso que crea una atmósfera de expectante solemnidad, lo cual queda subrayado por la aplomada Fuga siguiente. Una hermosa Pastoral, con el registro de oboe en recitativo acompañado por las ingeniosas filigranas de la mano izquierda, nos muestra a un Vierne más lírico, en un clima de placidez que se ve interrumpido con un Scherzo en allegro vivace, un impromtu en stacatto con un canon en su parte central. El Andante nos traslada de nuevo a la quietud a través de una melodía muy expresiva, utilizando el registro de gamba, con un acompañamiento inquietante. Una de las composiciones más aclamadas de Vierne, de maestría indiscuible,  siempre ha sido el Final; el oyente no podrá dejar de preguntarse si esta radiante pieza no está inspirada en la Toccata de la Quinta Sinfonía que Widor compusiera en 1879. Si la Primera Sinfonía es como una suite de movimientos independientes, en la Segunda Sinfonía op.20 hay temas que se repiten de forma cíclica. Compuesta en 1902, cuando Vierne llevaba dos años como organista de Notre-Dame, utilizó bastante tiempo en escribirla. Está dedicada a Charles Mutin, sucesor del organero Cavaillé-Coll. El Allegro risoluto con el que se abre la Sinfonía, en forma de sonata, envuelve al oyente por su carácter épico y decidido.  El Coral es un diálogo entre un pedal insistente y las suaves respuestas del teclado, que finaliza de modo grandilocuente. El Scherzo, como el de la Primera Sinfonía, tiene un aire de ligereza etérea desenfadada muy cautivadora; para algunos es la pieza más destacada de la serie. El Cantabile, con el registro de cromorno, resulta ciertamente  misterioso, a causa del contraste entre una melodía diatónica sostenida por el cromatismo del acompañamiento. La Sinfonía concluye con un Final  rotundo, de una rítmica intensiva y obstinada, con acentuadas disonancias. Sobre esta obra, Claude Debussy escribirá: “la musicalité la plus généreuse s´unit à d´ingénieuses trouvailles dans la sonorité spéciale de l´orgue”.

Podríamos decir que en la Primera y Segunda sinfonías, el autor rinde homenaje a sus maestros, sin desistir en la génesis de un lenguaje cada vez más peculiar e irrenunciable. En su diario, calíficó el año 1906 como “le debut des catastrophes”. Este segundo periodo de  la vida del compositor se extenderá hasta el final de la Primera Guerra Mundial, en 1918. En 1909 se divorcia de Arlette Taskin, hija de un barítono de la Ópera Cómica. La   Tercera Sinfonía op. 28 fue compuesta en 1911, cuando Vierne veraneaba en casa de la familia Dupré en Normandía y está dedicada a su alumno, el organista y compositor Marcel Dupré. Tras la obertura, un Allegro Maestoso imponente en su magnificencia, con un inicio a la manera de una llamada de alerta, sigue una serena y algo distante Cantinela, opuesta al desespero del movimiento anterior. Dos motivos conforman el extraño Intermezzo, uno oscuro y rítmico, el otro más concesivo. El Adagio es una amplia  e intimista melodía, en la que no pocos han creído hallar la impronta de Wagner. El Final, bajo la forma de carillón-tocata, se nos ofrece como impresionante conclusión de la obra. En 1913 muere su primer hijo, y su segundo, al igual que su hermano René, durante la guerra. La Cuarta Sinfonía op. 32 es de 1914, de concepción cíclica -recurso que empleará en las siguientes-, está dedicada al organista americano William C. Carl. Las cuatro notas iguales, como campanadas, al principio del Preludio, son un anuncio del ambiente grave y severo en el que nos sumerge la pieza. El Allegro es turbulento, aunque se resuelve en un paroxístico final, afirmado con enfatismo por el acorde de sol mayor. El Minueto es de un delicado encanto, cuya sencillez se desmarca de los movimientos anteriores, así como la apacible Romanza,  con una melancólica melodía que deambula a través de una ambientación algo desolada. El Final, planteado como un intenso moto perpetuo, cierra la obra con desgarradora vehemencia.

En 1921 y 1922 realiza numerosos conciertos, primero en Alemania, después en Holanda y  España, y en 1924 en Inglaterra. Parece que fue allí donde conoció los órganos de tracción eléctrica, con combinaciones preparadas a criterio del intérprete  para poder ser utilizadas en cualquier momento durante la ejecución de una obra. Este último periodo viene marcado por un aumento en el uso de las disonancias, incluso de la atonalidad en algunos pasajes. La Quinta Sinfonía  op.47, de 1924, comienza con un meditativo y angustiado Grave, con ecos de Tristan. El Allegro, muy marcado, es de una sonoridad impactante. En el curioso Scherzo Vierne adopta un tono macabro y espectral, próximo al de Paul Dukas en el Aprendiz de brujo, mientras que el Larghetto es poético y levemente sombrío e interrogativo en su segundo tema. El Final  en forma de un sugestivo y triunfante carillón, está muy elaborado en su desarrollo, de intensidad creciente y una resuelta conclusión. En 1927 Vierne embarca hacia Estados Unidos, en donde da más de cincuenta recitales. Escribió La Sexta  Sinfonía op.59 en 1930, durante una agradable estancia veraniega en Menton. Estrenada por Maurice Duruflé en 1934 en Notre-Dame de París, está dedicada al virtuoso organista canadiense Lynwood Farnham, afincado en New York y que había fallecido recientemente. La Introducción y el Allegro se aventuran en los límites de la tonalidad, con un cromatismo amplio, como también su dramática línea melódica. El Aria es vaga, distante y enigmática. El espectacular Scherzo contiene trazos  oníricos casi grotescos, al describir las gárgolas de Notre-Dame cobrando vida y volando amenazantes alrededor de la catedral. El Adagio reúne las mismas caracteristicas que el Aria con una exposición más laberíntica. Por el contrario el Final, un auténtico reto que no disipa del todo las brumas de los movimientos anteriores, se exhibe en todo su esplendor como un pomposo epílogo.

Todo un mundo de extrañas sensaciones y sentimientos encontrados, que traduce con notable claridad y expresividad Jeremy Filsell, intérprete dotado de una gran técnica y elevado sentido artístico. Y como paleta de colores, se ha elegido con gran acierto  el órgano de la abadía de Saint-Ouen de Rouen, la última obra de Cavaillé-Coll. De cuatro teclados y pedalier, este instrumento está declarado monumento histórico.

Escribir a Joaquim Zueras Navarro