Ballet en Madrid

Maurice Béjart: el eterno retorno del maestro

(Por Alicia Perris)

“No podría creer sino en un Dios que supiera danzar”
(Maurice Béjart)

Béjart Ballet Lausanne
“Zaratustra, el canto de la danza”. Béjart Ballet Lausanne. Coreografía: Maurice Béjart. Principales bailarines: Octavio de la Roza, Óscar Chacón, Katia Shalkina, Gil Román, Alessandro Schiatarella, entre otros, con la participación de los alumnos de l´École Atelier Rudra Béjart Lausanne. Febrero 2008, Teatro Real de Madrid.

Como si no se hubiese ido para siempre- eso es al menos lo que cuentan las crónicas- Maurice Béjart recrea desde otra dimensión la que es su última producción, una propuesta donde se reencuentra con la personalidad portentosa de su padre, un filósofo preocupado por las ideas y las cosas. De hecho, se trata de un ballet donde el texto, la literatura proteica de Friedrich Nietzsche ocupan un lugar preponderante.

La velada, dividida en dos partes, se enriquece con la música de Richard Wagner sobre todo, aligerada aquí y allá por sonidos iraníes, percusión, sones aborígenes, Ludwig van Beethoven, Antonio Vivaldi y Manos Hadjidakis. Gil Román es en la actualidad el Director Artístico del Ballet Béjart Lausanne, del que ya fue Director Adjunto entre 1993 y 2007 y le cabe el honor y el enorme desafío de suceder al maestro con una intención artística de futuro.

En la última baza de Béjart, la nostalgia de los paraísos perdidos (la propia vida del coreógrafo francés), se enreda con la pujanza de la energía que brota, sin cansarse, en el paso menudo, elocuente, en el gesto amplio, desgajado de una coreografía ancestral, sorprendente, que desconcierta a buena parte del público que asiste al Teatro Real.

Porque Béjart en tiempos transitó otros escenarios en España, como el Palacio de Deportes de Madrid, donde todavía se pudo disfrutar de un Jorge Donn en estado de gracia bailando “su” Bolero de Ravel y una exhibición de danzas griegas marineras inundadas hasta el apasionamiento por la música racial de Mikis Theodorakis, ese canto universal que parece arrancar del fondo de los tiempos. Una experiencia fundacional e inolvidable.

Los asistentes a la función se miran, contemplan, se estiran en las butacas, enarbolan un signo de interrogación que se anuda como un aliento inacabable al Preludio, a Venecia, a Los 4 elementos, El canto de la Noche, Violencia, Risas, Pasión, Dionisos, Ariana, El eterno retorno, El viajero, Todos los hombres son hermanos. El febrero invernal de Madrid se caldea con las danzas corales, los pas de deux, los tríos. Los cuerpos se desperezan, se entrelazan, hay evocaciones, fantasmagorías, espectros. Se dibujan en el escenario un abanico, un parasol, globos. Es una especie de “déjà vu” coreográfico que parece que hemos visto antes los sempiternos seguidores del maestro de Lausanne, pero que vuelve distinto, renovado y sin embargo imperecedero.

Uno de los hallazgos de la función, sin embargo, es el programa de mano, actualizado con una hoja con la participación de los bailarines en cada función y que enhebra un texto de Béjart, donde rastrea su parentesco profesional y creativo con Nietszche: “Hagamos un recorrido por los capítulos de ese poema que es “Así hablaba Zaratustra”. En él la danza vuelve a mostrarse constantemente, como una obsesión espiritual y física, a la vez que nos obliga a pensar. Pero cómo pensar sin danzar…”.

Zaratustra, el canto de la danza

Béjart reivindica desde una postura ecléctica, que va mucho más lejos que la del coreógrafo que se apoya en un texto- pretexto, enajenado y empleado como excusa, como coartada. Bucea y se pregunta por las ideologías que han utilizado y manipulado al filósofo alemán, desvirtuándolo. Y señala el coreógrafo que se ha desdeñado la importancia que la música y la danza tuvieron para Nietzsche, que fue su inspiración desde hace muchos años atrás, cuando concibió los ballets Orfeo (1958), la Novena Sinfonía de Beethoven (1965), la Misa para el tiempo presente (1967), Lo que me dice el amor (1974), con música de Mahler, y Dionysos (1984). En cambio, el deseo del artista es que “este ballet sea, a través de este genio, un himno al cuerpo humano danzando más allá de los siglos, de las razas y de las civilizaciones”.

Parafrasenado a Bogart y a Bacall, podríamos hoy decir, con cierta tristeza por la pérdida física del coreógrafo, pero reconfortados por su legado y su mensaje, siempre presentes, que “siempre nos quedará Béjart”. En algún rincón de las entrañas, allí donde alienta la música o la fascinación irredenta por un cuerpo que trasciende la belleza para volverse pasión y sangre, comunicación, encontraremos al maestro, a sus bailarines, a su danza, a Donn, el alma gemela perdida y recuperada ahora para siempre en algún punto cardinal del universo. Podemos rescatar de Béjart la sonrisa comedida con que salía a saludar vestido en negro después de las funciones por todo el mundo, su inagotable creatividad hecha carne y el texto que brota del programa de mano en una noche que huele, para algunos (otros asisten al espectáculo como perdidos, desconcertados)  a comunión definitiva, a ceremonia, a ritual.

No pudo ser más claro el hijo de aquel filósofo que le abrió las puertas del pensamiento y de la vida, cuando expresó: “¡Y que toda jornada en la que no se haya bailado una vez esté perdida para nosotros! ¡Y que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo al menos una alegría! Nuestro amor baila con sonidos sobre arco iris de todos los colores”.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2008 by Javier del Real
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