Ópera en Valencia

Una “Bohème” con oficio

(Por Fernando Morales)

Bohème: acto II
La Bohème: música de G. Puccini sobre libreto de G. Giacosa y L. Illica. Tsvetana Bandalovska (Mimì), Giuseppe Talamo (Rodolfo), Chiara Giudice (Musetta), Javier Galán (Marcello); Stefano di Peppo (Schaunard), Luca Dall’Amico (Colline), Vicenç Esteve Corbacho (Benoît y Alcindoro); Orquestra Filarmónica de Pleven. Dirección musical: Giorgio Notev. Dirección escénica: Luis Miguel Lainz. Escenografía: Alfredo Troisi. Auditori de Torrent, 21 – 2 – 2008.

“La Bohème” siempre será “La Bohème”, tal aforismo escuchado de voz de una buena amiga podría resumir el sentimiento que parecía embargar a todos los que acudimos al coqueto auditorio torrentino a disfrutar de la inmortal partitura pucciniana. Es posible que en Valencia hayamos pasado de no tener nada a tener demasiado, pero es cierto que aún así podemos librarnos de la divina tiranía de las grandes figuras que pasean por el Palau de les Arts desde hace poco más de dos años para acomodarnos y tratar de disfrutar de un espectáculo modesto pero muy digno como el que nos trajo la compañía “Opera 2001” por localidades periféricas de la capital, pero con público y con condiciones suficientes para albergarlas.

La pregunta surge ahora, ¿por qué en Valencia capital no hay alternativas a la “ópera oficial” con este tipo de producciones más asequibles? La respuesta es que no hay espacios privados que lo puedan hacer. Salvando el Teatro Olympia –que por otra parte ya no contrata compañías operísticas desde hace tiempo- los teatros privados han desaparecido por completo. No sólo es que no haya posibilidad de óperas, zarzuelas u operetas sino que ni siquiera un género tan rentable como el musical llega a instalarse, dándose la paradoja de que auténticas caravanas de valencianos peregrinan a los centros de la Gran Vía madrileña a disfrutar de estos espectáculos. Conformémonos pues con tener este privilegio de escenario que es el Palau de les Arts, sin cuya presencia no existiría sino el desierto operístico en el que vivía la ciudad y en el que de vez en cuando surgía como un oasis alguna producción en el veterano Teatro Principal o en el Palau de la Música algún arriesgado y audaz proyecto.

Este que nos traía la mencionada compañía lírica tenía tres bazas fundamentales: la primera la sabia dirección musical del veterano maestro búlgaro Giorgio Notev, que condujo a la modesta Filarmónica de Pleven con oficio, pulso regular y justa elocuencia. Sin entregarse al calor del arrebato que esta música desborda en tantos momentos pero sin caer en la simple machaconería o la insulsez más inexpresiva; la segunda fue la correcta dirección escénica de Luis Miguel Lainz y Alfredo Troisi, escrupulosamente fiel al drama y que condujo la trama con eficacia –a pesar de no poder hacer gran cosa en frescos tan tumultuosos como el del segundo acto por no contar el escenario con espacio suficiente para mover a las masas con un mínimo de fluidez; y la tercera sin duda la mejor aliada para asegurar el éxito a una producción de esta altura, un reparto vocal equilibrado y entusiasta.

Es cierto que ninguno de ellos –todos con edades que no superarían la treintena a excepción del personaje doble de Alcindoro/Benoît- sobresalía especialmente por encima del resto. En este sentido la más agradable sorpresa fue la del joven barítono valenciano Javier Galán que completó un convincente Marcello. Voz noble, amplia, bien trabajada y emitida puede tener grandes cosas que cantar en los próximos años si no se pierde por caminos que no le convienen.

El resto de voces fueron entrando en calor conforme pasaba la noche, ya que el primer acto fue el menos brillante y convincente y donde menores prestaciones alcanzaron todos ellos. Especialmente el Rodolfo de Giuseppe Talamo, que parecía faltarle el aliento en muchos momentos, en especial en el exigente dúo del primer acto donde no dio los agudos finales. Mejoró en los siguientes actos, especialmente en el postrero, lo mismo que sucedió con los comprimarios Colline de Luca Dall’Amico que completó una redonda y deliciosa Vecchia zimarra y Stefano de Peppo como Schaunard, especialmente entregado en la última escena. Por lo demás, las escenas de conjunto con los cuatro amigos en el primer y cuarto actos fueron los momentos más animados y divertidos de la velada, sobre todo el del baile en el último.

La Mimí que en principio iba a encarnar la valenciana María José Martos la tuvo que abordar por indisposición de ésta Tsvetana Bandalovska y nos descubrió otra voz fresca, capaz de alcanzar momentos interesantes, especialmente en el dúo con Marcello del tercer acto y en un precioso Donde lieta uscì desgranado con emotividad y que permitió que la Bandalovska se llevara los más sonoros y merecidos aplausos de la noche. Muy interesante Chiara Giudice en el agradecido papel de Musetta, bien vestida en el segundo acto fue provocativa y picante en la escena del pie. Efectivo el personaje doble de Vicenç Esteve Corbacho, especialmente el Alcindoro, ya que en la aparición de Benoît en el primer acto quedó la sensación de que se podría haber aprovechado mejor las posibilidades cómicas que esta escena ofrece tanto a director escénico como a cantantes y director musical.

La recreación de la fría madrugada parisina del tercer acto fue lograda con una transparencia que daba a la escena un aire nebuloso que resultó a la perfección. Una solución posiblemente poco original, pero simple y práctica. La anécdota de la velada llegó cuando a Javier Galán se le escapó una silla de madera al foso de la orquesta. El espectáculo continuó como si nada, aunque al joven cantante se le viera preocupado por la integridad de aquellos sobre los que cayera el objeto. “No es necesario ir al Palau de les Arts para disfrutar de una ópera” fue la frase con que me despidió mi amiga en la puerta del Auditori de Torrent. Pues menos mal.

Fotografías: Simón Rodríguez
Escribir a Fernando Morales