Ópera en Valencia

Medio Fígaro

(Por Fernando Morales)

Palau de les Arts Reina Sofía. Valencia, 17 de marzo de 2008. Las Bodas de Fígaro, ópera bufa en cuatro actos. Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto: Lorenzo da Ponte. Estreno: Viena, 1 de mayo de 1786. El Conde de Almaviva: Ales Jenis. La Condesa de Almaviva: Virginia Tola. Fígaro: Erwin Schrott. Susanna: Tatiana Lisnic. Cherubino: Rinat Shaham. Marcellina: Eugenia Bethencourt. Bartolo: Riccardo Zanellato. Basilio: Vicenç Esteve. Antonio: Miguel Sola. Barbarina: Rocío Martínez. Don Curzio: Manuel Beltrán Gil. Dos mujeres: Júlia Farrés, Caterina Sobrevela. Producción de la Royal Opera House Covent Garden. Director Musical: Tomás Netopil. Director de escena: David McVicar. Dirección de escena y coreografía de la reposición: Leah Hausman. Escenografía y vestuario: Tanya McCallin. Iluminación: Paule Constable. Iluminación de la reposición: Robert Marsh. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del coro: Francisco Perales.
Palau de les Arts Reina Sofía. Valencia, 17 de marzo de 2008. Las Bodas de Fígaro, ópera bufa en cuatro actos. Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto: Lorenzo da Ponte. Estreno: Viena, 1 de mayo de 1786. El Conde de Almaviva: Ales Jenis. La Condesa de Almaviva: Virginia Tola. Fígaro: Erwin Schrott. Susanna: Tatiana Lisnic. Cherubino: Rinat Shaham. Marcellina: Eugenia Bethencourt. Bartolo: Riccardo Zanellato. Basilio: Vicenç Esteve. Antonio: Miguel Sola. Barbarina: Rocío Martínez. Don Curzio: Manuel Beltrán Gil. Dos mujeres: Júlia Farrés, Caterina Sobrevela. Producción de la Royal Opera House Covent Garden. Director Musical: Tomás Netopil. Director de escena: David McVicar. Dirección de escena y coreografía de la reposición: Leah Hausman. Escenografía y vestuario: Tanya McCallin. Iluminación: Paule Constable. Iluminación de la reposición: Robert Marsh. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del coro: Francisco Perales.

Después de la buena racha que han tenido los asistentes a la ópera en el Palau de les Arts, con las excelentes producciones de Esponsales en el Monasterio y Orlando, han llegado unas Bodas de Fígaro que han bajado el nivel de la excelencia al notable alto. Posiblemente –casi con plena seguridad-, esta apreciación personal tenga que ver con el hecho de haber recibido una de esas localidades “ciegas” que el señor arquitecto valenciano afincado no me acuerdo dónde tuvo a bien proyectar en este modernísimo e imponente edificio.

Con tremendo dolor de espalda, producido al buscar un ángulo por el que conseguir ver medio escenario, pude asistir a un medio entretenido primer y segundo acto, siempre que el espectador sentado en la localidad que quedaba frente a la mía tenía la bondad de bajar el codo que apoyaba contra la barandilla, momento en el que mi visibilidad aumentaba del medio aceptable 50% a un apreciable 60%.

Lástima que para el director de escena, David McVicar, que existan personas que ocupan estas localidades -más abundantes de lo que puedan pensar- en las que no pueden asistir al espectáculo por el que han pagado un dinero considerable -poco para lo que cuestan estas producciones, aunque yo tendría que callar porque me invitaron y encima me quejo-, esta cuestión no sea de su incumbencia, porque la mayor parte de la acción tenía lugar sobre el lado izquierdo del escenario, justo el que me quedaba oculto un 40% más el 10% del señor del codo alzado.

Pero parafraseando a Chico Marx, tras la pausa fui más inteligente que el señor Calatrava –posiblemente sea sólo en eso en lo que le supere-, y me coloqué mientras aplaudía el público al director musical, Tomás Netopil, dos palcos más al centro, en unas localidades que permanecían vacías, y desde donde pude contemplar al 100% el tercer y cuarto acto de esta sensacional obra maestra mozartiana y ¿saben qué?, mi percepción mejoró muchísimo, lo mismo que mi espalda y mi mal humor.

Pero ¿a ustedes qué les importará toda esta historia? Si están leyendo esta reseña –vaya por delante mi más sincero agradecimiento- querrán saber cómo estuvo este Fígaro valenciano y no si en un edificio que ha costado más de cincuenta mil millones de pesetas –la cifra es más escandalosa en la antigua moneda que en euros- existen un buen puñado de asientos “ciegos”.

Figaro

Pues a lo que íbamos. Estuvo medio bien. Más bien que regular y nunca mal, porque eso sí, que el arquitecto tuviera esos deslices no debe empañar la excelente labor que los responsables de este teatro están desempeñando. Medio bien en cuanto a voces, porque de la enorme cantidad de solistas que requiere este título, se puede decir que unos pocos de ellos dejaron un poco de sensación de no haber alcanzado el nivel de calidad de otros que triunfaron con pleno merecimiento.

Sin duda alguna el barítono uruguayo Erwin Schrott es una voz embelesadora. De timbre seductor, penetrante, de musicalidad intachable –magnífico en el dúo Se acaso madama- y una presencia escénica inmejorable –como ya demostró el pasado año con un Don Giovanni memorable-, triunfó en todo lo que participó. Aplausos enardecidos para saludar su Aprite un po’ quegl’occhi.

También de enorme interés la Condesa de la argentina Virginia Tola, de exquisita sensibilidad y doliente amargura, volcada con emocionante maestría en la bellísima aria Dove sono i bei momenti. También se llevó fuertes y merecidos aplausos. Muy interesante el Cherubino de la israelí Rinat Shaham, pleno de sensualidad, como lo fue y mucho la Barbarina de la catalana Rocío Martínez, quien cantó con enorme categoría el aria L’ho perduta. La Marcellina de la canaria Eugenia Bethencourt tuvo en la comicidad su mejor aliado, lo mismo que el afeminado y bien caracterizado Basilio de Vicenç Esteve, y el Bartolo de Riccardo Zanellato, éste último posiblemente el más discreto del trío bufo. Muy interesante el Antonio de Miguel Sola, y correctamente cantados los papeles secundarios de Don Curzio –Miguel Beltrán- y las dos mujeres –Júlia Farrés y Caterina Sobrevela.

No, no me he olvidado del Conde y Susanna. El barítono Ales Jenis dotó de nobleza escénica al aristócrata, pero no acompañó tal nobleza con su canto, un tanto apagado y mate y que no consiguió dotarlo del empaque y redondez que tal personaje requiere. No obstante, resultó interesante su Vedrò mentr’io sospiro, lo mismo que su interpretación en el final del tecer acto, junto a la Condesa. La Susanna de Tatiana Lisnic tuvo momentos importantes, pero tuvo la mala fortuna de ser la pareja de baile de Schrott. Se llevó grandes aplausos en su bellísima aria Deh vieni, non tardar.

La dirección musical de Tomás Netopil resultó interesante pero no chispeante. Desde la misma obertura quedó claro que el camino no iba a ser el de la acción trepidante, al que nos tienen acostumbrados los directores historicistas que a día de hoy dominan este repertorio. Con estos presupuestos, donde Netopil alcanzó mejores momentos fue en los íntimos de cada personaje, resultando perjudicados cuadros de fulgurante electricidad como el del dúo Marcellina-Susanna del primer acto, y los dos finales, especialmente el imponente final del segundo acto. La Orquestra de la Comunitat Valenciana estuvo por ello un punto más discreta que en anteriores actuaciones, lo mismo que el Cor de la Generalitat Valenciana.

La escenografía de Tanya McCallin se sirvió de bloques escénicos móviles para ubicar las escenas. La habitación de Fígaro y Susanna del primer acto o la estancia del Conde en el tercero fueron los cuadros más logrados, así como el cambio de escena mientras Barbarina cantaba el aria al principio del cuarto acto, buscando el alfiler entre los restos de la fiesta de las bodas. Espectacular.

Un llenazo espectacular en la última función, un 17 de marzo, con las fallas invadiendo cada rincón de la ciudad. ¿Alguien dijo que la ópera no tendría éxito en esta ciudad?

Fotografías © 2008 by Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales