Ópera en Madrid
La Gioconda, el perfume de Ponchielli en el Teatro Real
(Por Alicia Perris)
Drama lírico en cuatro actos. Música de Amilcare Ponchielli (1834-1886). Libreto de Arrigo Boito, bajo el seudónimo de Tobia Gorrio, basado en Angélo, tyran de Padoue, de Víctor Hugo. Director musical: Avelino Pidò. Director de escena, escenógrafo y figurinista: Pier Luigi Pizzi. Coreógrafo: Gheorghe Iancu. Bailarines invitados: Ángel Corella y Leticia Giuliani. Escolanía de la Comunidad de Madrid, director Félix Redondo. Director del coro: Peter Burian. Coro y orquesta titular del Teatro Rea. Cantantes principales: La Gioconda: Violeta Urmana; Laura Adorno: Elisabetta Fiorillo; Alvise: Orlín Anastassov; La cieca: Elena Zaremba; Enzo Grimaldo: Fabio Armiliato; Barnaba: Lado Ataneli. Producción del Teatro Real en coproducción con el Gran Teatro del Liceu y el Festival de la Arena de Verona. 26 de febrero de 2008.
Se trata de una ópera estrenada en el Teatro Alla Scala de Milán, el 8 de abril de 1876 y en España en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona el 26 de febrero de 1883. Se repone en Madrid, donde no se veía desde hace casi cuarenta años. El director de escena, Pier Luigi Pizzi, señala que es una ópera “difícil y complicada” y que representa todo un reto para los cantantes. La puesta en escena recrea la amenaza repetida de la muerte y evoca una Venecia lóbrega y amenazante que se dispersa en la niebla y anuncia el cumplimiento argumental de los peores presagios.
El papel de la Gioconda, que borda Violeta Urmana, es realmente sugerente, pero todo un desafío vocal e interpretativo, especialmente en el cuarto acto, igual que el Enzo de Armiliato, que destaca en el tercero y el último, una de las mejores voces en el panorama de la ópera actual para defender ese rol. Fiorillo como sustituta de Luciana d´Intino evoca las soberbias interpretaciones de antaño, sobre todo en los graves. Ataneli por su parte se desempeña muy bien en el ámbito vocal y en general su actuación interpretativa es de calidad. Elena Zaremba está muy bien en el papel de la cieca y los coros tienen un papel a la altura de lo que se espera de ellos.
La dirección musical de Evelino Pidó es sugerente y fue comentada de una forma muy positiva por el público asistente, que desgraciadamente se relaja en intervalos demasiado largos desde una consideración musical, aunque tal vez aptos para el lucimiento de la vida social que se teje alrededor de los asistentes al Teatro Real. Pidó se estrena en La Gioconda, dado que su dedicación habitual se vuelca en el repertorio de Mozart o belcantista.
Una mención especial se debe dedicar al ballet que dibuja una emocionante “Danza de las Horas”,que, aunque frena el desarrollo de la acción, resulta atractivo, con una coreografía sensual y cálida y un vestuario audaz, que fueron muy aplaudidos por un público entregado. Soberbios Ángel Corella y Leticia Giuliani.
Por su parte, el nuevo director del coro, Peter Burian, hasta hace poco responsable del coro de la Ópera Nacional de París, se ha comprometido con el Real para varias temporadas y acaba de hacer su debut con su participación en La Gioconda.
La función cuenta cada noche con momentos de verdadera intensidad, como el aria de Cielo y Mar de Enzo Grimaldo o la pasión que despliega Urmana en el último acto.
El programa de mano es una verdadera joya, con ilustraciones coloristas, buen papel, una ficha artística, el argumento, el libreto en cuidada edición bilingüe y varios artículos de especialistas que realzan la presentación de la ópera.
Arturo Reverter escribe sobre la Quintaesencia del melodrama romántico, Michele Girardi sobre la Scapigliatura: una bohème a la italiana, Arnaud Laster se explaya en De Angelo, tirano de Padua a La Gioconda, Hugo adaptado por Boito. Se incluyen también testimonios, una entrevista con el maestro Pizzi, cronologías, una selección discográfica, un apartado para los más jóvenes preparado por Fernando Palacios e imaginativamente ilustrado al estilo cómic y un espacio dedicado a las biografías de los artistas más representativos de La Gioconda. El programa de mano que se presenta al público del Real es la metáfora de la representación musical en el escenario: un esfuerzo bien recompensado de creatividad y de voluntad explicativa de una ópera tal vez difícil a primera vista para el público, pero que lo cautiva con una partitura ambientada en la Venecia misteriosa que todos llevamos dentro, más íntima que real y un despliegue visual que seduce y enamora.

