Crítica de libros

El discurso de Harnoncourt

(Por José Antonio Carril)

Título: La música como discurso sonoro. Hacia una nueva comprensión de la música. Autor: Nikolaus Harnoncourt. Editorial: Acantilado, Barcelona, 2006. 339 páginas. ISBN: 84-96136-98-1
La música como discurso sonoro

Entre 1.954 y 1.980 escribió Harnoncourt los ensayos cuya recopilación nos brinda la editorial catalana Acantilado en traducción de J.L. Milán y que fue editada en la original lengua alemana por primera vez en 1.984.

Conocer la visión global de la música que encierra el estudio y la práctica de un auténtico “mito viviente” como es el director austriaco nacido en Alemania ha de ser sin duda motivo de júbilo para sus incondicionales (entre los cuales me encuentro) y al menos de interés para quienes no lo son. Nunca hay unanimidad en materias musicales… En cualquier caso, en este recopilatorio se nos van desgranando (de forma muy amena, todo hay que decirlo) una serie de pensamientos acerca de la misión de la música en la sociedad actual, el particular punto de vista del maestro sobre la utilización de los instrumentos de época, muchísimas reflexiones acerca de los criterios interpretativos especialmente de la música barroca así como interesantísimos estudios sobre algunas obras concretas que el autor considera fundamentales, sin obviar curiosas experiencias interpretativas que el mismo Harnoncourt nos aporta acerca de algunos ensayos al frente de su amado Concentus Musicus vienés.

Algunos de los capítulos podemos decir que están dirigidos a cualquier interesado por la música (intérpretes, melómanos, críticos, etc.), otros son más inteligibles por los músicos profesionales (aspectos que conciernen a la interpretación o detalles técnicos propios de las obras que se analizan) e incluso algunos serán mejor digeridos por músicos especializados en la música barroca. En cualquier caso su lectura resulta atractiva en todo momento y puede provocar reacciones encontradas. Habrá así quienes se acerquen al texto con admiración previa, como es el caso de quien esto suscribe y otros (permítaseme referirme a ellos muy cariñosamente como talibanes de la música barroca) encontrarán quizá en el transcurso de la lectura argumentos diletantes y banales e incluso pueden llegar a pensar que todas las reflexiones acerca del “discurso sonoro” no son más que meras justificaciones para la personal forma de abordar la ejecución por parte del autor del texto. Dado que uno se encuentra entre el grupo de admiradores de Harnoncourt y de su carrera artística, me parece una lectura absolutamente recomendable para cualquier intérprete o aficionado, haciendo la salvedad citada de algunos ensayos dirigidos casi específicamente al músico profesional.

El recopilatorio se abre con toda una declaración de intenciones y es la diferente percepción del papel de la música en la sociedad a través de la Historia: sostiene el maestro que antes de la Revolución Francesa la música era un pilar fundamental de la cultura, mientras que tras el acontecimiento de 1.789 pasó a ser un adorno para, digamos, “pasar el rato”. Se puede estar de acuerdo o no, pero no deja de ser a mi entender un punto de partida muy interesante. A partir de ahí se suceden capítulos dedicados a la interpretación (notación, afinaciones, tempi, articulación…), reflexiones sobre la percepción musical en tiempos pretéritos y actuales, para terminar con un estudio pormenorizado de obras de Vivaldi, Bach, Haendel o Rameau.

Destacaremos el ataque a la identificación de lo bello con lo bueno propio de nuestro tiempo, cuando en otras épocas lo feo ocupaba un lugar importante; así como alguna velada (o no tanto) alusión a las veleidades de los críticos musicales que a menudo escriben de cosas que desconocen y —para los que participamos en ocasiones en interpretaciones de música barroca— los criterios interpretativos que aporta Harnoncourt, fruto del estudio y de la práctica musical. No oculta su pasión por su trilogía favorita (Monteverdi, Bach, Mozart), pero de igual manera ofrece datos importantes para la práctica musical de algunas obras de Vivaldi y Haendel. Particularmente me parece muy interesante toda la parte dedicada al barroco francés, al que concede una originalidad que la separa del resto de la música europea de la época y creo que se puede disfrutar mucho del capítulo dedicado a Lully y Rameau con un análisis interesante de Castor y Pollux, la obra maestra del segundo de ellos. También es muy ilustrativa de la diferente percepción de la música que impera en distintas épocas la reflexión que al final del libro hace el austriaco de una carta de Mozart.

Al igual que en las ejecuciones del director del Concentus Musicus, uno respira a través de la lectura un cierto aire provocador que nos debería hacer reflexionar sobre el uso de la música en la sociedad actual. Se permite el autor algún guiño incluso a la llamada música pop (dicho sea de paso, lo hace de manera muy respetuosa) y no faltan puntos de vista críticos hacia intérpretes, aficionados y musicógrafos. Sea cual sea la impresión que cada lector extraiga del texto a uno le parece que todo aquél que acceda a su lectura se sentirá obligado a reflexionar sobre las cuestiones que en el libro se nos ofrecen.

Algunos lectores de edades más jóvenes encontrarán quizá un cierto toque demodé en algunos momentos, pero no conviene olvidar que el primer ensayo de los que componen este libro se publicó en 1.954 y el último en 1.980, lo cual explica que ciertos aspectos del debate correspondan más a una época en la que la interpretación de la música barroca con instrumentos originales y copias no estaba tan extendida y, sobre todo, tan aceptada como en nuestros días, muy especialmente en países como el nuestro, en el que la total asimilación de estos criterios interpretativos se me antoja muy reciente y a veces hasta se puede pensar si la tal aceptación es ya total en la España musical o si para algunas personas la interpretación con estos instrumentos se acepta por puro snobismo.

Respecto a la traducción española del texto alemán, si se me permite debo manifestar la sorpresa que en mí ha producido la frecuente utilización de la estructura No fue hasta (…) que y similares, lo cual (si no me equivoco) es más una expresión francesa que española. Asimismo en la página 24 se puede leer tanto si quiere como sino (sic). Estos pequeños detalles podrían entrar en el debe del traductor y/o del corrector. No desmerecen el trabajo de ambos pero sorprenden al tratarse de una traducción muy cuidadosa en general con nuestro idioma.

Por todo lo aquí expuesto, no me queda más que animar a los potencialmente interesados en el libro a que pasen un rato agradable leyéndolo y reflexionando acerca de las propuestas que el maestro austriaco nos ofrece. Después, que cada uno extraiga sus propias conclusiones.

 

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