Ópera en Valencia

Un sensacional bautismo barroco

(Por Fernando Morales)

Orlando
Palau de les Arts Reina Sofia. Valencia, 29 de febrero de 2008. Orlando, ópera en tres actos. Música: Georg Friedrich Haendel. Libreto: Desconocido, basado en el libreto de “L’Orlando, ovvero La gelosa pazzia” de C. S. Capece y en el poema “Orlando furioso” de L. Ariosto. Estreno: Londres, King’s Theater de Haymarket, 27 de enero de 1733. Orlando: Bejun Mehta. Angelica: Liubov Petrova. Dorinda: Camilla Tilling. Medoro: Silvia Tro Santafé. Zoroastro: Christian Senn. Eros: David Lucas. Venus: Suzanne McNaughton. Marte: Juan Francisco Solsona. Pajes: Mar Jiménez, Noemí Tamarit. Producción del Royal Opera House Covent Garden. Director Musical: Eduardo López Banzo. Director de escena: Francisco Negrín. Escenografía y vestuario: Anthony Baker. Iluminación: Wolfgang Göbbel. Coreografía: Ana Yepes. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Clave: Stefano Demicheli.

La apertura del Palau de les Arts está derribando todas las fronteras que le iban quedando a la ciudad de Valencia en lo referente a actualidad operística. No es que hubiera poca tradición de ópera barroca, es que jamás –en las últimas décadas al menos-se había llevado a escena un título anterior a Martín y Soler. El Palau de la Música ha acogido óperas en versión de concierto de compositores como Rameau, Haendel o Purcell con responsables musicales de la categoría de Jacobs o Minkowski, pero a las tablas de un escenario ninguna había llegado todavía.

Así que este Orlando haendeliano puesto en pie en el coliseo del antiguo cauce del Turia se ha convertido en un motivo de enhorabuena para todos los amantes de este periodo musical tan rico y todavía bastante poco conocido. Del enorme cúmulo de virtudes que sobresalieron en esta producción, debida al Covent Garden londinense, personalmente me quedaría con la imaginativa, ágil y efectiva dirección de escena de Francisco Negrín –nieto por cierto de Juan Negrín, último presidente de la Segunda República- y la funcional, sorprendente e imaginativa escenografía de Anthony Baker. Una plataforma circular giratoria albergaba los diferentes espacios escénicos que se movían con los cantantes según el emplazamiento de la acción y éstos pasaban de uno a otro espacio por medio de puertas. El movimiento del mecanismo unido al de los actores dio una enorme vivacidad a escenas como la de la persecución en el bosque del segundo acto, pero también contribuyó a generar un importante dramatismo en la extraordinaria escena de la locura de Orlando al final del segundo acto.

El segundo gran baluarte fue Eduardo López Banzo. El director aragonés debutaba en la ciudad y la impresión que ha causado ha sido magnífica. Su lectura de la partitura haendeliana fue colorista, repleta de matices y de colores y atenta a las necesidades de las voces. Manejó con maestría a una orquesta que sorprendió por su capacidad de adaptación a este repertorio hasta ahora no abordado por sus jóvenes integrantes. Sin duda alguna, y sin querer ser excesivamente reincidentes, el logro alcanzado hasta el momento con la Orquestra de la Comunitat Valenciana es uno de los más importantes de este ambicioso proyecto artístico.

Escena de Orlando

Las voces fueron otro de los motivos de disfrute. Bejun Mehta no ha llegado hasta ahí por ser sobrino de quien es. A sus cualidades canoras, físicas o musicales hay que añadirle su importante capacidad actoral. Fue un placer verlo en la mencionada escena de la locura del segundo acto. Manejó la endiablada coloratura con seguridad y precisión, acertó con la expresividad de cada frase y atrajo para su personaje el protagonismo que dentro de esta obra merece.

Las voces femeninas acompañaron con enorme dignidad a Mehta. Liubov Petrova, que cantó en los Esponsales en el Monasterio unos días antes, saltó con enorme naturalidad al personaje de Angelica, si bien sus prestaciones no fueron tan redondas como las de su compañera Camilla Tilling, muy apreciable en su caracterización de la engañada Dorinda. Se aguardaba con mucho interés la participación de la valenciana Silvia Tro Santafé, voz que voló de esta ciudad tan poco favorable al barroco para hacerse un hueco entre la élite vocal internacional en este repertorio. No decepcionó en absoluto, su voz sonó amplia y cálida, con unos tintes oscuros enormemente seductores, aunque se echó en falta un poco más de matización en las intervenciones de su personaje. Menor relieve tuvo el Zoroastro de Christian Senn, si bien su adecuación estilística y su presencia escénica fue irreprochable.

Los actores que acompañaban la acción fueron manejados por Negrín con inteligencia, especialmente el Eros de David Lucas, así como la Venus de Suzanne McNaughton.

Un sensacional bautismo barroco el que nos ha brindado el Palau de les Arts, que esperemos que continúe apostando por este repertorio en sus próximas temporadas.

Fotografías © 2008 by Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales