Ópera en París

Parsifal

(Por Pablo Ramos)

Parsifal
Parsifal de R. Wagner. Ópera Nacional de Paris- Bastilla. Krysztof Warlikowski, dirección de escena. Hartmut Haenchen, dirección musical. 11 de Marzo de 2008.

Después de una lograda adaptación de Luisa Miller en la Ópera de la Bastilla de Paris, le tocaba el turno a Parsifal, esperada producción por lo que respecta a la puesta en escena, encomendada al polaco Krysztof Warlikowski, cuya última excentricidad fue la de  proponer en Munich un Eugène Oneguin con el protagonista y Lensky como pareja gay… el espectáculo estaba asegurado.

Esta ópera, testamento artístico de Wagner, gira en torno a la congregación de los Caballeros del Santo Grial y del rey Amfortas, quien, herido un día por su gran rival, el mago Klingsor, vive en el dolor y la desesperanza. Para su salvación es necesaria una persona pura e inocente, Parsifal, que deberá recuperar la Lanza santa con que se ha herido al monarca para restablecer la armonía en su reino.

Comienza la música y, tras unos instantes en absoluta oscuridad, aparece una proyección –ésta será la gran baza escénica-, en la que una mano escribe a lápiz conceptos que se desarrollarán a lo largo de la obra: amor, redención… Se levantada la pantalla y nos encontramos con una simple y fría escenografía, el lecho en el que sufre Amfortas es una cama de hospital, la comunidad está representada por un teatro romano enfrentado al patio de butacas. La magia creada con la proyección inicial comienza a desvanecerse y la gente se inquieta al no encontrar el elemento principal: el misticismo. Por suerte, el reparto reune a algunos valores seguros, como una incombustible Waltraud Meyer en el papel de Kundry y un convincente Chritopher Ventris como Parsifal, que consiguen dan consistencia a la trama, ayudados por un profundo y expresivo Gurnemanz, Franz-Josep Selig, un Amfortas algo monótono, Alexander Marco-Buhrmester, y un Klignsor que no acababa de convencer dramáticamente, Yevgeny Niké.

Parsfifal en Paris

Ya en el segundo acto, la escena en la que Kundry intenta seducir a Parsifal se nos revela como lo más interesante de la tarde. Atmósfera llena de erotismo –que hubiera complementado ese inexistente misticismo- en la que destaca la sensualidad de Meyer. En lo musical, el final de acto destacará del resto gracias a una excelente dirección de  Hartmut Haenchen y a una orquesta en la que sobresale un metal que llega a dinámicas apabullantes sin llegar a romper el sonido y un corno a la altura de los solistas vocales.

Llegamos al tercer acto y ya creemos que lo hemos visto todo, pero no, lo mejor está por llegar. Aparece la proyección de una cita de Roberto Rossellini sobre su película “Alemania, año cero”, e instantes después, una escena de la misma en la que aparece un niño suicidándose. La relación con el Nazismo se hace explícita y empiezan los primeros abucheos, contestados por otro sector del público, la tensión llega a tal extremo que se tarda varios minutos en comenzar la música. Una vez levantada la pantalla, encontramos un rácano jardín y el mismo fondo de toda la obra, el teatro romano. La presencia de Ventris y Selig salvará el resto de la ópera del tedio. Acabada la función, nos vamos con el buen sabor de boca de la música; en cuanto a la escenografía, no sabemos si el polaco será redimido o no de sus pecados; mediante el amor público parisino seguro que no.

Fotografías cortesia Opéra National de Paris© 2008 by R. Walz
Escribir a Pablo Ramos