Compositor irlandés

Sobre Charles Villiers Stanford

(por Joaquim Zueras Navarro)

Charles Villiers Stanford

Si hiciéramos una lista de compositores que fueron célebres en vida para pasar al olvido inmediato tras su muerte, uno de los primeros lugares lo ocuparía Charles Villiers Stanford. Forma parte de aquellos que alcanzaron el reconocimiento de instituciones y de público; tal vez no fueran genios, pero sí muy competentes en su trabajo.

Sir Charles Villiers Stanford (1852-1924) nació en Dublín. Su padre era un próspero abogado, muy aficionado a cantar en la tesitura de bajo y a tocar el violonchelo. Su madre había interpretardo el Concierto nº1 para piano y orquesta de Mendelssohn en el Dublin Musical. Desde niño mostró grandes aptitudes para la música, no porque sus padres le encauzaran con insistencia, sino por una predisposición innata. Con profesores de su ciudad natal estudió violín, piano órgano y composición. En 1862 se trasladó a Londres, recibiendo clases de Arthur O'Leary y de Ernst Pauer. En 1870 estudió en el Queen´s College de  Cambridge en calidad de “organ scholar ship”, mudándose al Trinity College de Londres en 1973 para ocupar la plaza de organista, puesto que conservó hasta 1892.

A los veinte años fue nombrado director de la Cambridge University Musical Society, en donde  adquirió notoriedad y reconocimiento. Desde 1874 a 1877 pasó largas temporadas en Alemania, estudiando con Carl Reinecke y Friedrich Kiel. En Leipzig acompañó a la joven cantante inglesa Jennie Wetton, con la que contrajo matrimonio en 1878. En Alemania consolidó la admiración que profesaba por la música de Mozart, Beethoven, Mendelsshon, Schumann y Brahms; escuchó a Liszt tocar en Leipzig y asistió a una de las primeras representaciones de "El oro del Rin" en Bayreuth. Wagner suscitó en él la pasión por el género operístico, que  volcó en "The Veiled Prophet of Khorassan", acabada en 1878 y estrenada en Hanover en 1881; compuso seis óperas más y abogó infructuosamente por una ópera nacional. Fue profesor de composición en el Royal College of  Music desde 1883 a 1924 y profesor de música en Cambridge desde 1887 a 1924 . Otras actividades fueron las de  director del London Bach Choir desde 1886 a 1902, director de la Leeds Philharmonic Society desde 1897 a 1909, y del Leeds Festival desde 1901 a 1910. Si tenemos en cuenta que compuso unas doscientas obras, llegamos a la conclusión de  que desplegó una ingente labor.

Grabaciones Stanford

De estilo ecléctico, basado en una síntesis personal del romanticismo alemán, de la música popular irlandesa y de la música clásica inglesa, todas sus obras poseen una gran claridad formal y un discurso emotivo que en lo pasional casi nunca alcanza matices exacerbados.  Enérgico y optimista, quien fuera una de las figuras más  relevantes de la época victoriana vio como su popularidad declinaba en sus últimos años, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, cuando muchos melómanos dirigieron su atención a la música de vanguardia. Conservador y unionista, de temperamento sanguíneo, mantuvo enfrentamientos con otros profesores y alumnos, en los que adoptaba una inmoderada actitud verbal.

Pero Stanford, ¿en qué sentido fue grande? Fue el profesor de la mayoría de músicos pertenecientes a la “English Musical Renaissance”, Ivor Gurney, Arthur Bliss, Herbert Howells, Coleridge Taylor, Gustav Holst, John Ireland Rutland Bougthon, George Dyson, E. J. Moeran, Rebecca Clarke, Eugene Goossens y Vaughan Williams, sobre los que ejerció una notable influencia. Sabemos además que era un magnífico pianista y organista, tocaba bien el violín y era un excelente director de orquesta, en particular de las obras de Brahms. Como compositor, su brillantez en el terreno sacro eclipsó el interés por el resto de sus composiciones. Basta escuchar por ejemplo el CD Anthems and Services (Naxos 8.555794) para constatar su magistral dominio de la escritura vocal, tanto en el coral de tradición católica, Three Latin Motets, como en el anglicano, en donde momentos de intimismo contrastan con otros de una majestuosidad imponente, arropados por un inteligente acompañamiento de órgano. En este mismo CD se encuentran para este instrumento dos de los Six Short Preludes & Postludes op. 105 Aunque su obra para órgano más orillada, hasta el punto de que no la he localizado en varias listas de composiciones, es la Concert Piece for  Organ and Orchestra op. 181 (Chandos 8861), acabada el 15 de abril de 1921 y rechazada por más de ocho editores; una hermosa obra de circunstancia, de naturaleza ceremonial y conmemorativa. En la actualidad detecto un loable esfuerzo por difundir su Requiem para solistas, coro y orquesta (Naxos 8.555201-02), escrito a la memoria de Lord Leighton, uno de los últimos bastiones del neoclasicismo pictórico, figura muy destacada de la sociedad victoriana, que falleció en 1896. Amplio y solemne, conmovedor en su emoción contenida, no deja indiferente al oyente.

A lo largo de su vida Stanford compuso Siete sinfonías (Chandos 9279) que gozaron de  vasta aceptacion por la nitidez clásica de las estructuras, por el tratamiento minucioso y mesurado de la instrumentación -especialmente la Séptima-, y por un romanticismo diáfano, en el otro extremo del sinfonismo mahleriano que consideraba de mal gusto. Adquiere especial relieve su Symphony Nº3 in F minor, conocida como “Iris Symphony”; compuesta en 1887, llegó al Continente y a Norteamérica por directores como Hans von Bülow y Mahler.

Requiem

Como director de orquesta experimentado, Stanford dio a conocer numerosos conciertos para violín (Mendelssohn, Vieuxtemps, Joachim, Mackenzie, Spohr, Bruch, Saint-Saëns, y Brahms) y en 1899 compuso el Violin Concerto in D major op.74 (Hyperíon CDA77208). Dedicado a su amigo E. F. Arbos, fue muy aplaudido cuando el virtuoso Fritz Kreisler lo interpretó en el Leeds Festival de 1904. La crítica lo calificó de “vigoroso y original”  y el musicólogo Jeremy Dibble ha descrito su segundo movimiento -Canzona- como una de las más bellas creaciones de Stanford. Está también en este disco la Suite for Violin and Orchestra op. 32, que en sus partes -Ouverture, Allemande, Ballade, Tamburin y Rondo-  aúna con sorprendente eficacia los procedimientos antiguos con la expesión romántica; un artístico maridaje en el que nada estorba, porque  todo se ajusta y complementa con naturalidad. Stanford había conocido en Berlín al violoncelista Robert Hausmann y para él compuso en 1880 el Cello Concerto in D minor (Lyrita SRCD.321). En su concepción tomó  como modelo el Concierto para violoncelo en si menor de Dvorák y el resultado es plausible, pese a que por desvenencias en el planteamiento de algunos pasajes Hausmann nunca lo incluyó en su repertorio.

Cuesta entender que los tres Conciertos para piano y orquesta no merezcan mayor divulgación, siendo ricos en hallazos en su despliegue imaginativo. Stanford escribió el Piano Concerto nº3 in E flat, op. 171 (Lyrita SRCD.321) en 1919. Posiblemente  desalentado, nunca orquestó los dos pentagramas dedicados a la instrumentación, labor que completó Geoffrey Bush, estudioso de la obra del maestro. Todo él recuerda el clima en que se desenvuelve el primero de Saint-Saëns. El Allegro inicial, con la llamada de la trompeta,  nos invita a un animado paseo dieciochesco por la campiña inglesa,  hasta que Larghetto nos sumerge en un estado de abandono y de lírica contemplación;  un crescendo nos conduce al Allegro último en forma de chispeante danza, con un intermedio de corte mozartiano.

Al igual que Brahms, a Stanford le sedujeron las posibilidades del clarinete y, desde 1880, compuso para este instrumento explorando sus matices aterciopelados, cristalinos, desde la alegría desbordante a la melancolía, como el Clarinet Concerto in A Minor, op.80 (Chandos 8991) y la Fantasy nº2  for Clarinet and String Quartet (Naxos 8.570416). Varios musicólogos británicos coinciden en que su Pano Quintet in D minor, op.25 (Hiperíon CDA 67505) es su mejor obra de cámara. Dedicada a su mentor, el violinista Joseph Joachim, es una composición elegante, fluida, luminosa, exultante y sofisticada.

¿Todas las obras de Stanford mantienen un nivel alto? Diría que no: Su Stabad Mater, op 96, pese a su cautivadora atmósfera entre turbulenta y mística, no alcanza la profundidad del Requiem; el Piano Quartet, op 15 remeda el estilo romántico alemán con una agitación que adolece de cierta falta de inventiva; en sus Sonatas para órgano hay temas que apenas somete a un tratamiento específico  y que deambulan como perdidos hasta que aparecen otros, también erráticos; en alguna Rapsodia se intuye la precipitación de quien cumple un encargo en poco tiempo...De cualquier modo, si nos limitáramos a disfrutar de los compositores con un opus sobresaliente de  principio a fin, ¿con cuántos contaríamos? Este artículo puede ser útil como guía de audición  de las obras mencionadas y que en mi opinión merecen subrayarse, para quienes deseen adentrarse en la música de Sir Charles.

Escribir a Joaquim Zueras Navarro