Crítica de libros

Deslumbrante poesía

(Por Hertha Gallego de Torres)

Libro-Disco: "Diez poetas, Diez músicos". Edición: Ilia Galán, Calambur, Madrid, 2008. ISBN: 978-84-8359-024-9. Contiene un CD con canciones de Ramón Barce, Zulema de la Cruz, Carlos Cruz de Castro, Consuelo Díez, Jacobo Durán-Loriga, Carlos Galán, Tomás Marco, Claudio Prieto, Juan Manuel Ruiz y Mercedes Zavala sobre poemas de María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Ilia Galán, Antonio Gamoneda, Félix Grande, Clara Janés, José Jiménez Lozano, Vanesa Pèrez-Sauquillo y Diego Valcerde Villena. Intérpretes: Raquel Lojendio (soprano), Alfredo García (barítono) y Jorge Robaina (piano). Sello Autor, ref.:  SA01414.
Diez poetas, Diez músicos

Pocos temas tan complejos como el de las relaciones entre poesía —en general, toda clase de textos— y música, que pueden ser contemplados desde prismas muy diversos. Podemos afirmar que ahora mismo, en el momento en que estamos, la poesía en nuestra lengua vive uno de sus momentos más favorables. La nómina de excelentes artífices del lenguaje parece acrecentarse cada día y la creación sonora no podía ser ajena de ningún modo a este fenómeno. Buena prueba de ello es el disco que ahora comentamos, en el que una siempre discutible (por ser tantos y tan buenos los poetas españoles) selección de éstos, ha sido la elegida por una muestra de conocidos compositores contemporáneos entre los que se cuentan Barce, de la Cruz, Cruz de Castro, Consuelo Díez, Durán-Lóriga…aunque ellos tampoco nos deben hacer olvidar que a la voz han dedicado páginas bellísimas José Luis Turina, Javier Jacinto, Pilar Jurado o Alvaro Guijarro, entre otros.

El disco es esencial, austero, hermoso, desgarrado. Se abre con “Frutos” de Barce, sobre poema de Ilia Galán, en una obra que apela tanto a nuestra respuesta sensorial como a la intelectual. Zulema de la Cruz rezuma comunicatividad y rítmica, como siempre, cantando a Antonio Colinas. Carlos Cruz de Castro prosigue realizando atractivos e ingeniosos enfoques: aquí combina de forma casi hipnótica el pan, el vino, la carne, el queso, las hierbas y las esencias… y a pesar de todo lo que digo el poema de Clara Janés es muy espiritual, como todos los suyos.

En el epicentro del disco se sitúa “El precio” de Consuelo Díez. A mí me conmueve extrañamente esta obra, desde que la escuché en vivo (también en la profunda interpretación de Alfredo García). Las palabras de Jiménez Lozano son una especie de aldabonazo. Y la música lo sirve de manera muy sutil y sensible.

Jacobo Durán-Lóriga elige la obra de una joven poeta, Vanesa Pérez Sauquillo, para hacer una “telearia” con un punto de humor que no excluye el dramatismo. Me recuerda las bromas que gastaba Abel Féu (cito de memoria): “Me llamo y no me contesto…”. Carlos Galán se decanta por el flamencólogo Félix Grande (“No hay amores malditos”) y Tomás Marco por el que empieza a ser un clásico: Luis Alberto de Cuenca, mientras que Claudio Prieto hace gala de todo su refinamiento sonoro en el  poema cristalino de María Victoria Atencia. Al final del disco, los inquietantes Iconos de Diego Valverde potenciados por la música de Juan Manuel Ruiz y Gamoneda-Mercedes Zavala: “la riqueza de un mundo de significados cerrado e interreferenciado” según la autora.

Esto es la mitad del disco. La otra parte, igual de importante, reside en la interpretación, cálida y contenida, de Alfredo García, a quien acompaña Raquel Lojendio, vibrante y capaz de matizar cuando es preciso, con un estupendo pianista como es Jorge Robaina.

Se puede leer también, si se quiere, un libro preciosamente editado, por la Editorial Calambur, que contiene diez poemas de cada escritor anteriormente mencionado. (De los diez, cada compositor escogió uno). Tan sólo un “pero”. En la presentación del libro, Ilia Galán, que fue el que tuvo la iniciativa de la idea y organizó el concierto celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, dice que “pudiera suceder también que, a partir de este gran proyecto, también los músicos populares se acerquen  a los versificadores vivos y así, en vez de las letras de esas canciones que tantos millones de personas repiten, como estribillos de dudosa calidad, resonaran los mejores versos de los poetas de nuestro mundo, como hiciera Joan Manuel Serrat con Antonio Machado, por ejemplo, o como también  ha sido hasta hoy tradición en Grecia”. ¡Que los hados no lo quieran! De mí puedo decir que disfruto (moderadamente) escuchando “Veneno en la piel” de Radio Futura, pero que no puedo soportar a los cantautores…Una vez se me ocurrió (h)ojear “Poesía para los que leen prosa” de Miguel Munárriz (Visor). La introducción era muy inteligente, todo iba muy bien, hasta que, para acercar al gran público a la poesía, Munárriz elegía, de los escritores, no a los equivalentes en castellano de Ken Follett o Danielle Steel, sino a Angel González, Millás, Caballero Bonald y otros de este calado. En cambio, para la música ¿me creerán si les digo que en vez de seleccionar a Tomás Marco o a Ramón Barce, se decantaba por Aute, Watling o Ana Belén? ¿Por qué? Lo dejo a sus consideraciones.

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