Ópera en Madrid
Tamerlano de Händel en el Teatro Real
(Por Alicia Perris)
Tamerlano, de Georg Friedrich Händel (1685-1759), Teatro Real, 1 de abril. Libreto de Nicola Haym. Director Musical: Paul McCreesh. Director de escena: Graham Vick. Tamerlano: Mónica Bacelli, Bajazet: Plácido Domingo, Asteria: Ingela Bohlin, Andrónico: Sara Mingardo, Irene: Jennifer Holloway, Leone: Luigi De Donato. Continuo: Benjamín Bayl y Joseph McHardy (clave), Christopher Suckling (violonchelo) y Jorgen Skogmo (tiorba). Orquesta Sinfónica de Madrid. Producción del Maggio Musicale Florentino.
Tamerlano, de Händel, es una ópera en tres actos, estrenada en Londres en 1724, con un argumento que se acerca a los gustos de la época. Los personajes y la trama son ya conocidos del público madrileño que asistió a la anterior puesta de Bajazet. La acción se desarrolla en Prusa, capital de la Bitinia, la primera ciudad ocupada por Tamerlano después de haber derrotado a los turcos. Una vez más el exotismo está servido, como a menudo ocurre en el mundo de la ópera.
Händel compuso la primera versión de esta ópera en solo tres semanas y será el famoso tenor Borosini el encargado de defender el rol de Bajazet. Posteriormente realizará más versiones y en la definitiva da comienzo el drama con una ambientación musical sombría, que contrasta sin embargo con la escenografía ahora exhibida en el Real, imaginativa y luminosa, un pie que aplasta la bola del mundo, del que emergerá la figura atormentada de Bajazet, el verdadero protagonista de esta ópera. Tal vez para matizar la duración de una obra a la que el gran público no suele estar acostumbrado, por habitar los grandes teatros de ópera compositores más convencionales, la puesta en escena está muy cuidada y es en sí misma una demostración y gusto por el detalle. Un elefante añil, otros más pequeños girando en escena y unos personajes semejantes a derviches que subrayan la consecución de los acontecimientos, a la manera de un coro orientalizante que va y viene, como en una descripción onírica. Los puristas podrán haber pensado que tanto colorido y trasiego en escena distraen del hecho vocal o que algunos trajes casan el toque de Oriente con un cierto remedo de las cortes francesas de la época.
Hay un doble reparto y en la función que nos ocupa Plácido Domingo inicia su primera aria “Forte e lieto”, con la descripción de su amor paterno, en oposición a la partitura de Tamerlano, caracterizada por unas arias rápidas, que se adaptan como un guante a la psicología del personaje. Fue el castrato Andrea Pacini quien tuvo el honor de estrenar la ópera en el papel de Tamerlano. El argumento se enlaza alrededor de amores contrariados y de la eterna desconfianza que anida en los corazones desdichados. El primer acto está planteado como una sucesión de arias y en la concepción de la obra habría que destacar dos momentos claves: el final del segundo acto, con la escena del salón del trono y el final del tercero, que termina con el suicidio de Bajazet. Se trata de una obra donde se exige vocalmente la presencia activa y casi constante de todos los personajes y donde la acción teatral pivota en buena parte sobre la oposición de los dos hombres de estado que representan, a su vez, la historia de diferentes formas de gobernar y concebir la vida.
Una vez más el programa de mano de pago exhibe el lujo de las reproducciones pictóricas y la aportación de los especialistas, donde destacan los artículos de Juan José Carreras (Las sombras del averno), Raúl Mallavibarrena (El vendedor de sueños) y Masolino D´Amico (El exotismo en el teatro). Hay también una entrevista de Francisco R. Zaldívar a Paul McCreesh, donde el director expresa que “Tamerlano es la ópera más oscura de Händel”. Siguen las habituales cronologías, didácticas y aclaratorias, una selección discográfica y una deliciosa explicación ilustrada para jóvenes de Fernando Palacios. Una serie de biografías cierra este nuevo programa de cuidado diseño.
Dura prueba esta ópera para los cantantes, donde destaca la labor de Ingela Bohlin como Asteria y Jennifer Holloway como Irene. Sara Mingardo va explayando su potencial expresivo a lo largo de la velada, igual que la orquesta, cuyo sonido podría haber sido por momentos más espléndido y acabado, sobre todo en el primer acto.Y ¿qué decir finalmente de Plácido Domingo, a quien también podríamos llamar en este 2008 de centenarios, “el deseado”? Su visita al Real y su retorno a Madrid son siempre recibidos como una fiesta. Tenor que iba para barítono, exploró casi todos los repertorios operísticos, aunque le fascinan los compositores italianos, hizo unas celebradas y comentadas incursiones por Wagner y espera cerrar su carrera como cantante (¿cerrar?) con los roles de "Simón Boccanegra" de Verdi (un viejo sueño cada vez más cercano) y "El retorno de Ulises a la patria", de Claudio Monteverdi. Su voz conserva el timbre y la expresividad aterciopelados que lo hicieron famoso en los días de vino y rosas en que cantaba “Don Carlo” en la Zarzuela o "La Fanciulla del West" en el Covent Garden y seducía sin piedad al cosmopolita público londinense que lo aplaudía sin recato. Es pasional, pero a la vez contenido si eso fuera realmente posible; cálido, intenso, pero sin desbordamientos, como diría Arnoldo Liberman. Dio una vez más una lección de seriedad y amor por la profesión y de su savoir faire mundano y generoso cuando, recogiendo los claveles que el público entusiasmado le arrojaba al escenario, comenzó a repartir las flores entre sus compañeros. Dionisíaco. Emocionante. Proteico. Lo que se dice, un caballero español.

