Ópera en París

Libertad y represión en la Ópera de París

(Por Pablo Ramos)

Il Prigioniero
Il Prigioniero, de Luigi Dallapiccola. Ópera Nacional de París, Palais Garnier; 10-04-08. Dirección musical: Lothar Zagrosek, Puesta en escena: Lluís Pasqual, Decorados: Paco Azorín, Vestuario: Isidre Prunés, Iluminación: Albert Faura, Director de coros: Alessandro Di Stefano. La Madre: Rosalind Plowright, Il Prigioniero: Evgeny Nikitin, Il Carceriere, Il Grande Inquisitore: Chris Merritt. Orchestre et Choeurs de l'Opéra National de Paris. Ópera precedida de "Oda a Napoleón", de Arnold Schönberg, para recitador y Cuarteto con piano Opus 41, Texo de Lord Byron. Recitador: Dale Duesing. Intérpretes: Frédéric Laroque, Vanessa Jean, violines - Laurent Verney, viola - Martine Bailly, violonchelo - Christine Lagniel, piano.

La Ópera de París ha presentado el pasado mes de abril uno de los títulos más importantes del repertorio operístico de la segunda mitad del Siglo XX, Il Prigionniero de Luigi Dallapiccola. Para nosotros, esta representación ha tenido un valor añadido ya que la puesta en escena, los decorados, el vestuario y la iluminación corrían a cargo de Lluís Pascual, Paco Azorín, Isidro Prunés y Albert Faura, respectivamente.

Resulta lógico que ante la producción de una ópera tan breve como ésta (no rebasa la hora y cuarto) se complete el programa con otra obra. Así pues, la elección de la Oda a Napoleón de Schönberg, con texto de Lord Byron, es sin duda un acierto. Primero, por su afinidad estilística, ya que Dallapiccola bebe directamente del torrente creativo de la Segunda Escuela de Viena, aunque aquí no haga un uso estricto del dodecafonismo. Segundo, por la riqueza en las relaciones simbólicas que se establecen en torno a la libertad y a la figura del prisionero –nazismo, fascismo italiano, totalitarismo de los imperios de Felipe II y de Napoleón Bonaparte, etc.

En la Oda a Napoleón, Schönberg recurre a la Sprechstimme –canto hablado-, para satirizar la corrupción del dictador y su final abdicación. La sencillez del texto no deja mucho margen a la escenografía y, sin embargo, ésta es la que más nos llama la atención. Lluís Pascual, que no es un desconocido del público parisino, director durante seis años del célebre Teatro del Odeón, donde da a conocer obras de García Lorca, Valle-Inclán o Lope de Vega, lleva aquí los versos de Byron al cabaret alemán de los años veinte. El recitador, Dale Duesning, aparece vestido como cabaretera que, conforme avanza la obra, se va travistiendo en prisionero de campo de concentración, performance que servirá de enlace a la ópera de Dallapiccola. En lo musical, el cuarteto de cuerda con piano tuvo momentos de gran lirismo, aunque no se encontrasen muy cómodos con la acústica de la sala.

En Il Prigionniero convergen las experiencias de su autor que, nacido en el Imperio Austro-húngaro, vivió la opresión austriaca en Istria y más tarde la llegada del fascismo -aunque en un principio apoyó al Régimen de Mussolini. La represión y la desesperanza articulan una ópera que no deja indiferente al público, más todavía cuando se trata de un tema que sigue de actualidad, y que el mundo del arte tiene como referente, como en los cuadros sobre Abu Grhaib de Fernando Botero.

Il Prigioniero

La trama se desarrolla en una prisión de Zaragoza en el siglo XV. Un prisionero encarcelado por la Inquisición recibe la visita de su angustiada madre que teme por su vida. Sin embargo, éste dice tener esperanzas ya que el carcelero le ha llamado “Hermano” y le ha confesado que Felipe II está a punto de caer ante la resistencia del pueblo flamenco. Ya solo, el preso observa cómo su custodio le deja la puerta abierta y así comienza su huída por los subterráneos de la prisión. Cuando por fin consigue salir a la superficie se topa con el Gran Inquisidor, que no es otro que su propio carcelero, el cual le saluda de nuevo con la palabra “Hermano”. La esperanza de la libertad había sido la última de las torturas y ahora sólo queda esperar la muerte.

El protagonista, el barítono Eugeny Nikitin –que se desenvuelve magistralmente en papales wagnerianos- supo mantener toda esta tensión dramática a lo largo de la obra. Los demás cantantes se limitaron a no destacar demasiado por encima de la figura principal, que es sin duda lo que se requería. Sólo la interpretación del coro sobresalió por encima del resto, confirmando el gran trabajo que ha realizado desde enero su nuevo director, el italiano Alessandro Di Estefano. Atención especial merece también Albert Faura, que a cargo de la iluminación consiguió dotar de un gran dinamismo a la escenografía, que se mantuvo fija durante toda la obra: una jaula circular giratoria de tres pisos que simulaba el patio de la cárcel.

Fotografías cortesia Opéra National de Paris© 2008 by Frédérique Toulet
Escribir a Pablo Ramos