Ópera en Madrid

El caso Marilyn

(Por Carlos de Matesanz)

El caso Makropulos
18 de junio de 2008, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Leoš Janáček: “El caso Makropulos”. Ópera en tres actos. Libreto del compositor, basado en la comedia homónima de Karel Capek. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Opéra National de París. Dirección musical: Paul Daniel, Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski, Escenografía y figurines: Malgorzata Szczesniak, Iluminación: Felice Ross. Emilia Marty/Elina Makropulos: Angela Denoke, Albert Gregor: Charles Workman, Jaroslav Prus: Vincent Le Texier, Doctor Kolenaty: Tomasz Konieczny, Vitek: David Kuebler, Hauk-Sendorf: Ryland Davies, Krista: Deanne Meek, Janek: Ales Briscein.
19 de junio de 2008, 20:00 h. Conciertos del Teatro Real. Solistas de la Sinfónica de Madrid. Leoš Janáček: Mladi, para sexteto de viento y Concertino, para piano y seis instrumentos, Bedrich Smetana: De mi país natal, dos piezas para violín y piano.

Ambientar la fascinante ópera de Janáček Vĕc Makropulos en un cine de los años 40 tiene sus ventajas y sus inconvenientes; es decir: permite ofrecer una “nueva lectura” –algo sin lo que, al parecer, el teatro y la ópera actuales, aunque sean un título raro como éste, estarían muertos, según los abundantes snobs de turno– a la vez que implica constantes riesgos de incoherencia. En una ópera como ésta (la historia de una gran diva que vive más de trescientos años gracias a un elixir de inmortalidad), en la que la cronología es la auténtica protagonista de la trama y constantemente se está haciendo referencia a años y fechas, la incoherencia temporal, y nunca mejor dicho, está cantada. Por contra, esto permite convertir al singularísimo personaje protagonista de Elina Makropulos en el arquetipo de la diva de carne mortal convertida en imagen inmortal. De ahí las numerosas proyecciones –durante la obertura y en varios momentos de la ópera– de la impresionante Gloria Swanson en Sunset Boulevard de Wilder y, sobre todo, de diversos momentos de miseria y gloria de la vida de Marilyn Monroe. De hecho, la protagonista de la ópera aparece, en los actos I y III, caracterizada como la maravillosa actriz rubia en La tentación vive arriba (por cierto, también de Wilder) con revoloteo de faldas incluido.

Angela Denoke

Una “Marilyn Makropulos” que halló una protagonista realmente magnífica en la soprano alemana Angela Denoke, cantante de voz más fresca de lo que suele ser frecuente en un papel habitualmente encomendado a grandes actrices-cantantes al final de sus carreras; estuvo sobria y evitó todo efectismo, tanto en el canto como en la actuación, y sólo dejó ver un curioso vibrato en la zona alta, tal vez debido a los papeles realmente pesados que interpreta últimamente. El resto del reparto merece ser alabado como un conjunto de impecable funcionamiento más que como una suma de individualidades notables; ojo, y no es poco, porque, excepcionalmente en un título como éste ¡no hubo ni un solo cantante checo en el reparto!: el tenor americano conocido como “el guapo Workman”, quedó un poco superado fuera de sus habituales lides dieciochescas; el veterano barítono francés Vincent Le Texier, suficiente vocalmente, pintó un Prus estilo chulo hollywoodiense fantástico; el bajo polaco Tomasz Konieczny aportó frescura vocal a un papel escrito para un cantante mucho mayor; y fueron impagables las aportaciones de dos vetaranísimos tenores anglosajones: David Kuebler y, sobre todo, el entrañable Ryland Davis, como el viejecillo enamorado Sendorf. La orquesta estuvo a la altura de una partitura que le pide constante rendimiento, con un sonido compacto pero no espeso, y siempre atenta a la dirección un tanto uniforme pero muy meticulosa de Paul Daniel.

La nueva producción Teatro Real – Ópera de París es lujosa sin ostentación, con una escenografía muy bien realizada, sacándole buen partido a la omnipresente y un poco innecesaria sala cinematográfica, con una maravillosa cabeza de King-Kong gigantesca al fondo cuando se levanta el panel trasero. La dirección escénica, concentrada, tuvo más incoherencias, además de las cronológicas, pero consiguió transmitir la moraleja de esta ópera tabú para los cirujanos de estética: ¿de qué te sirve estar “divina de la muerte” por fuera si, por dentro, el tiempo siempre vencedor te va dejando hecho unos zorros? mientras no exista el lifting de alma, mejor muérete joven y desgraciado, como Marilyn, que viejo y desgraciado, como la Makropulos del Caso.

Entre estas representaciones janačekianas, el Real ha tenido el buen gusto de programar en su “sala pequeña”, la Gayarre, una excelente hora de música de cámara a cargo de solistas de la orquesta titular del coliseo, la Sinfónica de Madrid. Dos obras del mismo Janáček –el romántico y juguetón sexteto Mladi, y el concentrado Concertino–, separadas por un díptico no genial pero sí muy expresivo del compositor-fuente del que Janáček, como todos los compositores checos, bebió: Smetana. Las interpretaciones, discretas pero vívidas y, sobre todo, muy profesionales, fueron seguidas con sumo interés por un público escaso y, tal vez por ello, atento e inusitadamente silencioso. Inaudito en Madrid: un concierto con cero toses. Conclusión: necesitamos, por prescripción facultativa, más Janáček en Madrid.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2008 by Javier del Real