Ópera en Barcelona

Estreno estatal de Muerte en Venecia

(Por Ovidi Cobacho Closa)

Death in Venice
Death in Venice; Ópera en dos actos de Benjamin Britten sobre libreto de Myfanwy Piper. Hans Schöpflin (Aschenbach), Scott Hendricks (El viajero), Carlos Mena (voz de Apollo), Uli Kirsch (Tadzio). Dirección musical: Sebastián Weigle. Dirección escénica: Willy Decker. Coproducción: Gran Teatre del Liceu, Teatro Real y Deutsche Oper am Rhein Dusseldorf-Duisburg. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 25-V-2008.

Corría el 1912 cuando vio la luz una breve novela de quien sería considerado uno de los novelistas más indiscutibles del siglo XX: Thomas Mann. El título de la obra era Der Tod in Venedig (La muerte en Venecia), un relato donde el escritor alemán nos imbuye en la tortuosa personalidad psicológica de un viejo escritor en plena crisis creativa que, en el marco de una Venecia decadente, experimenta una arrebatadora pasión senil hacía un adolescente al que no acaba jamás por conocer, ni tan solo cruzar una simple palabra. Este novelita menor de Mann despertó la inspiración de dos grandes creadores en la segunda mitad del siglo XX, el cinematógrafo Luchino Visconti y el compositor Benjamin Britten, quienes a principios de la década de los 70 concibieron sus respectivas obras basadas en este relato.

La producción presentada en el Gran Teatre del Liceu significaba el estreno de la última creación operística de Britten, 35 años después de su estreno absoluto en el Festival de Aldeburgh. En su partitura, el compositor británico despliega una amplia suerte de recursos expresivos, con una música inquietante y de profundo contenido simbólico, elaborada a partir de un complejo tejido de motivos y recursos musicales, no siempre fáciles para un espectador no cultivado, con explícitas influencias en la percusión de la música de los gamelanes, que tanto habían fascinado al compositor durante su decisivo viaje a Indonesia.

Escena de Muerte en Venecia

La reflexión al entorno a la belleza asociada a un adolescente, con citas al ideal platónico y al diálogo del Fedro, recorren el libreto de la obra, siguiendo muy de cerca el original de Mann y una estructura cinematográfica en la sucesión de las escenas. Con todo, su entidad dramática, más allá del interés musical de las páginas de Britten, no logra alcanzar la intensidad necesaria al querer expresar la evolución del conflicto psicológico del protagonista. La dirección escénica de Willy Decker, en esta producción, intenta avivar la ilustración de la pasión atormentada del viejo escritor Aschenbach valiéndose de reiteradas proyecciones y una meticulosa dirección de escena, con el soporte de una sobria escenografía y un vestuario de sugerente coloración. A pesar de ello, y de lograr algunos cuadros de exquisita entidad plástica, la evolución del drama decae en la monotonía de sus extensos monólogos, incapaces de mantener una tensión dramática de forma fluida.

Entre el reparto de intérpretes destacó la intachable prestación de Hans Schöpflin en el rol protagonista, papel omnipresente en el escenario y de gran exigencia musical que obtuvo una vigorosa interpretación por parte de este intérprete debutante en el Liceu. Impecable también la interpretación del bajo-barítono Scott Hendricks en el polifacético papel de viajero, que a su vez pudo encontrar su mejor contrapunto en la voz etérea y deliciosamente timbrada del contratenor Carlos Mena (voz de Apollo).

Sebastián Weigle dirigió la Simfònica del Gran Teatre del Liceu con esmerada intención y fluidez discursiva, poniendo de relieve la amplia riqueza de matices expresivos de la partitura. El público aplaudió prácticamente con unanimidad la obra y el montaje, aunque su recepción estuvo lejos de despertar entusiasmo.

Fotografía: © Antoni Bofill,
Cortesía del Gran Teatre del Liceu de Barcelona
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