Ópera en Madrid
Juan Diego Flórez galvaniza el Teatro Real
(Por Alicia Perris)
Orphée et Eurydice (versión de concierto) de Christopher Willibald Gluck (1714-1787). 2 de junio de 2008. Libreto de Pierre-Louis Moline, basado en el original italiano de Ranieri de Calzabigi. Director musical, Jesús López Cobos. Director del coro, Meter Burian. Orfeo, Juan Diego Flórez. Eurydice, Ainhoa Garmendia y Amor, Alexandra Marianelli. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real.
Esta otra revisión del mito de Orfeo y Eurídice, fue estrenada en la Académie Royale de Musique de París, el 2 de agosto de 1774 y en España en versión original en italiano, en el Teatre de la Santa Creu de Barcelona, el 4 de noviembre de 1780. La partitura se abre con una bella obertura, que hace predecir la delicadez y la dulzura de la música en esta ópera de Gluck. Muy pronto, Orfeo engarza unas lamentaciones dolorosas y tiernas, donde no deja de repetir con una inefable melancolía el nombre de su amada, Eurídice. Destacan el aria “Objet de mon amour” y más adelante, ya informado el rapsoda de la posibilidad de reencontrarse con su enamorada, entona le virtuosísima arietta “L´espoir renaît dans mon âme”.
Una partitura muy exigente para el tenor, prácticamente en constante presencia en escena, se desenvuelve en el acto II en el solo con coro “Laissez vous toucher”, en la que el desesperado hijo de Apolo intenta conmover a los espíritus de las tinieblas. Y más tarde, escuchamos, en la misma línea nostálgica, “La tendresse qui me presse”.
Para celebrar el reencuentro de los amantes, Gluck escribió una danza muy hermosa, la “Danza de los espíritus bienaventurados”, expresiva y sugerente, en Fa Mayor, para dos flautas y cuerdas. El canto de Eurídice es apacible como su propio temperamento, juvenil e ilusionado a pesar de haberse adentrado en las garras de la muerte y del inframundo: “Cet asile aimable”, lo demuestra. En el acto III, encaminándose hacia el desenlace, “J´ai perdu mon Eurydice”, expresa a través de Orfeo, el dolor reencontrado y la desesperanza, un alegretto sublime que lo convierte en uno de los pasajes más celebrados de Gluck. Esta versión con un final feliz, se resuelve con el terceto del dúo de la pareja de enamorados, acompañados de Amor en “Tendre amour”.
El texto francés de la ópera es de una sonoridad y una belleza que conmueven al oyente, dicho con una elegancia y una pronunciación sobrecogedoras por Juan Diego Flórez, que a lo largo de la noche, fue conduciendo al público por un sendero de encantamiento mágico y carismático. Enhorabuena también a la supervisora de dicción francesa de la función, Jeannine Bouché de Español por su trabajo, excelente y de largo aliento. En silencio absoluto los oyentes en la sala, como si fuera testigos mudos de un hecho incontestable para todos: la armonía y la comunión que pueden establecerse, como en este caso, entre un tenor privilegiado y una partitura única, dirigida por un López Cobos que sabe acompañar, no competir con los cantantes, ofreciendo lo mejor de su savoir faire en la guía equilibrada y sutil de la orquesta y el coro.
Bien Amor, en la voz de Alexandra Marianelli y Ainhoa Garmendia en el rol de Eurídice, pero hay que concluir y cuanto antes, que Juan Diego Flórez se convirtió en el protagonista absoluto de la velada. Es un tenor con una voz educada, hermosísima, fino, delicado, pendiente de cada gesto, de cada respiración, de cada movimiento. Con un fraseo especial y una dicción en el francés, que se entiende y se disfruta. Consiguió hacer con el público lo mismo que su personaje: enternecer y subyugar a los oyentes, que se rindieron ante su gallardía, sin condiciones. Los aplausos fueron muchos y merecidos. Nunca podremos agradecerle lo suficiente que un tenor de su categoría nos haya recordado que alguien todavía puede disfrutar y hacer disfrutar al público mientras le brillan intensamente los ojos, porque no canta por cantar, ni de oficio, ni porque simplemente puede y sabe hacerlo. Este joven irradia vitalidad y seducción. Es tan musical y de una ternura tan transparente, que puede, como Orfeo, conmover hasta a los espíritus más fríos y despiadados del Hades. Juan Diego Flórez nos ha devuelto la ilusión de acudir a la ópera, porque nos ha recordado que el placer de la música, en un mundo tan subjetivo y proceloso como el de la ópera, está para él, para nosotros, intacto, vivo.
Para terminar podríamos incluir los últimos versos de Orfeo al final del III Acto:
“Célébrons pour jamais / “¡Celebremos para siempre,
Célébrons tes bienfaits / celebremos tus bondades
Quels transports et quel délire!” / ¡Qué pasión y qué delirio!”
Y también las frases dulcísimas del Coro, un texto casi en estado de gracia, que cierran la inspirada partitura de Gluck:
“Il embellit la jeunesse ,/ “Embellece la juventud,
Il réunit la grâce et la beauté ./ une la gracia y la belleza.
(...)
Ce dieu charmant, lorsqu´il s´envole, / Este dios encantador, cuando se va,
Nous laisse l´amitié pour essuyer nos pleurs…” / nos deja la amistad para enjugar nuestro llanto…”.

