Conciertos en Madrid
“Incompletas” complementarias en el Auditorio Nacional
(Por Carlos de Matesanz)
Temporada Ibermúsica. 26 de mayo de 2008, 20:00 h, Auditorio Nacional. Orquesta Sinfónica de Londres. Dir: Colin Davis. Schubert: Sinfonía nº 8 en Si menor, Bruckner: Sinfonía nº 6 en La mayor.
Ciclo Sinfónico Caja Madrid. 2 de junio de 2008, 20:00 hrs, Auditorio Nacional. Orquesta Sinfónica de Viena. Dir: Fabio Luisi. Schubert: Sinfonía nº 8 en Si menor y Sinfonía nº 9 en Do mayor.
La casualidad ha querido enfrentar dos interpretaciones de la Sinfonía Incompleta de Schubert opuestas y, precisamente por ello, complementarias en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Dos interpretaciones de gran nivel que han permitido contemplar una de las más populares e intensas sinfonías del Romanticismo musical desde un doble punto de vista especialmente revelador.
Sir Colin Davis celebra sus espléndidos 80 años dando una gran gira internacional con la orquesta de la que fue titular hasta hace un par de temporadas y que es una de las agrupaciones con las que más y mejor ha colaborado a lo largo de su extensa vida profesional, tanto en conciertos como en estudios de grabación: la Sinfónica de Londres. Recalaba en Madrid con dos programas Schubert-Bruckner, muy esperados, el segundo de los cuales se abrió con la mencionada Octava schubertiana.
Sir Colin, que domina al conjunto casi sólo con la mirada, ofreció la interpretación que de él se esperaba: pulida, elegante y pluscuamperfecta
Sir Colin, que domina al conjunto casi sólo con la mirada, ofreció –con la aparente soltura y naturalidad que sólo fluye de los grandes veteranos– la interpretación que de él se esperaba: pulida, elegante y pluscuamperfecta; pero (y esto no lo esperábamos todos) también lírica y efusiva, de una ternura risueña realmente inefable. Ofreció la cara más ensoñadora y amable –sin caer jamás de los jamases en cursilerías, faltas de tensión o detalles ñoños– de tan gran obra. La meditación –que la hubo, y profunda– pudo evocar la tristeza, pero dio de lado tajantemente a la desesperación. Con esta visión y con el dominio técnico del maestro, ya zorro viejo en el sinfonismo schubertiano (recuérdese su integral con la Staatskapelle de Dresde para RCA), la Sinfónica de Londres brilló en todo su esplendor: sus míticas cuerdas siguen siendo de las más empastadas y perfectas del continente y las maderas estuvieron sencillamente memorables, pura poesía todas sus intervenciones (especialmente las del clarinete, Andrew Marriner). Como era de esperar, todas estas virtudes –más unos metales buenos pero no ostentosos– brillaron también en la segunda parte, en la Sexta de Bruckner que, a pesar de una cierta falta de garra en el Scherzo y de grandeza en el Finale, tuvo una traducción magnífica, con un tiempo lento de gran belleza. Mucho mejor que la Séptima del día anterior.
Con una orquesta notablemente peor, Fabio Luisi ofreció justo una semana después, la otra cara de la Incompleta de Schubert: la visión dramática, atormentada, deseperanzada
Con una orquesta notablemente peor, Fabio Luisi ofreció justo una semana después, la otra cara de la Incompleta de Schubert: la visión dramática, atormentada, deseperanzada; una interpretación muy enérgica, pero controlada en todo momento por una batuta que sabía dónde quería ir y cómo conseguirlo. Lo malo es que, de aquel sonido empastado y ligeramente dorado de las cuerdas de los sinfónicos vieneses de los tiempos de Karajan, apenas queda algo en la parte grave; los violines de la principal orquesta de conciertos de “la capital de la música” adolecen de sonido duro y no se aprecia en toda la agrupación una especial exactitud ni un gran entusiasmo. Con su “otra” orquesta, la espléndida Staatskapelle Dresden, hubiéramos podido hacer una comparación realmente reveladora entre el enfoque desgarrado de la Incompleta de Luisi y el sereno y lírico de Davis. El maestro italiano completó su programa con una interpretación bulliciosa, enérgica y optimista –salvo en la parte central del Andante con moto, tensa y dramática– de la última sinfonía del mismo autor: la Grande, en la que volvieron a darse los desajustes y asperezas de la primera parte, pero donde el maestro llevó a la orquesta con un pulso inquebrantable, sin desequilibrar la música más que al comienzo del Scherzo.
Sir Colin Davis dicta sus últimas lecciones de magisterio, haciendo gala de sus armas de siempre (elegancia, dominio, efusión lírica y una cierta distancia) y Fabio Luisi comienza a impartir las suyas, con no menor dominio y gran fuerza e inteligencia. Dos generaciones de excelentes maestros parecen haberse dado la mano, gracias a la música de Schubert, en este fin de temporada en Madrid.

