Temporada de Juventudes Musicales de Madrid

El sir francés y la música que surge de un bolígrafo

(Por Carlos de Matesanz)

5 de junio de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Coro Monteverdi, English Baroque Solists. Dir: John Elliot Gardiner. Poulenc y Messiaen: Motetes, Duruflé: Requiem Op. 9, Bruckner: Misa nº 2 en Mi mayor.
16 de junio de 2008, 20:00 h, Auditorio Nacional. Solistas, Orquesta Barroca de Friburgo. Dir: René Jacobs. Händel: “Giulio Cesare in Egitto” (versión de concierto).
Coro Monteverdi

Dos grandes directores, especialistas en la música del siglo XVIII, han clausurado fabulosamente el Ciclo de Conciertos y Solistas Extraordinarios 2008 de Juventudes Musicales de Madrid, uno de los más redondos y vistosos de los últimos años. El primero de esos directores, sir John Elliot Gardiner, en sus últimas apariciones en este ciclo madrileño (Pasión según San Mateo de Bach, Las Estaciones de Haydn, las últimas sinfonías de Mozart) ha protagonizado veladas memorables. Este año ha vuelto a triunfar, pero menos, por culpa de un compositor que, a juzgar por su grabación de la Misa nº 1 en D.G., se le resiste tenazmente: Anton Bruckner. En interpretando su singular y nada fácil Misa nº 2, para coro y conjunto de vientos, escuchamos claridad expositiva y bellos sonidos en las partes más recogidas –con una interpretación conmovedora e impecable– pero falta de fuste en los crescendi tan típicos de Bruckner y en las explosiones de grandeza espiritual que los siguen; es decir: faltó tanto ilación como tensión. En otras circunstancias, esto apenas habría sido reseñable, porque la lectura fue buena. Pero esto ocurrió tras una primera parte sencillamente perfecta, en la que el Coro Monteverdi revalidó con creces su fama universal en cuatro piezas del repertorio francés que Gardiner –atinadísimo siempre en la música gala, de Rameau a Dutilleux– dirigió con enorme sensibilidad. En O Magnun Mysterium y Exultate Deo de Francis Poulenc, el coro a capella, lució un timbre purísimo en las sopranos y un infrecuente relieve en los tenores, destapando un tarro de esencias delicadísimas en el que los pianísimos de los poco más de treinta coristas llenaron toda la sala; mientras que en el “O Sacrum Convivium” de Messiaen, esas mismas voces crecieron en el clímax de la pieza, fundiéndose de tal manera con el órgano acompañante a plena potencia, que, literalmente, atronaron el mismo espacio que antes habían acariciado. Después de semejantes exhibiciones, en piezas muy breves, no es de extrañar que el extenso Requiem de Maurice Duruflé –en su versión con órgano, no con orquesta– se lo merendaran, bordándolo en todo momento. Los solos corrieron a cargo de dos voces del coro: Annie Gill (mezzo) y Alex Ashworth (bajo).

René Jacobs

Si Gardiner, a pesar de ser especialmente atinado en la música del XVIII, tiene un repertorio amplísimo que va de Monteverdi a Britten, el belga René Jacobs –especialista en ese mismo siglo– rara vez sale de él (vg: su exótico Tancredi rossiniano con que visitó varias ciudades de España la temporada pasada). Poco presente en las temporadas madrileñas, cerró la de Juventudes Musicales con una de las obras cuya grabación más gloria le han dado: el Julio César de Händel, que se dio en versión de concierto (un poco escenificada, con entradas y salidas de los solistas, y algo de movimiento dramático). Semejante operón pierde fuera de escena, pero aun así, la velada fue soberana y el público lo reconoció con una ovación de lujo al final, cerca de la media noche. No fue para menos, especialmente en lo que a Jacobs respecta. Con una orquesta con instrumentos de época de alto nivel técnico (¡qué solo de trompa natural en el “Va tacito e nascosto” del acto I!), Jacobs no sólo acompañó magníficamente –probablemente, por haber sido cantante antes que director–, sino que en todo momento extrajo un sonido grande y generoso de una orquesta barroca de sólo 33 músicos; imaginativo en el fraseo y la articulación, pero jamás excéntrico, consiguió que hasta los más coyunturales recitativos estuvieran llenos de vida: una maravilla de tres horas y media de duración, que Jacobs marcó sin desmayo y con gran claridad, de principio a fin, empuñando no una batuta... ¡sino un boli Bic! (qué tío ¿será ese su secreto?).

El reparto, extraordinariamente compacto pero sin grandes voces –recuérdese el que pudo escucharse en el Real con Larmore y Bayo–, estuvo formado exclusivamente por especialistas en el canto barroco. Así, el contratenor Lawrence Zazzo, con voz amplia y muy cubierta, de gratísimo timbre, y notable expresividad hizo un César noble, de fiato algo corto y algún sofoco por abajo, con necesidad de descolocar la voz de cabeza en los graves. Aunque en punto a expresividad, la que se llevó la palma fue la Cleopatra de la sopranino Sandrine Piau, un tanto superada al principio por su tremenda parte, pero que fue creciendo hasta alcanzar cotas de excelencia en el lamento del acto II y en el famoso “Piangeró” del III (arruinado, por cierto, por un móvil criminal, justo al final). El contratenor Christophe Dumaux podía haberle sacado más partido histriónico al papel del Tolomeo, pero lo cantó bastante bien, con voz menos importante y bella que Zazzo pero con más registro y mejor coloratura. Los papeles de Cornelia y Sesto fueron cantados por dos suecas de bandera: Kristina Hammarström y Malena Ernman, respectivamente. Con voces un tanto impersonales pero con una musicalidad y una profesionalidad de primera, defendieron óptimamente sus partes con la misma arma: voz de mezzo lírica; por eso, sacó mejor partido del suyo la Ernman, ya que para el tremendo papel de Cornelia se requiere una voz más oscura, de auténtica contralto, que la Hammarström cubrió sin ahogos pero, también, sin esa especial vibración, ese estremecimiento desolado que el papel requiere. Andrew Davis (Curio), Andrew Radley (Nireno) y Nicolas Rivenq (Achillas), cumplieron sin más, siendo de destacar la incurable sosería de este último.