Crítica de discos
Mahler por Bernstein en Deutsche Grammophon
(por Joaquim Zueras Navarro)
Mahler III. Symphonies 8, 9, Andante-Adagio10 /Das Lied von der Erde. Wiener Philharmoniker, Concertgebouw Orchestra. Leonard Berstein, conductor. Collectors Edition 00289 477 5187.
La nueva publicación de las Sinfonías de Mahler que dirigió en su día Leonard Bernstein, agrupadas ahora en Deutsche Grammophon-Collectors Edition a un precio atractivo, nos recuerda una vez más que tales grabaciones constituyen un punto de referencia obligado para todos los seguidores mahlerianos y un material muy satisfactorio para quien desee iniciarse en la música del compositor bohemio. Para no extenderme en exceso, me centraré en el tercer álbum, aprovechando un motivo tan prosaico como que mis vinilos de la Novena pedían a gritos que se les jubilara a causa de su frecuente uso.
La Octava Sinfonía es conocida como la “De los Mil” por el número de intérpretes que precisa: gran orquesta y órgano, tres sopranos, dos contraltos, tenor, barítono y bajo, coro de niños y doble coro. Con toda seguridad por este motivo es la sinfonía menos grabada y su monumentalidad supone además un reto para cualquier ingeniero de sonido. Mahler la compuso en 1906, pero no se estrenó hasta 1910 en Munich ante más de tres mil personas, entre las cuales se encontraban destacadas personalidades de la música, del arte y de la literatura europeas. El éxito fue clamoroso, aunque algunos acusaron a Mahler de componer una música esotérica y desconcertante. Los dos textos utilizados son el Veni Creator eclesiástico y la escena final del Faust II de Goethe. Federico Sopeña describió la obra como la máxima representación del último paraíso mahleriano soñado en busca del ideal imposible. José Luis Pérez de Arteaga, musicólogo coleccionista de las grabaciones de Mahler, califica esta ejecución con la nota máxima (gran estrella).
Cuando empezó a leer la recreación alemana de Behtge de unos antiguos poemas chinos, Malher, muy apenado por el fallecimiento de su hija María, emprende la composición de Das Lied von der Erde (La canción de la Tierra), “Lied-Symphonie” que no numeró por superstición, impregnada de melancolía, en donde se entonan versos como “espero impaciente alcanzar la felicidad postrera”. Para muchos es su obra más hermosa y emotiva. Escrita en 1908 para tenor, contralto o barítono y orquesta, se estrenó en 1911 en Munich bajo la dirección de Bruno Walter. Deryck Cooke expresó así el clima en que se desenvuelve: “Punzante conciencia dual de la amargura de la mortalidad y sensitivo éxtasis de estar vivo”. En esta formidable interpretación actúan como solistas dos reconocidas figuras del canto: James King como tenor y Dietrich Fischer-Dieskau como barítono.
En 1909, además de su trabajo en la ópera neoyorkina, forma la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Regresa a Europa y en Toblach termina la Novena Sinfonía. En palabras de Pérez de Arteaga “en ella despliega su capacidad de expresión en un abrazo a la existencia como mundo, como universo, con mucho de iluminado panteismo”. Si en la Octava hay sobreabundancia, en ésta predomina la serenidad, la ausencia de texto, la economía instrumental y contrapuntística, el tono quedo pese al Rondo burlesco lleno de ironía y sarcasmo; en suma, la expresión desnuda, por momentos descarnada, de quien se debate entre ser y dejar de ser. Leonard Bernstein, que la dirigió en repetidas ocasiones, ha sabido transmitir la tensión contenida entre anhelo y angustia de manera diáfana, lo que afortunadamente nos aleja de otras versiones confusas y vacilantes en las que apenas se distinguen los relieves, tan necesarios para captarla en su totalidad a través de la sutileza de sus detalles.
Un año después, durante su último verano, planificó los cinco movimientos de la Décima Sinfonía, pero sólo pudo completar el primero: Andante-adagio. Por las audacias armónicas de la partitura, algunos estudiosos se han preguntado si Mahler no se sitúa desde su tardorromanticismo a las puertas de la vanguardia. Varios compositores intentaron completar la Décima a partir de los papeles en poder de Alma Mahler, entre los que sobresale el inglés Deryck Cooke, quien recibió de ésta el visto bueno a su labor. Intentos honestos y concienzudos, no exentos de críticas, que a unos convencerán y a otros no.
Así como Mahler no dudó en reorquestar las obras de otros compositores, entre ellos Beethoven, para que adquirieran una dimensión sonora más amplia, el trabajo de Bernstein ha sido, por contra, someterse con rigor a las indicaciones de la partitura, que en Mahler son copiosas, junto con un conocimiento profundo del compositor. Del trabajo disciplinado, con excelentes intérpretes, infundiéndoles su peculiar energía eléctrizante, dan fe estos álbumes.

