Conciertos en Madrid
Fin de temporada de la Orquesta Nacional de España
(Por Carlos de Matesanz)
Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España.
7 de junio de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Dir: Kirill Petrenko, Julian Rachlin (violín). Kodály: Suite de “Háry Janos”, Sibelius: Concierto para violín en Re menor, Op. 47, Rachmaninov: Danzas Sinfónicas, Op. 45.
14 de junio de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Dir: Josep Pons, Angela Brown (soprano), Ekaterina Gubanova (mezzo), Andrew Richards (tenor) y Dejan Vatchkov (bajo). Verdi: Messa da Requiem.
La Nacional sigue sin ser la mejor orquesta de España, que es lo que Pons pretendía conseguir cuando asumió su titularidad, pero algo ha mejorado... a despecho de los agoreros que aseguran que la agrupación está peleadísima con su director y al borde de su enésima crisis. Hace unos años –en la época Ceccato y post-Ceccato–, el resultado de los dos programas que han cerrado el presente curso nos hubiese parecido inalcanzable. Y eso que no han sido deslumbrantes, ni los mejores de la temporada.
Las jóvenes batutas han dado muy buen resultado este año ¿Se estará volviendo la Nacional sensible a la moda de directores de tierna edad y fuerte carácter que aqueja actualmente a las orquestas británicas? Después de Ilan Volkov, Gustavo Dudamel y el magnífico Tugan Sokhiev, Kirill Petrenko dominó a la ONE en un programa difícil técnicamente, pero de gran lucimiento también. Sencillamente magnífica la brillante Suite de “Háry János” de Zoltán Kodaly, probablemente lo mejor del concierto; muy entonado el acompañamiento del Concierto de Sibelius, infinitamente mejor que el escuchado unos días antes a un despistado Stefane Dénève al frente de la Nacional Escocesa; y un Rachamaninov de altura. Bajo el engañoso título de Danzas Sinfónicas, se esconde en la Opus 45 de don Sergej su auténtica “cuarta sinfonía”, una obra triste y, además, nostálgica, que no es lo mismo, con un fondo de desengaño –a veces patente– pero también con dulzura y resignación. Dar con la esencia de una música así, compuesta poco antes de la muerte de tan gran autor, no es fácil para ningún director y menos para un joven treintañero en la flor de sus potencias. Pero si bien puede que Petrenko no desentrañara la esencia última de la obra, lo cierto es que la dirigió con gran tino, sorteando sus muchas trampas técnicas, sin caer ni en tremendismos ni en blandenguerías, vadeando hábilmente las zonas flojas de la composición (que alguna tiene) y llevándola a buen puerto sin apenas despistarse. Párrafo aparte merece la magnífica prestación solista de Julian Rachlin en el Concierto de Sibelius. A falta de un violinista de sonido grande y temperamento a la misma medida, estilo Oistrakh, Rachlin –como Vengerov, Zehetmair y algún otro– es de los pocos que puede servir esta obra tan exigente con buenos medios y suficientes arrestos... aunque en este concierto siempre queremos todavía más.
El programa de clausura de la temporada se resume más fácilmente: mucho ruido y bastantes nueces, pero no tantas como debería. Es el Réquiem de Verdi una obra que parece propiciar el despiporre decibélico y Pons se abandonó a tal práctica en toda la primera parte, en los momentos decisivos del Dies Irae; y no se lo reprocharíamos si, tras tanto ruido, hubiese habido tensión y drama. No parece que el muy peculiar universo sonoro de Verdi sea el campo musical más afín a las inquietudes y aptitudes de Pons, que lo sirvió con escasa variedad y sin emocionar especialmente... cosa que, en esta obra es pecado. Aun así, hay que admitir que le ha quedado mejor que las otras dos grandes obras sinfónico-corales que ha dirigido esta temporada: Réquiem Alemán de Brahms y Elías de Mendelssohn. La lectura fue bastante buena técnicamente y el acompañamiento a los cantantes muy correcto; la orquesta no sonó mal ni aun en los momentos de mayor fragor y se la notó más concentrada que en otras oportunidades; formalmente, todo quedó muy bien. La parte realmente buena vino por parte de los cantantes; especialmente de las damas: una auténtica soprano spinto, de voz muy bella, especializada en Verdi y triunfante en el circuito operístico americano, cantando esta música al estilo de las grandes “damas negras” de su país, de Anderson a Sebron, pasando por Price, Verret, Bumbry y Norman, y una mezzo que, sin el registro grave que la parte demanda pero con mucha sensibilidad, le dio perfecta réplica. El bajo, muy joven, tuvo un pasar, y el tenor –que sustituía al inicialmente previsto José Bros, con el que las cosas hubiesen sido de otro modo– cantó bien las partes de conjunto pero, a pesar de tener voz grata y buena técnica, anduvo escaso en el Ingemisco e interpretó el Hostias con un bochornoso falsete de vergüenza ajena que casi nos llevó a adelantarle los dos bofetones que Verdi, revolviéndose en su tumba, le dará el día que se lo eche a la cara.

