Ópera en Valencia
El triunfo de los conjuntos
(Por Fernando Morales)
Palau de les Arts Reina Sofía. 27 de mayo de 2008. Turandot, drama lírico en tres actos. Música: Giacomo Puccini (completada por Franco Alfano). Libreto: Giuseppe Adami y Renato Simoni a partir de la obra de Carlo Gozzi. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala el 25 de abril de 1926. Turandot: Maria Guleghina. Calaf: Marco Berti. Liù: Alexia Voulgaridou. Timur: Alexander Tsimbaliuk. Emperador Altoum, Príncipe de Persia: Javier Agulló. Ping: Fabio Previati. Pang: Vicenç Esteve. Pong: Roger Padullés. Un Mandarín: Ventseslav Anastasov. Dos doncellas: Inmaculada Burriel, Jacqueline Squarcia. Producción Palau de les Arts Reina Sofía. Director Musical: Zubin Mehta. Director de Escena: Chen Kaige. Escenógrafo: Liu King. Vestuario: Chen Tong Xun. Iluminador: Albert Faura. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francisco Perales. Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados. Director de la escolanía: Luis Garrido.
Sin duda alguna, Turandot es, con sus grandes escenas corales, la más musorgskiana de las partituras puccinianas y gracias a los presupuestos del gran cineasta chino Chen Kaige en esta nueva producción de la ópera póstuma del genio de Lucca, esta característica se ha potenciado hasta el punto de convertirla en casi la protagonista de la velada.
Contar con un coro de la categoría del Cor de la Generalitat Valenciana es toda una garantía para brillar con fulgor en estas escenas, pero también lo es tener una escolanía de la entidad de la de Nuestra Señora de los Desamparados que dirige Luis Garrido y que año tras año han demostrado en sensacionales intervenciones en Tosca, War Requiem, Tercera de Mahler, y un largo etcétera, ser uno de los coros de voces blancas más importantes de la geografía nacional, siendo comedidos con esta afirmación.
Muy interesante fue la dirección escénica de Kaige, en especial en el segundo acto cuando los miembros del coro aclamaban levantando banderines al emperador, presentado como un anciano borracho y decrépito, personaje que fue encarnado con acierto por el tenor local Javier Agulló, quien de cualquier manera no trató de exagerar los rasgos indicados por el compositor de cantar “con la voz fatigada de viejo decrépito”.
Llamó poderosamente la atención la infinita escalinata que ascendía al palacio imperial, así como la fachada exterior con sus escalinatas y que servía para ubicar la práctica totalidad de la acción. El vestuario de Chen Tong Xun, espectacular, cayó en la habitual contradicción de presentar al anciano y depuesto Timur con ropajes de vagabundo y aspecto sucio con la deslumbrante vestimenta de su esclava y compañera de jornadas errantes Liù.
Sería interesante, por otra parte, analizar los motivos que llevan a una serie de personajes a triunfar cualquiera que sean las prestaciones vocales técnicas o musicales de los intérpretes que los encarnan. La Azucena del Trovador, Lauretta de Schicchi, Nanetta y Fenton de Falstaff o la Micaëla de Carmen, Timur y Liù entrarían dentro de esta categoría. Ambos roles fueron de los más aplaudidos de la noche si bien ninguno de sus dos intérpretes me causara especial asombro. La Liù de Alexia Voulgaridou no tuvo esa flexibilidad fluctuante, esa delicadeza acariciadora y esa ternura infinita que presenta el personaje. Tanto el Signore ascolta como la maravillosa aria final Tu, che di gel sei cinta fueron excesivamente monolíticas. Cierto que no le faltaban condiciones a la cantante, que mostró una voz de lírico-ligera apreciable, de bello timbre y bien emitida, pero sin duda no supo penetrar esa sensibilidad femenina tan particular de los personajes femeninos puccinianos.
Parecidos términos se pueden aplicar al Timur de Alexander Tsimbaliuk, voz noble y redonda, pero que tampoco conmovió en sus intervenciones vocales, especialmente en el momento culminante cuando despide a su esclava muerta.
Más interesante fue el Calaf de Marco Berti. Voz plena, brillante, bella, poderosa, cuenta con todos los agudos para este atractivo personaje, de hecho dio la más alta nota en el famoso Ardente d’amor, aunque su empleo del portamento para alcanzar tales altura fuera excesivamente recurrente y evidente. No quiero parecer reiterativo, pero también su interpretación del príncipe ignoto fue monolítica. En su caso, no sólo por falta de matización vocal sino por nula intención actoral sobre las tablas. Lo salvó unas condiciones vocales más que suficientes para abordar al personaje, aunque con tanto bello escrito se hubiera podido desear más…
La gran soprano rusa Maria Guleghina era el gran reclamo vocal de la producción. Estrenaba el papel de Princesa Turandot y tras su interpretación se podría decir que abordar tan peliagudo papel podría resultar poco adecuado para la cantante en estos momentos. Alcanzó con notorias dificultades los agudos de su terrorífica aria In questa reggia y necesitó recurrir casi al grito para darlas. En el dúo final se mostró menos incómoda y lo superó con mayores garantías.
Sin duda alguna y junto a las masas corales, lo mejor de la noche fueron las tres máscaras. Un trío sin fisuras, de más que notables cantantes y notables actores, pusieron la mejor nota de color a la jornada. La escena inicial del segundo acto fue, posiblemente, el momento más inspirado de la noche en lo musical, por su actuación y rendimiento vocal, pero también por apoyo del foso. Ciertamente, en esta escena fue donde más imaginativo se mostró Zubin Mehta. Cantó e hizo cantar a orquesta y cantantes y extrajo colores y timbres mágicos. No es que en el resto de la ópera no estuviera a la altura de su prestigio, pero sí es cierto que su dirección en el resto de la obra fue más standard por llamarlo de alguna manera. Se acercó a los logros alcanzados en la mencionada escena de las máscaras en la muerte de Liù, aunque la soprano no secundara la excelente ocasión que le brindó Mehta para lucirse, pero en otros momentos estuvo menos flexible y menos sugerente de lo que pudiera haberse esperado, mucho más en una obra tan bien dicha por tantos maestros, entre los que se cuenta él mismo.
Al final, quizá se hubiera agradecido acabar la obra con la muerte de Liù, tal como hizo en la noche del estreno Toscanini, porque por más que lo escuchemos y por muy loable que fuera el trabajo de Franco Alfano, el salto de calidad es tan evidente que no extraña que se hagan todavía intentos por encontrar un final más convincente o más decoroso para tan magna obra maestra.

