Festival de Músiques de Torroella de Montgrí

La exhumación de Domènec Terradelles

(Por Ovidi Cobacho Closa)

Obras de Domènec Terradellas y Niccolò Jommelli. Maria Grazia Schiavo (soprano), Marina Albero (salterio); Dolce & Tempesta. Dirección musical: Stefano Demicheli. Festival de Músiques de Torroella de Montgrí, Església Parroquial de Sant Genís, 1-VIII-2008.
Maria Grazia Schiavo

El Festival de Músiques de Torroella de Montgrí, declarado recientemente por la Generalitat de Catalunya “festival estratégico”, ha seguido apostando, un año más, por la inestimable labor de promover la recuperación del patrimonio musical y reivindicar formaciones e intérpretes emergentes. Una envidiable programación, que suma un gran número de producciones propias e intérpretes de gran relieve internacional, la consolidación de su orquesta de instrumentos históricos, rebautizada Acadèmia 1750, y la edición en CD de la producción del oratorio Juditha triumphans de A. Vivaldi, estrenado el pasado año bajo la prestigiosa batuta de Ottavio Dantone, sitúan a este certamen ampurdanés como uno de los eventos estivales más interesantes del ámbito estatal.

Una de las propuestas más atractivas de esta edición, especialmente para los amantes de la arqueología musical, que afortunadamente cada día son más (la novedad en el arte pasa hoy por la exhumación de cadáveres exquisitos, que diría el poeta), era el concierto dedicado al olvidado compositor de origen catalán Domènec Terradellas, del cual la Real Ópera de Cámara de Juan Batista Otero acaba de recuperar también la ópera Artaserse. Nacido en la Barcelona de 1713, en pleno conflicto bélico de la Guerra de Sucesión, y formado en el seno de la escuela napolitana (Francesco Durante), su nombre, italianizado como Domenico Terradeglias, bien pronto alcanzará un éxito extraordinario en el seno de la península italiana, sobretodo a partir del estreno romano de su ópera Merope, extendiéndose su fama por todo el continente europeo y siendo reivindicado por críticos, intelectuales y teóricos de la talla de Rousseau o Charles Burney.

Después de un periplo europeo que lo llevó a Londres y París (quizás también a Bruselas), fallecerá prematuramente en Roma a los 38 años de edad. Posteriormente, hacia el 1800, en pleno auge del Romanticismo, las causas de su muerte serán objeto de misteriosas conjeturas según las cuales Niccolò Jommelli, compositor de éxito del momento, podía haber impulsado su asesinato movido por la rivalidad y la envidia, ordenando su muerte a unos bravi que lo arrojarían al Tíber después de coserlo a puñaladas. Leyenda negra, a lo Mozart y Salieri, de la cual se hace eco el musicólogo Josep Dolcet en las notas al programa de mano y que casa mucho con el morbo romántico por ese tipo de historias novelescas de género oscuro, aunque su credibilidad histórica resulte más que dudosa, especialmente teniendo en cuenta que en su partida de defunción, publicada por Carreras i Bulbena, en el único estudio biográfico dedicado al compositor hasta el momento, consta que recibió los Santos Sacramentos en el lecho de muerte, cosa improbable de haber sido, efectivamente, acuchillado y hallado muerto en el Tíber. En cualquier caso, el sólo hecho de existir tal leyenda ya nos advierte acerca del reconocimiento y el prestigio que gozaba su figura a mediados del siglo XVIII: lo bueno y lo maldito siempre han ido de brazo en el transcurso de la Historia de las artes.

Rousseau, en su Carta sobre la música francesa, lo sitúa entre los grandes compositores de éxito del momento, junto a Porpora y Galuppi, entre otros; y Burney, en su Historia de la música, elogia su estilo y le atribuye la introducción del pianoforte en las representaciones operísticas. A pesar de todo ello, su música sigue perdida y olvidada en los anales del tiempo, sepultada en dispersos archivos, que son las bodegas de nuestra memoria y la vergüenza de nuestros olvidos. En Barcelona llegó a representarse su ópera Sesostri, re d’Egitto, en 1754, y muy probablemente también pudo escucharse alguna pieza suya en el pasticcio operístico titulado Il Maestro di Capella, interpretado en motivo de la visita de la infanta Maria Antonia de Borbón, el 4 de mayo de1750, por la primera compañía italiana de ópera que se instaló en la Ciudad Condal.

El concierto celebrado en Torroella de Montgrí, el pasado mes de agosto, nos brindó la oportunidad de escuchar algunas arias y oberturas de sus óperas más celebradas. Aunque el programa se planteara bajo el título “La rivalidad Terradellas – Jommelli”, en realidad estaba prácticamente integrado por obras del compositor barcelonés, con la única excepción de una rareza musical, una Sinfonía para salterio, que Jommelli dedicaría a uno de los hermanos Pla, músico catalán integrante de su orquesta en la corte de Ludwigsburg. Al finalizar la primera parte del concierto, después de escuchar la obertura de Merope y las arias “L’onda dal mar divisa” de Artaserse, “Se perde l’usignolo” de Sesostri, re d’Egitto y la versión de una de las escenas de Merope, convertida en cantata sacra por el músico de Olot, Ignasi Llor, se puso ya en relieve que estábamos asistiendo, sin lugar a dudas, a la exhumación de uno de los grandes representantes de la ópera seria del setecientos, que por aquel entonces era la de la escuela napolitana. Una música que ya apunta el avance hacia el clasicismo, con recitativos acompañados, sutilmente elaborados, y un relieve de la estructura y las secciones de viento, pero que aun mantiene lo mejor del belcantismo del barroco tardío: radiante y exquisito en coloraciones y ondulaciones melódicas, enérgico en la bravura, tierno y sensual en lo emotivo, fresco en la textura, incisivo y variado en los tiempos.

En la segunda parte, las arias de Merope (“Dono d’amica sorte” y “Dove si vide mai”) y de Sesostri, re d’Egitto (“Fra l’ombre del timore”), así como la obertura de esta última, vinieron a confirmar la excelencia de unas partituras que cabe reivindicar, sin complejos, entre lo más exquisito de la producción musical italiana de la primera mitad del diecisiete. Una estilística cercana y hermana a la de su rival Jommelli (otro gran olvidado, y hasta ingenuamente denostado), del cual pudimos gustar este breve y excepcional concierto para salterio, interpretado con gran eficacia por la intérprete catalana Marina Albero.

La brillante formación italiana Dolce & Tempesta, bajo la dirección de Stefano Demicheli, fue la encargada de oficiar la exhumación de estas obras, y lo hizo dando muestras de convicción, carácter y envidiable talento. Demicheli realizó una autopsia precisa y entusiasta, acentuando las dinámicas y el carácter de los tempi, subrayando el valor poético de las frases, la sensibilidad expresiva de las melodías y apurando el sentido dramático de cada pentagrama. A su vez, la excelente soprano de coloratura, Maria Grazia Schiavo, dio muestras de conocimiento y dominio estilístico del belcanto, luciendo una voz dúctil y homogénea en todos los registros, sumamente expresiva en los recitativos y virtuosa en las coloraturas. En suma, un concierto exquisito y de los de justicia, del cual, según nos consta, pronto existirá una edición en CD. Para mayor gloria de los incrédulos y los amnésicos, que no son pocos.

Fotografía: © Fidel Torrent
Cortesía del Festival de Músiques de Torroella de Montgrí
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