Ópera en Madrid
Un Real Idomeneo
(Por Carlos de Matesanz)
19 y 20 de julio de 2008, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Wolfgang A. Mozart: “Idomeneo, re di Creta”. Ópera en tres actos. Libreto del abate Varesco. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Opéra National de París y el Teatro alla Scala de Milán. Dirección musical: Jesús López Cobos, Dirección de escena: Luc Bondy, Escenografía: Erich Wonder, Iluminación: Dominique Bruguière. Idomeneo: Kurt Streit / Kobie van Rensburg, Idamante: Bernarda Fink / Joyce DiDonato, Illia: Cinzia Forte / María Bayo, Elettra: Emma Bell / Iano Tamar, Arbace: Francisco Corujo / Charles Workman, Gran Sacerdote: Eduardo Santamaría.
12 de julio de 2008, 20:00 h. Conciertos del Teatro Real. Solistas de la Sinfónica de Madrid. Wolfagang A. Mozart: Serenatas sobre”Così fan tutte” y “Don Giovanni”, Vicente Martín y Soler: Divertimento nº 6 para vientos.
El Idomeneo mozartiano cerró la muy criticada –pero justa y necesaria– temporada 2007-08 del Real con el toque de seriedad que ha caracterizado a todos los títulos que la han integrado. Lo que se oyó, más que lo que se vio, fue realmente digno de un teatro de primera. Y es que el montaje pensado por Bondy y realizado por Wonder ha sido de una pobreza de ideas similar a los vistos en otros títulos anteriores, como Tancredi o Tamerlano. Como único punto positivo, hay que agradecer la recuperación del telón de fondo pintado como recurso teatral muy expresivo, aunque no estuvo demasiado explotado. Unas pequeñas dunas de arena sintética y un par de bloques de hormigón, dando un juego mínimo, eran la única escenografía asaz cutre de un espacio por el que vagaban unos personajes un tanto abandonados a sí mismos.
Menos mal que éstos estuvieron interpretados por dos repartos realmente solventes –especialmente el del día 20 (cuyos integrantes van citados en segundo lugar en la ficha que encabeza esta página)–, que consiguió levantar de sus butacas a un público al que las óperas del XVIII se le suelen hacer demasiado largas. La voz timbrada y ancha del veterano Streit resistió con ventaja la comparación con la nasal y nada atractiva de van Rensburg (aunque este, mucho más joven, pudo mejor con la coloratura); pero ni la Fink ni la Forte tuvieron, en la pareja de enamorados, el brillo vocal y el carisma de la DiDonato y la Bayo (la primera se llevó la mayor ovación de las dos noches). Interesantes fueron las dos Elettras, de estilos bien diferentes: voz ancha, casi wagneriana, e interpretación directa, inmediata, la Bell; más rebuscada y belcantista la Tamar, de voz mucho más pulida y llena de recursos. Charles Workman (“Pretty Workman”) fue un Arbate de lujo la segunda noche, que se comió con patatas al cuasi debutante Corujo de la primera, pulcro pero totalmente inexpresivo... a pesar de lo cual, una clac de amigos y parientes le procuró una considerable ovación. Sorprendentemente mejorado el tenor Santamaría, que hizo el Gran Sacerdote en ambas veladas.

El Mozart serio parece convenir especialmente a la manera concentrada y a veces contemplativa –es decir, rematadamente sosa– de dirigir de López Cobos. Y así, la orquesta sonó expresiva y bella a lo largo de toda la noche (parece mentira que fuese la misma que berreó lo que quiso en la Cuarta de Tchaikovsky del Concierto de Santa Cecilia o que destrozó literalmente la Sinfonía en Mi mayor de Hans Rott en la clausura de su temporada concertística) pero quedó bien clara la falta de compromiso del director con los momentos más dramáticos –determinados recitativos acompañados y algunos coros tormentosos– de la obra.
Como pórtico a estas sesiones mozartianas, solistas de esta misma orquesta dieron un concierto delicioso en la recoleta Sala Gayarre unos días antes. Tanto las dos Suites de Mozart como el Divertimento de Martín y Soler son, en realidad, arreglos de fragmentos operísticos –en el caso del compositor valenciano, provenientes de Una cosa rara–; y el octeto de viento convocado a tal efecto los tradujo con una energía considerable. Como no hubo intermedio y los músicos estuvieron soplando a todo trapo durante una hora justa, alguno llegó medio asfixiado al final; lo que no es de extrañar, porque siempre vemos a dos o tres –y, generalmente, qué cruz, de la sección de vientos– fumando como cosacos en la entrada de artistas antes de las representaciones.

