Ópera en Valencia

¡España… gaignó!

(Por Fernando Morales)

Siegfried
Palau de les Arts Reina Sofía. 22 de junio de 2008. Siegfried, segunda jornada de El anillo de los nibelungos. Música y libreto: Richard Wagner. Estrenada en Bayreuth el 16 de agosto de 1876. Siegfried: Leonid Zakhozhaev. Brünnhilde: Jennifer Wilson. El caminante: Juha Uusitalo. Mime: Ulrich Ress. Alberich: Franz-Joseph Kapellmann. Erda: Catherine Wyn-Rogers. Fafner: Stephen Milling. Pájaro del bosque: Olga Peretiatko. Coproducción Palau de les Arts Reina Sofía y Maggio Musicale Fiorentino. Director Musical: Zubin Mehta. Director de Escena: Carlüs Padrissa. Videocreación: Franc Aleu. Escenógrafo: Roland Olbeter. Vestuario multimedia: Chu Uroz. Iluminador: Meter van Praet. Orquestra de la Comunitat Valenciana.

Con estas palabras y los brazos alzados en señal de victoria se despidió Zubin Mehta del entregado público valenciano que asistió a la última representación de Siegfried y que no pudo seguir el desenlace del partido de cuartos de final de la Eurocopa que enfrentó a España e Italia. Mehta dio la primicia con una sonrisa de oreja a oreja y un gesto inabarcable de satisfacción en su rostro, estado anímico que supongo que no tendría que ver con sus colores futboleros, sino que serían consecuencia de un nuevo y gozoso encuentro con la Orquesta de la Comunitat Valenciana de la que ya se enamoró el pasado año y con la que parece seguir viviendo un auténtico idilio.

El maestro indio subió al escenario a la orquesta al completo para que sus jóvenes integrantes recibieran las más encendidas ovaciones. Ya había puesto en pie Mehta a la orquesta cada vez que subió al podio, antes de iniciarse la ópera y antes de iniciar los actos segundo y tercero, cediéndoles a ellos todo el protagonismo de la noche.

Y con justicia. No voy a extenderme una vez más en los halagos hacia la formación orquestal del Reina Sofía, porque no sería sino redundar en lo ya referido, pero vaya solidez, capacidad de concentración, resistencia a la fatiga mental y física que sus profesores mostraron a lo largo de este monumento musical de más de cuatro horas de duración. El fulgor lírico alcanzado en el tercer acto, la luminosidad radiante de la cuerda en el dúo final, el estallido de luz del despertar de Brünnhilde… tenemos suerte los valencianos, y hay muchos, cultos y preparados, que todavía no conocen el nombre de Mehta o de Maazel –éste parece que por no mucho más tiempo-, ¡y los tenemos aquí, trabajando en nuestra ciudad! Ellos se lo pierden.

Ya sabemos cómo es Maazel y cómo es Mehta. El primero es puro instinto, casi improvisación, es chispa y magia, mientras que el segundo es un perfeccionista, un alquimista del equilibrio, de la coherencia y de la perfecta conjunción entre emoción y control. Es mucho más que un kapellmeister, por eso hay pocos como él en el mundo. Condujo Siegfried con pulso regular, sin entregarse a excesos, sin descontrolar los volúmenes ni enloquecer las dinámicas, no descubrió nada que no se conociera, no sorprendió con nada innovador… pero completó un discurso siempre coherente, equilibrado y absolutamente interesante.

Capítulo aparte merece el trabajo de La Fura dels Baus y su responsable Carlüs Pradissa. Cierto que el abuso de imágenes virtuales sobre las pantallas que se movían sobre el escenario llegaban a cansar, especialmente en el primer acto. También que las propuestas de La Fura dels Baus se han aburguesado bastante, pero en este punto, casi mejor para todos. Pero en líneas generales el trabajo ha sido excelente. En primera instancia, bravo para Carlüs –supongo que será Carles, pero si él lo dice…- Padrissa, porque demostró haberse embebido del drama nibelungo hasta la última gota. Respetó sin dejar de ser La Fura los planteamientos wagnerianos concediéndose puntuales pero muy interesantes licencias escénicas.

Se criticó en exceso que se hiciera cantar al Pajarillo del Bosque colgada literalmente de las alturas, pero aparte de ser muy vistoso y efectivo, tampoco a la afectada, Olga Peretiatko, pareció abrumarle en exceso –quizá en esta última función ya había dejado atrás el mal de altura–. Sensacional la roca de fuego que albergaba a Brünnhilde. Una plataforma circular portada a hombros por una veintena de personas con antorchas llevaba a Jennifer Wilson cuando ésta le tocó entrar en escena esperando a que Siegfried la despertara.

Sigfrido: el pájaro del bosque

Posiblemente lo más esperado fuera lo menos sorprendente, en mi opinión porque suele ocurrir que de lo que más esperas…, pero el gigante mecánico que encarnaba a Fafner luego de sorprender a la vista en un primer momento no produjo excesivo efecto dramático.

El escenario del primer acto resultó adecuado pero excesivamente monótono por la sucesión de imágenes repetitivas y los continuos paseos de varios operarios con mopas limpiando la estancia mientras Mime y Siegfried hablaban de los progenitores de éste. Muy lograda la escena del Viandante con el nibelungo con las tres preguntas en las que se jugaban la cabeza, mientras que el cuadro final de la forja fue un nuevo despliegue “made in Fura”.

Vocalmente la función fue de lo más gratificante, tras las templadas prestaciones alcanzadas en las dos precedentes propuestas puccinianas –Madama Butterfly y Turandot-. La presencia de Leonid Zakhozhaev en el papel titular fue adecuada en lo físico, correcta en lo escénico y prometedora en lo vocal. Le falta ensanchar la voz, darle robustez y redondez, sobre todo en los agudos y potencia para permitir a la orquesta tocar fuerte mientras él canta. Por esa mengua de potencia vocal Mehta condujo la forja con mucho freno y con volumen siempre controlado y aún así Zakhozhaev tuvo momentos en que no pudo superar la cortina sonora del tejido orquestal. Por lo demás, posee una voz adecuada, de timbre bello para ser un heldentenor, y es capaz de matizar bastante dentro de lo que este exigente rol permite a las voces de estas características.

Jennifer Wilson también produjo una impresión similar. Es difícil encontrar una soprano que pueda ofrecer un placer al oído como Brünnhilde a día de hoy. Wilson hizo olvidar malas experiencias y voces fallidas. Habría que escucharla en Walküre o en el Ocaso, donde tiene más presencia.

Excelente Juha Uusitalo como Caminante. Posiblemente lo mejor de la función. Una voz recia, robusta, timbrada, bien trabajada y sabiamente administrada. En lo escénico y pese a su corpulencia, se maneja con temple y sabiduría. Una delicia.

Los dos nibelungos, Mime y Alberich, como personajes agradecidos que son, triunfaron. Mime es, posiblemente con el papel de Donner, Sieglinde y Gutrune, el más efectivo para alcanzar el éxito. “Fácil” en lo vocal, simple y llano en lo dramático, simpático y repulsivo sin caer en retorcimientos o complicaciones especiales, fue perfectamente asumido en la última representación por Ulrich Ress. Muy solvente y convincente el experimentado Franz-Joseph Kapellmann como Alberich, personaje cuyo protagonismo escénico muere en El oro del Rin.

El bajo profundo que es Fafner lo encarnó con suficiencia Stephen Milling, quien apareció en escena cuando atravesado por la espada volvió al autómata que le albergaba como gigante. La Erda de Catherine Wyn-Rogers también fue solvente, aunque la manera que tuvieron de hacerla aparecer en escena fue un tanto forzada. El pájaro del bosque de Olga Peretiatko, otro personaje agradecido, superó sin problemas el escollo de cantar como si estuviera subida a un trapecio balancín.

Y para el año que viene, El ocaso, pero es que además, y como si se tratara de Bayreuth, el Palau de les Arts repondrá todo el Anillo completo, les recomiendo no perdérselo, y mucho más cuando puedo hacerles una escuchita: las entradas no se han agotado este año para Siegfried, la ocasión la pintan calva.

Fotografías © 2008 by Tato Baeza - Palau de les Arts Reina Sofía
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