Estreno mundial

“La Celestina” o la oportunidad perdida

(Por Carlos de Matesanz)

23 de septiembre de 2008, 20:00 h. Temporada de la Zarzuela. Joaquín Nin-Culmell: “La Celestina”. Estreno mundial. Coproducción: Fundación Ana Mª Iriarte, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y Teatro de la Zarzuela. Directora Artística: Ana Mª. Iriarte, Dirección Musical: Miquel Ortega, Dirección de Escena: Ignacio García, Escenografía: Domenico Franchi, Iluminación: Vinicio Cheli. Celestina: Alicia Berri (mezzo), Calisto: Alain Damas (tenor), Melibea: Gloria Londoño (soprano), Sempronio: José A. García Quijada (barítono-bajo), Pármeno: Andrés del Pino (barítono), Areusa: Carolina Barca (soprano), Elicia: Soledad Cardoso (soprano), Lucrecia: Belén Elvira (mezzo).
La Celestina

A pesar de haber sido concebida hace casi medio siglo, La Celestina, la única ópera compuesta por el germano-cubano-americano-español Joaquín Nin-Culmell –a quien no hay que confundir con su padre, también Joaquín Nin, músico y musicólogo–, acaba de nacer. Su autor, hombre discretísimo, espiritual y caballero, culto y muy sensible, murió hace cuatro años con el hondo pesar de no haberla logrado estrenar. Tal vez haya sido mejor así, porque se ha evitado el disgusto de comprobar sobre las tablas que su ópera es una obra sin cuajar y sin fuste dramático. Con una música bastante hermosa, de un estilo neoclásico veteado de instantes de fuerte y exquisito romanticismo; con una orquestación inquieta, sutilísima y llena de colores; con una escritura digna de quien, no en vano, fue durante muchos años director del prestigiosísimo Departamento de Música de la Universidad de Berkeley. Pero no hay continuidad en todos estos elementos de primera calidad, a los que se unen otros más deficientes, como la muy poco variada línea de canto, que remonta en las arias, pero que llega a ser torpe en las escenas de acción o diálogo. El libreto, también de Nin-Culmell, es de una concisión asombrosa si tenemos en cuenta la magnitud de la obra de Rojas en que se inspira; pero la música no logra conectar con él. Ni el libreto parece inspirar a la música más que en los momentos lánguidos, ni la música consigue elevar al libreto en sus instantes menos logrados. El resultado es que esta ópera cortísima –de 75 minutos justos– acaba haciéndose un poquito larga.

Por otra parte, bien puede considerarse que, a pesar del loabilísimo esfuerzo de las tres partes coproductoras del espectáculo –que hay que agradecer y felicitar muy especialmente–, las condiciones para el estreno mundial de esta Celestina no han sido las óptimas. Que el montaje hubiera de ser modesto forzosamente en un empeño como éste, llamado a no ser muy popular, era inevitable; la escenografía bastante apañada de Franchi –estéticamente fea, sólo tiene un cuadro bonito–, podría haber bastado si la casi inexistente dirección escénica hubiese conseguido mover con sentido y agilidad a los personajes por ella. No había ni que definirlos: la genial obra de Rojas ya los da bárbaramente definidos; sólo había que moverlos, hacerlos interactuar, decirles “levántate y anda”. Pues nada: los cantantes fueron, mayormente, tres pasmarotes protagonistas –la Celestina quiso echarle carne al personaje en algún momento– y cinco pasmarotes secundarios. Y si éstos hubieran cantado con sentido y potencia, todavía hubiéramos podido tener una buena Celestina; pero ni la protagonista titular ni el intérprete de Calisto estuvieron a la altura de sus cometidos, tan dramático el primero y tan lírico y efusivo el segundo: lástima. Los criados, a los que se les podía haber sacado mayor partido, tuvieron un pasar y sólo Gloria Londoño logró momentos de excelente canto y voz en la parte, no muy extensa, de Melibea. La dirección musical tampoco es que les animara demasiado.

Estreno de La Celestina

Para terminar, dos “probablemente”. Primero: probablemente, todas estas carencias tendrán su justificación en otras: falta de presupuestos, falta de ensayos, falta de tiempo, etcétera, etcétera. Pero, aun así, habría que haber exigido poder hacer las cosas mejor: la ópera, sin ser una obra realmente cuajada, lo merecería por sus bastantes momentos bellos. Segundo: probablemente, La Celestina de Joaquín Nin-Culmell sea sólo una obra floja con momentos bellos; pero si se la hubiéramos estrenado a don Joaquín no cuatro años después de muerto, sino cuatro –o cuarenta– antes de fallecer, hubiese podido trabajar con su riguroso oficio y su exquisita inspiración y hacer de ella algo que ahora nos parecería magnífico: una ópera española, reciente, interesante, bella y de lenguaje accesibilísimo. Pero como nos priva hacer las cosas tarde y mal –algo que en música siempre da pésimos resultados–, así nos luce el pelo: tenemos lo que nos merecemos... y dando gracias. Que, todo sea dicho, las damos: mejor esto que nada.