Schubertiada
El canto de la montaña negra
(Por Elisa Rapado)
Schubertiade Schwarzenberg (Austria) 2008. Seis días y nueve conciertos en el corazón de Vorarlberg.
Como cada año desde ese ya lejano 1976, la música de Schubert irrumpe con radiante luz en los últimos días estivales del bosque de Bregenz. A pesar de la privilegiada localización de la región de Vorarlberg, entre las fronteras de Alemania, Austria y Suiza, su acceso en transporte público o privado no deja de ser complejo. La fidelidad de los aficionados que cada año llegan de diferentes países europeos, tras superar un viaje a menudo largo y difícil, sería inexplicable de no ser por la atmósfera tan especial de un festival entrañable y cuidado, que dedica tiempo y espacio no sólo a los conciertos, sino también a las jóvenes generaciones a través de masterclasses o a las artes plásticas y fotografía, reunidas en diferentes exposiciones temáticas. A los viajeros les aguardaba una semana dedicada casi enteramente a los conciertos de Lied -10 de las 13 actuaciones; incluyendo las formaciones de dúo y cuarteto vocal- sin olvidar a ambos extremos de la semana la intervención de los Cuartetos Hugo Wolf y Kuss y el pianista Oleg Maisenberg.
Durante el concierto de tarde del lunes día 1 de septiembre, el reto del cuarteto Wolf (en una nueva formación con el violinista Sebastian Gürtler y la violista Gertrud Weinmeister) lo constituyó el compartir su intervención con Angelika Kirchschlager; quien puso voz al excelente monodrama Il Tramonto, de Resphigi. La dramática interpretación de la mezzo puso de manifiesto las similitudes de esta música con su inevitable modelo, el Erwartung schönbergiano. Esta música de gran formato fue servida quizá con mayor acierto que las miniaturas del Italianisches Liederbuch de Hugo Wolf, adaptadas con acierto por el propio Gürtler, puesto que hubiera sido necesaria una mayor reacción por parte del cuarteto a los bruscos cambios de humor presentes en los textos de Heyse, tan vívidos y llenos de guiños.
A las pocas horas tuvo lugar el concierto de Michael Volle y Heltmut Deutsch, quienes asumieron la tarea de presentar Der Taucher, titánico Lied de veinte minutos de duración escrito por un inmenso Schubert de apenas dieciocho años. Volle eligió resaltar la caracterización de los personajes así como la grandiosidad de la escena, apoyada en el sólido pianismo sinfónico de Deutsch, que aún brilló todavía más en los Lieder eines Fahrenden Geselle de Mahler y en los extractos del Knaben Wunderhorn. Quizá la voz de Volle no está en su mejor momento, si bien las dificultades quedaron compensadas gracias al buen oficio del músico y a su firme voluntad de hacer creíble el relato y compartirlo con el público. Esta complicidad también la consiguió Michael Schade -protagonista de un fresco monográfico schubertiano que tuvo lugar en la noche del martes- si bien filtrada a través de su peculiar y excéntrica personalidad. El programa recogía algunos ejemplos bien conocidos del catálogo schubertiano junto con otras hermosas piezas menos frecuentes como Herbst o Drang in die Ferne. El tenor, de naturaleza expresiva y nerviosa, resultó más convincente en las piezas frescas y juveniles (Lachen und Weinen, Der Musensohn) que en las de carácter serio o melancólico. Tal vez por esto el aplauso más efusivo de la tarde fue el dedicado a Martineau, pianista de elocuente sonido cristalino.
A lo largo de la jornada del miércoles, y a causa de la cancelación de Annette Dasch por infección respiratoria, algunos aficionados de la Schubertiade devolvieron sus entradas para disfrutar del buen tiempo, si bien fueron bastantes más los que sintieron curiosidad ante la presentación de su suplente, la jovencísima Mojca Erdmann, con un programa sugerente y vistoso que incluía Debussy, Mozart, Schumann y Strauss. Nadie quedó defraudado ante el descubrimiento de esta nítida voz de ligera, emitida con una naturalidad pasmosa en piezas tan comprometidas como los Ophelia lieder, Ständchen o Amor de Strauss, servidas con encanto y una pizca de ingenuidad que no pasó desapercibida al entregado público. A su lado, el versátil pianista Wolfram Rieger pintó de variados colores su profundo ideal platónico de pura belleza, envolviendo la limpia voz en atmósferas difuminadas y soñadoras. El resultado fue un recital tan cálido como amable.
El conocido barítono operístico Hanno-Müller Brachmann acompañado por Burkhard Kehring fue el encargado de diseñar la primera Liederabend del jueves día 4 de septiembre, que aportaba unas interesantes páginas goethianas de Busoni (quizá lo mejor resuelto por ambos músicos), varios lieder guerreros de Mahler pertenecientes al Knaben Wunderhorn y muy apropiados para la gran voz, así como tres de los Rückertlieder, quizá menos afines. La segunda parte, un poquito más breve, incluía lieder de Schubert sobre Schiller, Mayrhofer y Schlegel. A continuación tuvo lugar el esperado concierto del cuarteto vocal formado por Juliane Banse (en sustitución de Dorothea Röschmann, aquejada de laringitis), Angelika Kirschschlager, Ian Bostridge y Christopher Maltman, que interpretaron con frescura y carácter los dos ciclos de Liebeslieder Waltzer de Brahms. Del equipo de pianistas a cuatro manos formado por Julius Drake y Heltmut Deutsch pueden destacarse la brillantez y energía, servidas en un equilibrio impecable.
La señal de tráfico es genuina y no está manipulada: hay tres, en las tres entradas al pueblo, para evitar que los que llegan tarde al concierto atropellen a los pobres viejecitos que se dirigen al concierto cruzando tranquilamente la calle
En la tarde del viernes 5, Christoph Prégardien (muy aplaudido dos días antes gracias a una bella y ornamentada Molinera de Schubert) acompañó en su debut en la Schubertiada a la soprano lírico-ligera Julia Kleiter. Decir que se trata de una sobrina del excelente tenor sería dar sólo media información: demostró ser una artista tan completa que logró eclipsar por momentos a su renombrado tío, especialmente al interpretar -con pasión y vehemencia sorprendentes- los dos cantos de Suleika y los lieder de Mignon, en un programa que incluía los más conocidos solos y dúos goethianos de Schubert en la primera parte, y en la segunda lieder de ambos Schumann sobre Rückert.
Los dos últimos conciertos que reseñamos tuvieron lugar el sábado 6, siendo protagonista en ellos la música de Brahms, Dvorak y Schumann. Tanto Genia Kühmeier como Bernarda Fink destacaron en sus intervenciones como solistas, si bien los momentos más emocionantes de la tarde los vivieron a dúo y muy especialmente en checo. Siempre atento, Roger Vignoles compartió su universo sonoro con intensa presencia. Poco más tarde habrían de subir de nuevo Schumman y Brahms al escenario, de la mano de Bostridge y Drake. A los no familiarizados con el personalísimo estilo del tenor inglés puede sorprenderles su amplitud de gestos y el uso de un gran espacio escénico, recursos inhabituales en un recital de Lied. Pero esto no afectó a la coherencia de discurso de los dos músicos: codo a codo recorrieron un camino concebido como una unidad plena de significados, de riqueza armónica, de contrastes y emociones. El resultado fue una obra de arte sin fisuras ni aristas; como un gran lienzo o un organismo vivo. El logro de este ideal, esencia de la interpretación liederística, es el resultado no tanto del diálogo como del abrazo de muchas dualidades: poema y música, cantante y pianista, artistas y público. Quizá por eso la ovación al final del concierto fue tan rotunda como agradecida y uno de los momentos para el recuerdo de esta Schubertiade de 2008.

