Musiquillas tecnológicas

¡No a la música!

(Por José Prieto Marugán)

Si alguien me hubiera dicho, hace algunos años, que llegaría a escribir un artículo con este título, no lo hubiera creído, como tampoco lo creerán, de entrada, quienes me conocen y lo lean. Pero en los tiempos que nos ha tocado vivir hay cosas verdaderamente incomprensibles.

Suele decirse –y creerse, que es lo grave– que el Hombre (lo escribo con mayúscula porque me refiero a todos, hombres y mujeres) es el responsable de cambios, que están llegando a alterar la naturaleza propia de las cosas. No es verdad: quienes generan estos cambios son hombres (más que mujeres), con nombre y apellidos, aunque no los conozcamos; con rostro, aunque no los veamos. No es el Hombre quien dirige este mundo, sino algunos, varios o muchos hombres. Si nos parásemos a pensar (y nos dejaran), podríamos entender que son muchas las facetas de nuestra vida que están cambiando por la sola razón de que alguien se beneficia.

Dice la mitología que la música la inventó nada menos que el dios Apolo y la entregó a los hombres como un regalo, un verdadero regalo de dioses. Durante siglos la hemos disfrutado y saboreado, nos hemos dejado llevar por su belleza efímera y pasajera, que siempre vuelve, intensa y apasionante. En los tiempos que nos ha tocado vivir, de tan insospechado desarrollo tecnológico, algunos hombres están utilizando la música como un arma arrojadiza contra otros hombres. ¡Y no tenemos un Júpiter que arroje contra ellos sus rayos justicieros!

Piensen ustedes en los teléfonos móviles y en sus musiquillas cansinas, hirientes y vulgares. Hoy no es posible dar tres pasos sin que nos asalte y asuste el soniquete de un aparatejo de esos, sonando desde cualquier parte. Ya nos incordia con su primer sonido velado, en el bolsillo del pantalón o de la camisa, o en el fondo insondable del bolso de una señora, pero, ¡ay, amigo!, cuando la mano traidora lo saca a la superficie, su sonido nos hiere como una daga veneciana. El soniquete de estos chismes, a los que hemos entregado vida y hacienda (sobre todo hacienda) nos asalta en todas partes: en la calle, en el cine, el teatro o la sala de conciertos, en la iglesia, en la reunión de trabajo, en el cementerio… o en el más incontrolable de los momentos amorosos.

En cada uno de estos pequeños aparatos caben infinidad de musiquillas; casi todas son como puntas de lanzas que nos lesionan, y lo más grave es que por la herida abierta penetran en nosotros los virus de las intimidades ajenas: problemas de trabajo, de amores y desamores, recetas de cocina, crónicas de viajes, relatos eróticos, consejos maternales… Casi siempre, sólo nos enteramos de la mitad del diálogo, la otra mitad la está sufriendo otro individuo, lejos, quizá a kilómetros. Pero la tecnología ha resuelto el problema y si el portador –no me atrevo a llamarle responsable– del móvil presiona el botón del altavoz externo, nos enteramos todos de todo .. ¡De todo lo que no nos interesa! ¡De locos!

Menos variados y numerosos son los sonidos que emiten esas maquinitas de juego que estamos poniendo en las manos de nuestros niños antes, casi, de que den sus primeros pasos, o de que pronuncien, por primera vez, “mamá, papá”. Tiempo vendrá que lo primero que digan sea: “play”. Si ustedes creen que exagero piensen que ahora mismo muchos de nuestros niños no han visto una vaca o un caballo de cerca, de verdad.., pero hay muy pocos que no sepan lo que es una videoconsola.

Los soniquetes de estas cancioncillas y suelen reducirse a un “pi, “pi”, monótono, machacón y obsesivo cada vez que se comete un error leve. Si la equivocación es grave, los diseñadores suelen recurrir al uso de arpegios descendentes que indican al jugador y a todos los que están a su lado que ha fracasado, que la ha … (ponga aquí el lector la palabra que mejor le parezca según su cultura y costumbre, y así convertiremos estas líneas en un artículo “interactivo”). Otro arpegio, ahora ascendente, incluso una breve melodía de poco más de media docena de notas, brillante, animada y gratificadora, suena cuando se supera una fase del juego, se “pasa de pantalla”, se consigue algún objeto, o se mata a un violento enemigo digital que explota en la pantalla. Estos sonidos son importante para un sicólogo, porque el sujeto ha superado una dificultad, aumentando de esta manera su autoestima; un sociólogo verá en ellos un problema, porque se producen en un juego que aísla al individuo, que podrá acarrearle algún síntoma de asociabilidad. A mí, sencillamente me molestan, porque invaden, impunemente mis oídos, porque me desconcentran de otras actividades que sí me interesan y para las que necesito mi atención.

¡Ah, que no se me olvide! Detrás de estas musiquillas de móviles y consolas, no hay un solo músico que, tocándolas, pueda ganarse la vida honradamente.

He de decir también NO a esa música que en los noticiarios de radio y televisión colocan como fondo cuando leen los titulares. Suele tratarse de la sintonía de cabecera –compuesta expresamente para cada caso- que se repite una u otra vez, en un bucle sin fin, mientras la voz agradable o la cara bonita, anuncia lo de siempre: guerras, catástrofes, accidentes, crímenes, lo mal que va la economía, y las veleidades de algún famoso personaje. Lo que consiguen con esta práctica es que nos llegue tan batiburrillo sonoro que no nos enteramos de qué noticias van a comentar.

Pero como nosotros somos muy listos, hemos desarrollado el siguiente protocolo: a la hora anunciada ponemos la radio o la televisión, confirmamos que se emite la sintonía del noticiario y nos dedicamos a otros quehaceres, porque sabemos que los titulares vienen acompañados de la repetición machacona de la sintonía; una y otra vez, mientras dura el avance. Como luego vendrá un buen puñado de anuncios, disponemos de unos minutos aprovechables en tareas más útiles: comprobar si se calienta la sopa, revisar la correspondencia o realizar alguna tarea menor, pero necesaria, en el cuarto de baño.

¿Qué sentido tiene esta utilización de la música si impide que el mensaje de la noticia llegue con claridad? Los que hacen esto deben ser medio lelos.

¡Ni mucho menos! En este mundo, los que mandan y lo manejan, no dan puntada sin hilo. Seguro que esto de juntar palabra y música, sin que nos enteremos de una ni de otra, busca algo. ¿Qué? Quizá extender tal práctica al desarrollo del noticiario; así no nos enteraremos de la misa la media. Ya se sabe que cuanto más inculto y desinformado es un pueblo, más sencillo es manejarle.

Otra música que no queremos es la que escuchamos tras un mensaje de este tipo: “Bienvenido al servicio de atención al cliente de la Compañía Tal. Todas nuestras líneas están ocupadas. En breves momentos le atenderemos”. Y nos colocan la musiquilla. Y aunque sea la mismísima Sinfonía 40 de Mozart, no produce en nosotros emoción, sino cabreo, porque lo que nos cuentan es mentira: ni te consideran bienvenido, ni las líneas están ocupadas, ni proporcionan el buen servicio a que tienes derecho a pesar de que eres tú el que paga… Recurren a la música para que te canses o cuelgue o, por lo menos, te tranquilices, están convencidos de que la música amansa a las fieras.

Después de esa primera música, puede llegarte otro mensaje: “Si desea información, teclee 1; si quiere poner una reclamación, pulse 2, en otro caso, espere”. ¡Y más música! ¡Otra vez los mismos compases de la 40! Así otros dos o tres minutos, que también te cuesta los dineros. Después viene eso de: “Buenos días, le atiende Mónica”. ¿Mónica! ¿Qué Mónica? Y aún más, “le informo de que, por su seguridad, esta conversación se está grabando”. ¿Por mi seguridad? ¡Si la grabación se la quedan ellos!

Claro, cuando al día siguiente va uno al teatro y empieza a sonar la Sinfonía 40… ¡Imagínese! Los señores de la Compañía Tal han conseguido un cliente insatisfecho y cabreado que odia la 40 y que, además, sigue siendo cliente porque no suele quedar otro remedio. ¿Que es esto? ¿Un triunfo de la sociología, del marketing, o de la desvergüenza que en lugar de dar la cara nos pone una musiquilla que no hemos pedido? Si en lugar de escudarse tras un teléfono, estuviera frente a nosotros, ¿nos silbaría el Coro de peregrinos o el Adiós a la vida?

La solución de estos abusos de la música y de nuestra paciencia podía pasar por el empleo de unos modelos “terapéuticos”: a quien nos machaca con el sonido de su móvil y las voces de sus conversaciones, colgarle un par de estos chismes en cada oreja, tres veces al día (desayuno, comida y cena), en dosis de choque. Al de la maquinita, ponerle un “pi”, “pi”, ”pi”, también varias veces al día. Al de la radio o la televisión, leerle su novela preferida (si no la tiene puede emplearse el Quijote), mientras suena a su lado, a todo volumen, la sintonía machacona de la competencia. Y al responsable de la Compañía Tal, que cuando llegue a la aséptica y desnuda sala de urgencias de un hospital, aquejado de un dolor en el bajo vientre, una voz delicada le diga: “En este momento todos nuestros médicos están ocupados reclamando a su compañía. En breves momentos le atenderemos”,  y le pongan, cuatro o cinco veces, los primeros compases de una Misa de Réquiem. Después, la misma voz cansina e impersonal, dirá: “Si cree que lo suyo es apendicitis, levante el brazo derecho; si cree que es peritonitis, el izquierdo; en otro caso, respire hondo y aguante”. ¡Y más Misa de Réquiem!

Otra solución común y válida para todos los casos es practicar el respeto a los demás. ¿Por qué no probarla?

Escribir a José Prieto Marugán