Crítica de libros
Música y religión
(por Joaquim Zueras Navarro)
Título: Música y religión; Mozart, Wagner, Bruckner. Autor: Hans Küng. Editorial Trotta. ISBN: 978-84-8164-969-7.
Hans Küng (Sursee, Suiza; 1928) es uno de los pensadores más relevantes de nuestra época. Profesor de Teología Ecuménica en Tubinga, es autor de numerosos libros y artículos. Melómano impenitente, en ocasiones ha sido invitado a dar conferencias en las que el hecho musical y religioso se entrelazan. Este libro parte de las siguientes preguntas: ¿Puede la música ser medio de expresión y fuente de la fe? ¿Puede la vivencia religiosa de la música ser una apertura a la trascendencia? Para iluminar estas cuestiones, los compositores Mozart, Wagner y Bruckner son sujeto de análisis a través de su religiosidad personal y la de sus obras.
Siempre es oportuno detenerse en Mozart con una voluntad clarificadora, porque en cada época se han ido señalando -yo diría que exagerando- aquellos rasgos de la personalidad que, según la moda, resultaran más atractivos, como si de una mercancía se tratara. Mozart no fue persona excesivamente devota, pero sí fue un creyente de profundas convicciones, de un catolicismo nunca desmentido, que más tarde derivó hacia aspectos ilustrados y masónicos. Poco amigo del clero, también fue conspicuo con la intelectualidad protestante por no ser capaz, según afirmaba, de comprender el verdadero significado del “Agnus Dei qui tollis pecata mundi, dona nobis pacem”. El 4 de abril de 1787, cuatro años antes de su fallecimiento escribía a su padre: “No me acuesto nunca sin tener presente que, pese a lo joven que soy, acaso no esté aquí al día siguiente y ninguno de cuantos me conocen podrá decir que sea yo malhumorado o triste en el trato con los demás. Y por tal ventura doy cada día las gracias a mi Creador, deseándosela, a mi vez, de todo corazón a cada uno de mis semejantes”. Su vida, llena de contratiempos, es inversamente proporcional a una labor creativa que parece ser de otro mundo, una especie de hálito divino que a su paso nos transporta al ámbito de lo sublime y clarividente. Sostiene Hans Küng que el misterio de tal música reside justamente en que siempre hace perceptible al mismo tiempo claridad y oscuridad, júbilo y dolor, vida y muerte; pero estos conceptos no aparecen sencillamente yuxtapuestos en neutral equilibrio o revueltos, sino que la oscuridad queda una y otra vez sublimada en la luz. Esto vale tanto para la obra vocal, entre cuyas composiciones se encuentran las sacras, las cuales constituyen una feliz antítesis de lo que se entiende por “música de expediente”, como para la obra intumental, como por ejemplo el Concierto de clarinete KV 622, una de las obras preferidas de Küng.
La sistematización del pensamiento wagneriano es compleja por cuatro motivos: la aparente indefinición de algunos enunciados, ciertas contradicciones entre ellos, la evolución del compositor reformulándolos y su conducta, que a menudo no casa con los principios teóricos que sostiene. Después de 1948, en el exilio, Wagner cree firmemente en la necesidad de una revolución, persistiendo en sus ideas socialistas radicales sobre el Estado, propiedad privada y matrimonio, no obstante su amistad con el rey de Babiera y su adaptación al talante de la época posrevolucionaria. Sensual pero fascinado por el ideal de la pureza, aficionado al boato pero movido por ideas socialistas, casi un músico oficial pero que aborrece el concepto de Estado, fiel seguidor de las ideas del antiguo teólogo y después ateo combativo Ludwig Feuerbach y sin embargo exponente de un brumoso panteismo del que dimanan toda clase de fuerzas misteriosas. En la tetralogía del Anillo, con ayuda de las mitologías germánica y antigua, edifica un amplio pensamiento filosófico y de crítica social. Todo guarda relación con el concepto de “redención” que emplea de manera un tanto arbitraria y nada sistemática y que Hans Küng se encarga de analizar con detalle, así como la hipotética aroma de cristiandad resultante del Parsifal.
En la figura de Bruckner se perfila un hombre modesto, solitario y desvalido, en contraste con una música grandiosa forjada por un lenguaje tonal insuperable. Nacido en la Alta Austria en 1824, fue auxiliar docente, maestro y organista de escuela rural, más tarde organista y maestro de capilla de la catedral de Linz. Hasta el fin de sus días obtuvo un amplio rechazo, no como profesor de armonía, contrapunto y órgano en el conservatorio, tampoco como compositor sacro ni como organista virtuoso de la capilla de la corte imperial, sino como sinfonista. Loado por unos y descalificado por otros como inabarcable y pomposo, amorfo, desordenado, desmesurado e insípido. Hasta los cuarenta y cuatro años no estrenó su primera sinfonía y, tremendamente influenciable, reelaboró siempre todos sus trabajos una y otra vez. En tan variadas sinfonías, pese a no ser programáticas, se reflejan no sólo sus experiencias humanas, sino también su universo religioso, creando una arquitectura de proporciones gigantescas en que la estructura interna, la nitidez de la articulación y la lógica de la construcción no resultan sencillas para el oyente. En ellas aparecen combinados constructividad y emocionalidad, herencia y modernidad, drama y lírica, danza y coral, patetismo e intimismo, regocijo vital y misticismo. Asombra que en el compositor convivan sin el menor percance una religiosidad ingenua y una música compleja en grado sumo. Bruckner incluso compuso sus obras profanas como persona religiosa, concluyendo muchas con el sello “O.A.M.D.G.” (Omnia ad maiorem Dei gloriam) al considerar que toda la música es regalada por la gracia de Dios.
Tanto Mahler como Bruckner constituyen el epílogo del romanticismo. Finalmente el escritor se pregunta sobre el futuro de la música: ¿Qué rumbo seguirá la música contemporánea? ¿Qué pasa hoy? ¿Crisis de la vanguardia? ¿Existe solución para nuestra vida cultural actual escindida entre la música “ligera” y la “culta”?, etc.
Hans Küng expone sus conclusiones como sugerentes proposiciones resultantes del estudio continuado, como reflexiones abiertas; se interroga a veces sobre las mismas devolviéndolas al terreno de la hipótesis e, indirectamente, el lector atento se siente interpelado, participante activo de este libro singular.

