Crítica de libros
Relectura con violines
(Por Hertha Gallego de Torres)
El amor de Erika Ewald, Stefan Zweig, traducción de Roberto Bravo de la Varga, Cuadernos del Acantilado, Barcelona, 2004, Acantilado.
Gran placer del lector fiel es la relectura, y el descubrimiento de libros impensados dentro de la propia librería de uno. Hace unos días, ordenando algunos volúmenes en doble fila, me topé con una obrita preciosa, que me había encantado nada más adquirirla, pero cuyos perfiles borrosos, como los de los amigos que uno no ve ya, se desdibujan, “oscura la historia, clara la pena” según dijo el poeta.
“El amor de Erika Ewald” me hizo pensar de nuevo, como entonces, en Kreisler ( ¿Cuántas veces no habré oído yo el delicioso Preludio y Allegro en estilo de Pugnani, tocado por Milstein, o el Moto Perpetuo de Paganini, en arreglo del vienés, en la interpretación de Rabin? ) porque la novelita, en realidad más bien un relato corto, una “nouvelle”, trata de una muchacha vienesa delicada y soñadora que se enamora perdidamente de un violinista virtuoso con quien comparte su pasión por la música.
Zweig fue un consumado psicólogo y aunque algunos aspectos de la trama puedan estar ya algo “démodés” (el cine de Hollywood y las telenovelas nos han acostumbrado demasiado a estas jovencitas y sus sustos alocados, como para que en una época sin inocencia nos las podamos tomar en serio), tenemos muestras de su arte de la observación en muchos puntos de la obra, especialmente en lo que atañe a la música, nuestro tema. Un momento particularmente emocionante se produce cuando el amado está a punto de seducirla tocando una misteriosa melodía popular con el violín y de repente se deja arrastrar por el hechizo de la noche y de las notas: “Ya hacía tiempo que había olvidado que sólo tocaba esta canción por cortesía hacia ella; toda su pasión, el amor a todas las mujeres del mundo, a la esencia de la belleza despertó en las cuerdas, que se estremecían con dichoso fervor”. Pero más tarde, Erika, heroína romántica, sentirá miedo de su amor “que habría de volverse tan doloroso y devastador como toda la felicidad que había conocido hasta entonces, como los tristes y delicados libros con los que lloraba y que eran sus preferidos, y como las ardientes ondas del torrente sonoro de Tristán e Isolda, que la colmaban de felicidad y, sin embargo, la atormentaban y afligían.”.
Los que leímos en nuestra mocedad (las noches que veían los apuntes intempestivos dejados de lado) los libros de Zweig en aquellas viejas ediciones amarillentas con las letras bailando y casi ilegibles, conseguidos en los libreros de viejo, nos pasmamos ahora de tener un libro tan elegante como éste entre las manos, con la exquisita traducción de Roberto Bravo de la Varga. Debe ser que no todo cambia para peor…

