Ópera en Boadilla del Monte
Reírse con los rusos
(Por Hertha Gallego de Torres)
El casamiento, Ópera en dos Actos, Modest Mussorgski, Libreto de Nicolai Gogol, Auditorio Municipal de Boadilla del Monte, 18 y 20 de octubre de 2008, Riccardo Bini, director musical y pianista, Tomás Muñoz, director de escena, figurinista e iluminador; Marina Makhmoutova (Fyocla), José Manuel Montero (Kochkarev), Ivo Stanchev (Stepan), Isidro Anaya (Podkolesin), Victoria Manso (Duniashka), Luisa Maesso (Arina) , Sonia de Munck (Agafia).
Señala Fumaroli en un ensayito destinado a ser polémico y que me da la impresión de que ha pasado sin pena ni gloria por nuestro país, “La educación de la libertad”, que lo propio de los autores clásicos, por mucho que se presten a interpretaciones nuevas y presuntamente eruditas, es ofrecer a los jóvenes “si están bien guiados” (interesante matiz), una forma clara y unas imágenes fuertes para recordar. En ese sentido, las sociedades aristocráticas, tal la Rusia zarista, por ejemplo, han producido a menudo obras capaces de emocionar tanto a las almas sencillas como a los espíritus más cultivados, mientras que para hacer comprender el Urinario de Duchamp son necesarios más esfuerzos, digamos, lectivos…Desde luego, uno no puede estar más que de acuerdo con su apreciación cuando asiste a El casamiento de Gógol, que es, en primer lugar, una obra de teatro ya perfecta de la cual ya señala en el prólogo a las maravillosas obras completas (1950) en la exquisita colección Aguilar, Federico C. Sáinz de Robles (hijo), que fue “obra considerada, cuando se estrenó, poco menos que incluíble en el Indice Romano” (¡!!).
Fue Gógol un ucraniano con un grandísimo sentido del humor, conmovido hasta la médula por el espectáculo de la naturaleza humana –como demostró en El capote, la historia de un mediocre funcionario y de su ilusión por un abrigo de 80 rublos, que nos hace presagiar los mejores cuentos de Chéjov-, que supo retratar el tierno despotismo (Taras Bulba) y que presa del misticismo, y convertido a la religión católica, quemó la segunda parte de lo que sería su obra maestra, Almas muertas, para morir a la posteridad, y salvar su alma. Pero el destino es el que es, y Gógol perdura en su obra compleja y llena de recovecos, entre otras cosas, porque es profundo, pero siempre nos sabe arrancar una sonrisa o una carcajada. Y eso el lector lo agradece.
Los grandes músicos rusos quisieron contar con él. Rimsky-Korsakóv transformó en ópera La noche de mayo que sólo por sus largos párrafos evocadores, por sus portentosas descripciones de cosas e instantes, llevaba ya en sí una inmensa melodía. Tchaikovksky hizo lo propio con Cherenichki y Mussorgsky tranformó El casamiento en una deliciosa ópera de cámara con piano, que él mismo escenificó dando vida a su dubitativo protagonista, en octubre de 1868, ante unos fríos colegas que sólo admiraron los momentos cómicos y algunas inflexiones de las voces.
En la recreación que observamos hoy, se suprimieron algunos divertidos pasajes de la obra de teatro (en ésta, un amigo trata de casar a otro, sin mucho éxito, espantando a todos los posibles pretendientes de Agafia, la joven novia, y suplantando el papel de la casamentera). La ópera sólo recoge los esfuerzos de Kochkarev tratando de que Podkolesin se decida a contraer matrimonio, y los ridículos posibles maridos han desaparecido. Ello hace que se pierdan diálogos como éste, en el que uno de los que optan a la mano de la bella Agafia, se pregunta si ella sabrá hablar francés:
- "Y por qué, me permito preguntarle, no ha probado Vd. a hablarle en francés? Puede que lo sepa.
- ¿Cree Vd. que yo sé francés?...¡No tengo esa dicha! Mi padre era un canalla, un animal, y no pensó nunca en enseñarme el francés. Yo era entonces un niño y me hubiera sido fácil aprenderlo. Con unos cuantos azotes hubiera aprendido sin dificultad (…)".
En la versión que vimos en Boadilla del Monte, coproducción con el Teatro Real, Tomás Muñoz creó un eficaz y refinado decorado, sencillo y suntuoso, por el que se movían a sus anchas los cantantes. El pianista y director de escena, Riccardo Bini, era un personaje más, pues el instrumento mimó con penetración psicológica los sobresaltos de Podkolesin, ese ser que tanta raigambre tiene en la literatura rusa (un Rudin, un Oblómov), las intrigas de la vieja Celestina (ay que ver qué parecidos en el fondo somos los rusos y los españoles…incluso en nuestra fascinación por lo francés), o las tiradas de cartas de la joven Agafia. Hay que decir que las interpretaciones fueron estupendas, que el público asistente se rió mucho, que hubo muchos bravos al final. Algunos, esa noche, pensativos, releímos al ¿viejo? Gógol mientras escuchábamos los “Cuadros de una Exposición”. Spasiva.


