Ópera en Oviedo

Diálogos de Carmelitas: La fuerza de la palabra

(Por Eugenia Fernández)

Schubertiade Schwarzenberg

LXI Temporada de ópera de Oviedo. Diálogues des Carmélites de Francis Poulenc. Intérpretes: Marc Barrard (barítono, marqués de la Force), María Bayo (soprano, Blanche de La Force), José Luis Sola (tenor, caballero de La Force), Viorica Cortez (mezzosoprano, Madame de Croissy), Pamela Armstrong (soprano, Madame Lidoine), Kristine Jepson (mezzosoprano, Madre Marie de La Encarnación), Elena de la Merced (soprano, Hermana Constance de Saint Denis), Mercé Obiol ( mezzosoprano, Madre Jeanne de l´Enfant Jésus), María José Suárez ( mezzosoprano, Hermana Matilde), Dietmar Kerschbaum ( tenor, capellán del Carmelo), Ángel Rodríguez ( tenor, primer comisario), Luís Cansino (barítono , segundo comisario), José Manuel Díaz (barítono, carcelero/señor Javelinot), Alberto Feria (bajo, un oficial/Thierry). Dirección musical: Maximiano Valdés. Dirección de escena: Robert Carsen. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Coro Intermezzo. Coro de la ópera de Oviedo. Teatro Campoamor. 20, 22,24 y 26 de Septiembre.

En la línea de los nuevos aires que corren para la lírica, la dirección de escena a cargo de Robert Carsen fue el elemento destacado de la ópera de Francis Poulenc estrenada en Oviedo esta temporada. Lejos quedan aquellos tiempos del divismo en que las voces dictaban el éxito de la representación y hoy por hoy son otros los intereses de público y crítica. La creación de atmósferas creíbles o el concepto de espectáculo en el que todos los componentes escénicos y vocales estén equilibrados es lo que espera un público exigente y avezado. Así lo vimos en esta producción de la Nederlandse Opera de Ámsterdam de estética minimalista y desnuda de artificios, en comunión con la mística de una historia de religión y martirio. Pocos elementos bien escogidos, el negro y el blanco y una iluminación oportuna y simbólica a cargo de Jean Kalman, crearon la fuerza dramática necesaria para dar vida a este excelente libreto basado en la obra de Gertrud Von Le Fort. Cuenta éste el hecho verídico de las monjas carmelitas de Compiégne, guillotinadas en plena Revolución Francesa, al que añade el personaje ficticio de Blanche, que ofrecerá en holocausto su propio temor ante la vida y la muerte. Tiempo después a Georges Bernanos se le encargaría un guión cinematográfico sobre la novela de Le Fort, que a su vez sería el fundamento de la ópera de Poulenc. Hay más lecturas en esta obra que la obvia de la religión y el sacrificio por la fe. La lucha por la superación del miedo y las debilidades humanas, la liberación de las carmelitas como mujeres ante un mundo dominado por el hombre o la reacción de las masas ante las adversidades y las crisis históricas, impregnan también este libreto cuidado y en algunos momentos exquisito, como por ejemplo en la escena segunda del primer acto, una de las preferidas de Poulenc, en que la madre priora consigue enternecernos con su impotencia ante la enfermedad y la muerte cercana. De hecho la palabra es la que le da significación a esta ópera por encima incluso de la música, más anclada en la tradición tonal que en las vanguardias musicales de los años 50 en que se estrenó, y con clara inspiración en la tradición musical rusa, el impresionismo de Debussy, o incluso de los clásicos como Mozart y Beethoven. Se cuida especialmente el mensaje y la manera poética de expresarlo enlazando con la tradición melódica de la canción francesa.

Lo vocal, en simbiosis perfecta con el texto, estuvo magistralmente representado por voces reconocidas como Maria Bayo, que incorpora a su repertorio el papel de Blanche, en el que mostró una técnica depurada y el dramatismo necesario. Viorica Cortez  protagonizó uno de los momentos álgidos de la noche con la escena de la muerte de la priora, dando muestra de su gran experiencia y dotes interpretativas. Elena de la Merced, como Constance, puso la nota tierna de la inocencia con una interpretación de gran lirismo acorde con el personaje. Kristine Jepson destacó en proyección de voz y Pamela Armstrong salió airosa ante la dificultad de los agudos y de tener que destacar por encima de la masa orquestal en varios pasajes.

Una mención especial merece el trabajo de Maximiano Valdés al frente de la OSPA, que afrontó uno de sus grandes retos de la temporada y el coro Intermezzo como monjas carmelitas, con el difícil papel de conjugar canto y movimiento en la particular danza que acompaña el momento de la guillotina, éxtasis final al que hemos sido abocados en un proceso de progresión dramática constante en toda la obra y que consigue identificarnos con el sentimiento del triunfo de la fe ante la muerte, al margen de nuestras creencias religiosas.

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