Conciertos en Madrid.

Comienzo del ciclo de Juventudes Musicales de Madrid

(Por Carlos de Matesanz)

Temporada de Juventudes Musicales de Madrid.
-9 de octubre de 2008, 22:30 h, Auditorio Nacional. Coro Monteverdi, Orquesta Revolucionaria y Romántica. Dir: John Eliot Gardiner. Schubert y Brahms.
-15 de octubre de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Il Complesso Barocco. Dir: Alan Curtis. Händel: arias y dúos operísticos.
-16 de octubre de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Janine Jansen (violín), Orquesta de Cámara de Europa. Dir: Yannick Nézet-Séguin. Beethoven y Mendelssohn.
John Eliot Gardiner

El despampanante ciclo de Conciertos y Solistas Extraordinarios que organiza Juventudes Musicales de Madrid, al que parece no haber afectado la crisis –toquemos madera– se ha abierto tal y como se cerró el anterior: con una actuación de Gardiner y un monográfico Händel.

Sir John Elliot ha vuelto a dar uno de esos conciertos que, inmediatamente, quedan nominados para ser de “los mejores de la temporada” y, nuevamente, gracias a la calidad de sus conjuntos –especialmente el Coro Monteverdi– y a la originalidad de su enfoque, que nos proporcionó, en la segunda parte, dedicada exclusivamente a Johannes Brahms, un Canto de las Parcas Op. 89 altamente dramático y una Sinfonía nº 3 Op. 90 delicada e íntima, pero efusiva y nada ñoña, en la que destacó la chocante ausencia casi total de vibrato en las cuerdas y un metal, aunque “original”, de rara perfección. Pero tal vez fue la primera parte, titulada “Encuentro de Brahms con Schubert”, la más emotiva, con protagonismo absoluto del Monteverdi Choir, perfecto e inmaculado, que cantó un coro original de Schubert, un lied de éste arreglado para coro por Brahms y otras tres piezas corales de este último, todas con el sutil acompañamiento de arpa, trompas y fagotes. Esta primera parte se cerró con unas sobrias y expresivísimas Cinco Canciones Op. 104 para coro a capella, también de Brahms. Un concierto de programa infrecuente y excepcionalmente bello, soberbiamente interpretado.

Maite Beaumont

El monográfico Händel, que tuvo lugar a la semana siguiente, tuvo como protagonistas a dos cantantes no demasiado conocidas: la soprano sueca Klara Ek –de voz no voluminosa, límpida y cristalina y de amplio abanico expresivo– y la mezzo española Maite Beaumont –de voz mucho más entera y seductora, pero manejada con escaso rango dinámico, cantando todo en mezzoforte y resultando mucho menos comunicativa. Ofrecieron un recital con tres dúos y ocho arias extraídos de cinco óperas de Georg Frederic Händel (Giove in Argo, Alcina, Amadigi, Faramondo y Ariodante) con el modélico concurso de Il Complesso Barocco (cuerdas y bajo continuo con fagot) y la dirección sabia y mesurada del veterano Alan Curtis. Las arias de bravura se iban entreverando con las arias d’affetto en una sabia alternancia que justificaba plenamente el título del concierto: “Trionfo e tormento”; y, al final, el resultado fue tan maravilloso como puede esperarse de un recital bien hecho dedicado por completo al excelso compositor sajón.

Janine Jansen

Al día siguiente, fue la joven y altísima violinista holandesa Janine Jansen la que convocó a un numeroso público que la aplaudió a rabiar en una interpretación del Concierto en Re mayor Op. 61 de Ludwig van Beethoven defendido con más delicadeza y gusto que valentía y trascendencia. Con un sonido mágico en unos pianissimi inverosímiles y bastante corriente en los forti –a pesar de tocar con el mítico Stradivarius “Barrere”–, interpretó esta monumental obra con volumen regular y fraseo noble y estudiado. El acompañamiento un poco basto del director Yannik Nézet-Séguin no la ayudó a subir a cotas sublimes y estremecedoras que, la verdad, a qué engañarnos, últimamente se escalan muy rara vez. En general, el joven maestro canadiense estuvo más acertado en la segunda parte, dedicada a la Sinfonía nº 3 en La menor “Escocesa” de Félix Mendelssohn; Nézet-Séguin, a pesar de una cierta falta de refinamiento, es buen planificador musical: sabe dónde están los clímax de las obras y cómo alcanzarlos, además dirige con energía y ganas; pero, tocando esta obra con una orquesta de cámara –eso sí, de fantástico nivel– no tuvo en cuenta la relativa debilidad de la cuerda y los vientos estuvieron desajustando el equilibrio sonoro en varios puntos críticos. Aun así, estuvo colosal en el segundo tiempo, muy expresivo en el tercero y enérgico en el último, y acabó convenciendo. Notable alto para la orquesta en todo el concierto.

Fotografía John Eliot Gardiner: Sheila Rock