Concierto en París
2008, año Olivier Messiaen
(Por Pablo Ramos)
Messiaen: Turangalîla-Symphonie. Sala Pleyel de París, 3 de octubre de 2008. Roger Murano (piano), Valérie Hartmann Claverie (Ondas Martenot), Orquesta Filarmónica de Radio France, Myung-Whun Chung (director).
La Orquesta Filarmónica de Radio France y su director musical Myung-Whun Chung celebran este año el centenario del nacimiento de Olivier Messiaen. La Sala Pleyel de París y el Royal Albert Hall de Londres han acogido a la orquesta junto a los mejores interprétes de la música del compositor francés: Roger Murano, Pierre-Laurent Aimard, Christophe Henry, Vincent Le Textier, etc.
Ya en primavera se pudieron escuchar tres grandes programas sinfónicos de inspiración religiosa: Éclairs sur l’Au-delà, Trois petites Liturgies de la Présence Divine y L’Ascention. Durante los festivales veraniegos, en los Proms concretamente, destacaron las interpretaciones del Et exspecto ressurrectionem mortuorum y de la versión para órgano solo de l’Ascention, a cargo de Olivier Latry. La efeméride, que finalizará el 5 de diciembre con un concierto que incluye los Oiseaux exotiques bajo la dirección de Georges Benjamin, ha alcanzado su punto álgido este otoño con producciones tales como la Turangalîla-Symphonie, el Quatour pour la fins du Temps o Saint François d’Assise.
El concierto del pasado 3 de octubre en la Sala Pleyel de la Turangalîla-Symphonie, con Murano al piano y Valérie Hartmann Claverie al ondas Martenot, reafirma a la orquesta como intérprete de excepción de la música de Messiaen, ya no sólo por haber trabajado directamente con el autor (al igual que los dos solistas y el director) sino porque ninguna otra formación gala trabaja el repertorio nacional con tanta dedicación y personalidad. De esta interpretación cabe destacar los profundos metales, que fundamentan unos bloques sonoros llenos de color, corales en los que participa toda la orquesta y que llegan a sonoridades extremas. La cuerda, elegante en las formas, se deja apabullar por momentos ante un viento inconmensurable, lo que sin duda no le sucede al solista de piano. Murano, con sus dos metros de estatura, hipnotiza y nos muestra qué es realmente esta sinfonía: un concierto para piano... y para ondas Martenot, instrumento que, por sus características, limita el gesto del intérprete al mínimo, lo que contrasta con el dinamismo del otro solista.
Aunque podemos afirmar que estamos ante un doble concierto, la obra toma diversos elementos del poema sinfónico, como el carácter narrativo, ya que está basada en el mito de Tristán e Isolda. Turangalila, palabra de origen sánscrito, significa “canto de amor, himno a la alegría, tiempo, movimiento, ritmo, vida y muerte”. Como afirma Myung-Whun Chung en el programa de mano, “esta obra es una gran explosión de alegría, excesiva por momentos, pero porqué no dejarse llevar alguna vez por una energía tan positiva”. Así, el carácter y la precisión con que el surcoreano aborda esta música es el resultado del equilibrio que existe entre su pasión por el repertorio francés – que tantas veces ha trabajado al piano – y una sensibilidad asiática, imprescindible para comprender la música de Messiaen.
Formalmente, la partitura se estructura en diez movimientos con títulos tan sugerentes como “Alegría de la sangre de las estrellas” o “Jardín del amor del sueño” y trabaja con cuatro temas cíclicos que evolucionan dando origen a familias de temas (no podemos hablar aquí de un desarrollo a la “alemana”) con una riqueza rítmica que, como señala la musicóloga Christine Jean, bebe de las fuentes de la antigua métrica griega y de las decî-tàlas de la India, así como de la Sacre du printemps de Stravinsky.
Sensual y violenta a la vez, Eros y Tanatos, la obra es una prueba de la versatilidad de su autor, quien, sin embargo, fundamenta su universo interior y su música en una gran fe católica. La esencia del arte de Messiaen puede ser expresada con esta frase: “las investigaciones científicas, las pruebas matemáticas, los experimentos biológicos – afirma en su Préface à la rétrospective de ses oeuvres de 1978 – no nos han sabido salvar de la incertidumbre. Por el contrario, éstas han aumentado nuestra ignorancia, mostrando siempre nuevas realidades bajo eso que creíamos que era la realidad. De hecho, la única realidad es de otro orden: ésta se sitúa en el dominio de la Fe. Gracias al encuentro con el Otro podemos comprenderla. Ahora bien, hay que pasar por la Muerte y la Resurrección, lo que supone un salto fuera del tiempo. De una forma extraña la música puede prepararnos a ello, como imagen, como reflejo, como símbolo [ ... ] como dice Santo Tomás, la música nos lleva a Dios”. Ante la música de Messiaen, ese Otro puede ser Uno mismo y el resultado seguir siendo una experiencia mística.


