Crítica de discos

Nemesio Otaño: Obras para órgano

(por Joaquim Zueras Navarro)

Nemesio Otaño: Obras para Órgano. Intérprete: Esteban Elizondo, órgano. Órgano Arístide Cavaillé-Coll (1889) de la Basílica de Loyola, Azpeitia. Sello: Aeolus. Ref.: AE-10651.
Nemesio Otaño: Obras para órgano

Nemesio Otaño (1880-1956) nació en Azkoitia, Guipúzcoa. Desde niño mostró interés por el órgano, recibiendo las enseñanzas de varios profesores de la provincia. En 1896, con quince años, ingresó en el noviciado de la compañía de Jesús. Fue entonces cuando tuvo ocasión de ejercer como organista en el magnífico Cavaillé-Coll de la Basílica de Loyola. En Burgos asumió la dirección del coro de la iglesia de la Merced. De 1901 a 1903 amplía sus estudios filosóficos y teológicos en Oña (Burgos). En Valladolid conoce entre otros músicos al gran Vicente Goicoechea; de todos ellos recibirá orientación sobre armonía, formas musicales, composición, canto gregoriano y la polifonía clásica de Morales, Palestrina Guerrero y Victoria. También se relaciona con compositores europeos como Vicent d´Indy, Rafael Casimiri, Guilmant y Andrés Mocquereau. Posteriormente entra en contacto con Granados, Luis Millet y Pedrell.

Fruto del aprendizaje con Pedrell son algunos ensayos, como por ejemplo “El canto popular montañés” (1915) en el que se evidencia la lucidez de sus investigaciones sobre folkore. A partir de 1905 organiza o interviene muy activamente en diversos congresos de Música Sagrada, tendentes a dignificar la música religiosa siguiendo las directrices del Motu Proprio de Pío X. En 1907 funda y dirige la revista Música Sacro-Hispana como consecuencia del congreso de aquel año, en la que participan muchos músicos españoles que escriben artículos, composiciones, críticas, etc. (Tras su cierre en 1922, colaboraría en la revista Tesoro Sacro-Musical). En 1909 dirige la publicación de la Antología Orgánica Española en la que figuran composiciones de Eslava, Balerdi, Gorriti, Guridi, Gabiola, Urteaga y él mismo.

En 1910 es nombrado profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, creando la prestigiosa Schola Cantorum, modelo de buen funcionamiento para otras agrupaciones corales, impartiendo a sus miembros una sólida formación técnica y artística, con un repertorio muy rico y variado. A los pocos días de comenzar, escribía a Pedrell: “Ya sabe usted que este seminario es el mejor organizado por los maestros para los estudios eclesiásticos. La parte artística estaba baja, y los superiores han querido mirar por ella enviando aquí a este inútil. He entrado de lleno en mi trabajo y pegado fuego al entusiasmo de estos jóvenes. Esto sí que es obra práctica. Los brillantes estudios que aquí imparten les dan entrada muy pronto en los cabildos y en las cátedras de los seminarios; asi, pues, van bien saturados aun de arte, calcule usted la influencia que pueden ejercer el día de mañana. Hay aquí alumnos de casi todas las diócesis de España. Este es por ahora mi campo”.

En 1915 dirige la publicación de la Antología Orgánica Práctica en dos volúmenes. Tras dejar la Universidad de Comillas en 1919, viaja por Europa y al año siguiente establece otra Schola Cantorum en Burgos. En la vida de las órdenes religiosas no es infrecuente que surjan recelos al respecto de las inquietudes particulares de sus miembros, con el argumento de que las actividades pastorales cotidianas se resienten. Seguramente por ello en 1922 se le trasladó a San Sebasián como obligado paréntesis musical, en donde fundó, entre otros, el Círculo Cultural y Acción Católica. En 1931 el gobierno de la República disolvió la Compañía de Jesús y Otaño se cobijó en Azcoitia con su familia, componiendo y esperando tiempos mejores. A causa de la persecución religiosa desencadenada durante la Guerra civil, huyó a la llamada zona nacional. Acabada la contienda fue nombrado director del Conservatorio Nacional de Música de Madrid, Comisario de la Música, director de la Revista Ritmo, presidente de la Orquesta Filarmónica y Académico de Bellas Artes de San Fernando. Funda el Instituto Nacional de Musicología.

En 1951 regresa a San Sebastián, retiro que interrumpirá para asistir al V Congreso de Música Sagrada celebrado en Madrid en 1954. Otaño sabía que sus días estaban contados, pues el 3 de noviembre de 1954 escribe al Padre Manzárraga, director de Tesoro Sacro-Musical: “Aprovecho esta ocasión (...) para felicitarle a usted de lo bien que lleva y presenta la revista (...) muero contento de dejar puesta esta santa causa en buenas manos”. Falleció dos años más tarde. Victor Burell, en Notas al programa para el Homenaje de la Universidad de Comillas  al Padre Otaño, ha escrito: “era un organizador formidable, dotado de una notable inteligencia y una gran capacidad de trabajo, y, a pesar de tener una salud delicada, poseía un entusiasmo incapaz de rendirse ante cualquier dificultad. Era un músico nato con una personalidad arrolladora y supo inyectar en sus alumnos su propio entusiasmo”.

La producción del Padre Otaño muestra tres vertientes: la musicológica, la folclórica (numerosas canciones recopiladas en diversos lugares) y la vocal e instrumental. En lo que al órgano se refiere, además de implicarse en varios trabajos de fabricación y restauración, los inauguraba como intérprete solvente, ejecutando, entre otras, obras de Böellmann, Widor, Bossi, Guilmant, Brahms, C.Franck y Liszt. Mientras que la mayoría de compositores de la generación del Motu Proprio utilizaron en sus composiciones un lenguaje tardorromántico, Otaño se decantó por una expresión muy personal, innovadora, densa y compleja. Esteban Elizondo dijo en una entrevista: “Es una música fantástica, pero desconocida. Se la ha olvidado porque las modas pasan. Además, es una música difícil porque el padre Otaño admiraba a los autores alemanes, que no son nada fáciles de entender. Era un hombre intelectual y reflexivo, y para sacar brillo a su obra hay que estudiar mucho sus textos. No es una música superficial que gusta a la primera: hay que escucharla más de una vez”.

El Adagio en re bemol mayor (1908) está dedicado a Bernardo Gabiola. De clara influencia wagneriana, está trufado de ingeniosas modulaciones y con un tratamiento del pedal muy elaborado. Un tema sinuoso al que se contrapone otro más dialogado hasta desembocar en un coral, a la manera de un himno de acción de gracias. La Elegía (1916) es un homenaje a Vicente Goicochea, fallecido aquel mismo año. El motivo gregoriano del “Iste Confesor” es el generador de un lamento que crece en vehemencia para desvanecere con recogimiento y dulzura. En el Coral-Antifónico (1935-1939), dedicado a Luis Urteaga, toma como referencia la antífona mariana “Nigra Sum” para desarrollarla como coral variado. A una serena introducción, le sigue un episodio de complejo contrapunto que se ve interrumpido por unos acordes solemnes e insistentes, sirviendo como pórtico a una plegaria de aroma franckiana. El Cántico espiritual (1938), dedicado a su discípulo Norberto Almandoz, parte de una cantinela sostenida por un acompañamiento obstinado, como de carillón, que tras un breve interludio fugado retorna de nuevo con mayor intensidad expresiva, para luego replegarse evanescente. Tanto en esta obra como en la algo enigmática Canción en estilo gregoriano (1938) podemos apreciar la evolución estética de Otaño, que utiliza una paleta de mayores recursos impresionistas.

Órgano de Loyola

Más amplio es el Preludio Sinfónico (1938), dedicado a José Mª Beobide. Sobre él comenta Elizondo “Las sonoridades del órgano romántico, el carácter orquestal del mismo, la belleza de sus registros de fondos y la redondez de su lengüetería, encuentran todo su sentido en el lenguaje musical de este compositor”.La Suite Gregoriana, a la memoria de Eduardo Torres, es una obra de envergadura que sobrepasa la media hora de duración. Se divide en cuatro movimientos, muy libres en su concepción formal, que ponen a prueba al ejecutante por su dificultad técnica. De notoria complejidad es el “Aleluya-Psallite” (1937), construido sobre el mismo tema, a veces acompañado por un torbellino de fusas y sostenido por un bajo libre y discursivo. La “Oratio Vespertina” (1938) se apoya en la frase gregoriana “Rex pacificus” arropada por cuartas que, en su oscilación, parecen querer remitirnos al pasado, y que se imponen antes de la sección media, constituida por un coral de tortuoso acompañamiento, que prepara la meditativa reexposición  y el majestuoso final. El “In Pace”(1934) sobre “In pace in id ipsum. Requiescat in pace. Amen” es un Adagio fúnebre conmovedor en su desolada tristeza interrogativa. El “Salmo sinfónico” (1940) recurre a un motivo de la salmodia latina. Pienso que es su obra más vanguardística: los acordes y alternancias de segunda, otros acordes como de fanfarria, los cambios bruscos de volumen, los mordentes, los staccatos...una pieza asombrosa.

Es la primera vez que se graba en el órgano Cavaillé-Coll de la Basílica de Loyola, de 39 registros repartidos entre los tres teclados y el pedalier, sin que dos reparaciones hayan modificado su singularidad. Esteban Elizondo obtiene un óptimo resultado, merced a su articulación precisa, adecuada registración y un uso experto en el manejo de la expresión.

Escribir a Joaquim Zueras Navarro