Disco del mes
¡Mira quien baila!
(Por Adolfo del Brezo)
Frédéric Chopin: opp. 33 a 36 y 38. Maurizio Pollini, piano. Deutsche Grammophon, CD 00289 477 7626.
La popularidad tan obvia de Chopin a menudo nos hace olvidar que el polaco es además —y con plena justificación— uno de los más grandes compositores de la historia. Y lo es no sólo por la evidente belleza de su obra, sino también por la rara perfección de la misma. Es precisamente con la obra de este compositor, a través de su victoria en el Concurso Chopin de Varsovia de 1960, con la que el italiano Maurizio Pollini impulsó definitivamente su carrera internacional. Casi medio siglo después Pollini está considerado —también con plena justificación—uno de los más grandes pianistas vivos. Su particular sello de identidad como pianista dotado de un extraordinario rigor intelectual, además de unos medios al alcance de unos pocos elegidos, se plasma en este nuevo registro dedicado a la obra de Chopin en la selección de un ramillete de obras constituida bajo los criterios de proximidad temporal que abarca del opus 33 al 36, además otro opus cercano en el tiempo, el op. 38. Esto dota a su recital de una unidad temporal que permite al oyente hacerse una idea del estilo chopiniano en una época muy determinada, al margen de la variedad géneros abordados en la misma: valses, mazurkas, un impromptu, una balada y una sonata. El disco se abre con una Segunda Balada excelentemente ejecutada, pero en la que se echa en falta la fantasía o el fraseo de un Zimerman, pianista que siempre es capaz de sorprendernos. Pollini no nos sorprende, porque de él siempre esperamos que el piano suene tan maravillosamente como suena en esta balada, aunque también querríamos algo más de Chopin y algo menos de Pollini.
El italiano, que incluye a menudo en sus conciertos esa Segunda Sonata de Pierre Boulez que tanto le gusta, y que interpreta con frecuencia la severa música para piano de Schönberg, Webern, Nono o Stockhausen, siempre nos había parecido un pianista muy serio...hasta que le escuchamos tocar los Tres valses op. 34 incluidos en esta nueva grabación, que interpreta con la energía contagiosa y con la frescura de un quinceañero recién enamorado. Pollini se convierte en el primer vals en un auténtico ciclón que arrastra a su paso preocupaciones y problemas, y que conduce al oyente al refinado mundo del salón decimonónico, a la alegría de vivir mezclada con momentos de languidez por los que los dedos del italiano pasan como un vendaval, sin darnos tiempo a percibir cómo se producen tantos cambios de ánimo. Todo es tan rápido, tan etéreo, tan vital, que sólo cabe dejarse llevar por ese ciclón que tan sólo amaina en los últimos compases. Una verdadera delicia. En el segundo vals del op. 33 la melancolía se convierte en dueña de la situación antes de que Pollini se lance de nuevo a la pista de baile para acometer con fulgurante frenesí el tercero de la serie, al que puede aplicarse lo dicho sobre la interpretación del primer vals. De las Cuatro Makurkas op. 33 la que mejor suena en los dedos de Pollini es la más danzarina, la segunda, en la tonalidad de do mayor. Así pues el sesudo Pollini nos tenía a todos muy engañados y no es un señor tan serio como parecía, sino que le gusta bailar y eso es precisamente lo que mejor hace en esta grabación: bailar el vals y bailar la mazurka. El italiano sabe también transmitir toda la melancolía —que es mucha— de la cuarta mazurka de esta colección, cuya indicación de carácter, mesto, ya lo dice todo.
Del Impromptu nº 2 destacamos la interpretación de la grandiosa parte central tras la que Pollini vuelve al intimismo de la siguiente sección, antes de los arabescos finales, con la facilidad reservada sólo a los grandes maestros que dominan el difícil arte de la transición. En la Sonata nº 2 Pollini consigue un gran dramatismo en el punto culminante del desarrollo del primer movimiento. La novedad de la infrecuente repetición de los compases introductorios al repetir la exposición nos parece un detalle menor ante la fluidez con la que el italiano se mueve entre el drama y el lirismo en este movimiento. Detalles como un diminuendo imposible hacia el final de la marcha fúnebre valen el precio que cuesta este disco (gama alta en soporte CD y algo menos en formato mp3), como lo vale también la demostración de la asombrosa técnica que Pollini realiza en ese inaprensible cuarto movimiento, cuya ejecución al límite de lo imposible consigue adentrar al oyente en el misterio de este febril arrebato chopiniano tan inexplicable y audaz como plenamente inmerso en el romanticismo más enfermizo.
La toma de sonido, una pizca pasado de reverberación, proviene de la Herkulessaal de Munich y la grabación nos llega calentita, recién horneada, pues fue realizada en marzo de este año 2008 que pronto tocará a su fin...quizás la crisis no se vaya con él, pero escuchando a Pollini bailar el vals se hace mucho más llevadera.


